Cuando recibí el telegrama de aquel compañero de trabajo en España, la verdad es que no me hizo mucha ilusión. Pero los españoles —que tanto renegamos de todas las cosas cuando estamos sobre suelo patrio— nos sentimos obligados a demasiadas concesiones hacia nuestros compatriotas cuando estamos más allá de la frontera.
Carmen, mientras terminaba de rehogar las pequeñas y olorosas coles de Bruselas sobre su hornillo de gas butano, me preguntó:
—¿Es amigo tuyo?
Me encogí de hombros, sin saber qué respuesta era la buena.
—Trabajábamos juntos en el Banco —repuse—. Algunas veces nos hemos tomado unas cañas juntos, o hemos charlado de fútbol, o de chicas… Un compañero.
—Entonces, ¿por qué tienes que hacerte cargo de él?
—No, mujer. Sólo me dice que vaya a buscarle a la estación. ¡Como yo ya conozco un poco París…!
—Si te haces el blando, te complicará la vida. Ya lo verás.
Como no supe qué decir, preferí levantarme, ir hacia ella, abrazarla por la cintura y apretarme contra su redondo y apetitoso culo. Esto me gustaba y a ella también.
En cuanto me sentía así, me empujaba con su duro trasero y esperaba tensa hasta que notaba mi erección. Entonces, acompañaba el crecimiento de mi pene con un sonoro aspirar el aire entre sus dientes y gruñía, caliente:
—¡Ya estás que explotas!
—Es que me gusta tu culito —le dije, mientras mis manos bajaban a levantarle la falda, para sentir el contacto suave de su piel.
—Si sigues así, no cenaremos —me amenazó ella, encantada con mis maniobras.
—¿Qué importa? ¿No es mejor esto?
Y le bajé la braguita. Carmen abrió las piernas para facilitar mi trabajo, mientras apagaba previsoramente el gas, bajo la sartén.
Me gustaba follarme a Carmen en cualquier postura, en cualquier momento. Nunca había conocido a una mujer tan sinceramente caliente. Ella gozaba con cualquier cosa que le hiciera.
Así que, cuando notó que yo me había bajado los pantalones y que buscaba con la cabeza de mi pene su coñito húmedo, se agachó más y me facilitó la penetración con gran maestría.
Y allí mismo, contra la cocina, estrujándole los redondos y duros pechos con mis manos crispadas y ansiosas, le fui dando golpes circulares para producirle mayor placer. Y ella gemía y acompasaba sus movimientos a los míos, presa de una excitación que me contagiaba y me hacía gozar intensamente.
—¡Qué gusto me das!… —suspiraba— ¡Qué bien me lo haces!… ¡Dame más fuerte! ¡Métela más!… ¡Más!…
Luego, todo acababa en gritos, en estremecimientos convulsos, mientras mis golpes se hacían tan violentos, que casi la tiraba de bruces. Y nos quedábamos exhaustos y felices, pegados como dos perros que no pueden separarse.
A la mañana siguiente, fui a buscar a Antonio a la estación de Austerlitz. En cuanto me vio desde la ventanilla, empezó a dar grandes gritos y a levantar sus brazos, como si viniera de la guerra y se encontrara con su amada.
—¡Aquí, Juan! —gritaba, como un energúmeno— ¡Yuuupiii! ¡Ya estoy aquí…! ¡No amontonamos, francesitas, que habrá para todas!
En la estación de Austerlitz hay más españoles que franceses. Y, la verdad, aquello era como para esconderse debajo de tierra. Luego vino el abrazo a lo bestia, saltando hasta enrollar sus piernas en mi cintura, los fuertes golpes en la espalda que me hacían dar traspiés, la carga de bultos…
Cuando me encontré en el taxi con él, casi respiré con alivio.
—Bueno, ¿qué? —chillaba Antonio, como si yo me hubiera vuelto sordo de pronto—. ¿Cómo no te has traído dos chavalas para recibirme? ¿O es que en dos meses que llevas aquí aún no te has hecho con harén?
Yo, como cualquier respuesta me parecía tan tonta como sus preguntas, me limitaba a sonreír como un tonto. A él no parecía importarle. Lo que quería era seguir hablando a gritos, como si viniera de un sitio donde le hubieran tenido amordazado durante meses.
—¡Y cómo están las «franchutas»…! ¡Fíjate en esas dos!
Bajó con prisa el cristal de la ventanilla, asomando la cabeza y gritando como loco a las dos mujeres:
—¡Eh, vosotras! ¡Ir quitándoos las bragas, que ha llegado el follador!
Y se reía de sus «gracias», mientras el taxista nos miraba, a través del espejo retrovisor, con gesto asesino.
—Hombre, Antonio —traté de decirle suavemente—. Que nos va a llamar la atención el taxista.
—¡Que le den por culo! ¿No estamos en un país libre? ¡Pues yo hago lo que me da la gana! ¡Que bastantes cabronadas he tenido que aguantar en España, donde no nos dejan ni respirar…! ¡Viva la vida!
Y acompañaba sus demostraciones con unos manotazos sobre mis piernas que me hacían verdadero daño.
El siguiente problema surgió cuando le pregunté:
—Supongo que para pasar estas dos semanas de vacaciones querrás un hotelito que no sea muy caro. Porque aquí los precios no son como en España. Yo te llevo a uno que…
—Pero, ¿cómo? —me interrumpió asombrado—. ¿Tú vives en hotel?
—Yo, no.
—Tienes un apartamento, ¿no?
—Hombre, no es un apartamento. Es una habitación independiente que…
—¡Pues yo me quedo contigo! ¿Dónde mejor?
Se me vino el mundo encima.
—Es que… —busqué excusas como loco— sólo hay una cama y..
—¡Ya nos arreglaremos! Me compro un colchón de esos que se hinchan.
—Es que… ¡no puede ser!
—¿Por qué? ¿porque tu chavala duerme contigo? ¡Y eso va a ser problema en París…! No te preocupes. ¡Yo también tendré las mías! Así hacemos cama redonda, ¿eh, macho?… ¡Fíjate en aquella de los pantalones blancos! ¡Y pensar que aquí todas follan como locas…!
—Oye, Antonio, eso de la habitación…
—¡Que no te preocupes, hombre! ¡Si yo me arreglo con cualquier cosa! Además, como pienso ligarme a una tía de éstas en cuanto baje del taxi, seguramente tendrá piso y ni apareceré. ¡Vengo dispuesto a salir a tres polvos diarios!
No hubo forma humana de que me escuchara. Tuve que acabar llevándole a mi habitación de «quinto piso», no sin antes pedirle, casi de rodillas, que no diese voces por la escalera cuando subíamos. Aquello podía costarme mi cómoda y barata residencia y la amistad de Carmen, que fue quien me la proporcionó.
Bastante «moscas» estaban ya los franceses con todos los españoles. A Carmen se la dieron para mí porque a ella la aprecian mucho sus jefes —donde trabaja de sirviente—, y salieron responsables ante los que me la alquilaron. Pero con un elemento como Antonio, que venía con la idea fija de que fuera de España todo estaba permitido, todo era cachondeo y todo era «admiración» por su «simpática forma de ser», las cosas podían complicarse mucho.
Lo subí a mi pequeño nidito —donde sólo cabía la cama, una silla, la mesa donde trabajaba y comía y el pequeño armario-despensa, con el hornillito de gas—, por ver si se convencía de que allí no podía quedarse. Pero a Antonio no era fácil convencerlo de nada.
Cuando entró en la habitación, con su gran maleta y sus paquetes, exclamó:
—¡Toma tú! ¡Abuardillada y todo! ¡No vives tú bien, ni nada!
—Pero, ¿ves cómo no hay sitio?
—¿Que no me cabe aquí un colchón de aire? —y señalaba el trozo de suelo entre la mesa y el armario—. ¡Y me sobra!
Me di por vencido.
—Como quieras —suspiré, con dolorosa resignación—. Anda, vamos a dar un paseo y te enseñaré algo de París.
—Antes hay que llenar el estómago. Que traigo aquí unos choricitos de los que no hay en Francia. ¿A que no te esperabas esta sorpresa?
Y empezó a desatar una de las cajas de cartón con gran orgullo, mientras yo me preguntaba porqué seremos así. No creo que hubiese un solo español que llegase a París sin chorizos en su equipaje, y todos con la idea de haber sido originales, de haber tenido una idea genial.
Ni qué decir tiene que el chorizo me puso un dolor de estómago, que me obligó a tomar bicarbonato.
Pero si angustiosa fue la llegada de Antonio, más terrible fue el obligado paseo por la ciudad. Yo trataba de explicarle algunas cosas y de llevarle por sitios típicos, que me figuré inocentemente que iban a interesarle. El Louvre, los Campos Elíseos, el arco del triunfo, la torre Eiffiel… El sólo veía mujeres que estaban locas por acostarse con él.
A todas les decía alguna burrada y les hacía gestos como meter y sacar un dedo por el anillo formado por el índice y el pulgar juntando las yemas. Y, al tiempo, chillaba:
—Tú y yo… «foquin, foquin»…
Las mujeres, de la nacionalidad que fuesen, ponían gestos asesinos y se marchaban mascullando palabras que yo prefería no oír.
Cuando le llamé la atención, pidiéndole que no fuera tan grosero, Antonio exclamó, lleno de santa razón:
—¡Pero si estas extranjeras follan todas! Me parece que tú eres un poco inocente, macho… ¡Voy a tenerte que enseñar a vivir!
A las dos horas, ya se había enrollado con dos chicas inglesas —feillas las pobres—, a las que invitó por señas a comer chorizo en «nuestra» habitación. Y yo no sé si a ellas les pasó lo que a mí —que no tuvieron opción a negarse a nada—, o que estaban tan aburridas como hongos, pero el caso es que aceptaron y nos fuimos todos en «metro» hacia mi pobre residencia.
—¿Lo ves, macho? —me decía Antonio en el subterráneo, guiñándome un ojo con suficiencia—. En cuanto lleguemos, ¡a follarnos a estas franchutas, que ya están que se salen!
—Son inglesas —comenté, estúpidamente.
—Y, ¿qué mas da? ¡Son extranjeras, y eso es lo que importa! Estas no son como las españolas, que no saben vivir.
En cuanto estuvimos en la habitación, Antonio sacó el chorizo, como si fuese un prestidigitador, y una botella de vino.
—¡Hala! —gritó, en su obsesión de que ellas también eran sordas— ¡Poneros moradas de tintorro, que luego me pondré yo morado!
Y, como si fuese el dueño de todo aquello, buscó vasos, apartó la mesa… Yo hubiera dado cualquier cosa por desaparecer. Pero, ¿cómo?
Aún estaban las chicas comiendo chorizo, cuando Antonio empezó a abrazarlas, a morderles el cuello, a darles achuchones… Ellas se reían, pero se liberaban como podían. Y Antonio diciéndome:
—¡Venga, tú! ¿O quieres que me las folle yo a las dos?
Yo rezaba porque no se pusiera a cantar flamenco, que era lo único que me faltaba. Pero surgió el milagro salvador para mí. De pronto, unos golpecitos a la puerta. Era Carmen, que se quedó perpleja ante el espectáculo.
—¡Que pase también tu amiguita! —exclamó Antonio, rápido—. ¡Aquí hay chorizo para todas!
Pero yo me escurrí fuera, asegurando que volvía en seguida y empujando a Carmen hacia su habitación, cercana a la mía.
—¡Estoy desesperado! —le dije—. ¡No sé cómo quitármelo de encima!
Carmen se iba riendo.
—Ya te lo dije. Y esas chicas, ¿de dónde las habéis sacado?
—¡No me hables! Estaban viendo la torre Eiffiel y se las ha traído para invitarlas a chorizo y para acostarse con ellas.
—Pues tú no sales de aquí —se burló Carmen, abrazándose a mi cuello y tirándome sobre la cama, con ella encima.
—Te aseguro que no voy a intentarlo —le dije, sincero.
Y, para dar más énfasis a mi aseveración, me abracé a ella y le alcé la falda, dejando al descubierto su rico trasero.
Cuando, momentos después, me movía gozosamente sobre el cuerpo apetitoso de mi amiga, gozándola con toda intensidad, me había olvidado de Antonio y de sus inglesas. Cuando ella, con esa maestría enloquecedora, jugaba con mi pene dentro de su boca caliente, haciéndome ereccionar de nuevo, había olvidado hasta el problema que se me había venido encima.
Cuando me corría por tercera vez, con Carmen de rodillas sobre mí, moviéndose como una serpiente con mi pene dentro de su vagina, me había olvidado hasta de dónde estaba.
Dos horas después, cuando volví a la habitación, encontré a Antonio solo, medio borracho, despeinado y furibundo.
—¡Serán putas…! —chilló al verme—. Mucho dejarse achuchar mientras se comían el chorizo y se bebían el vino. Pero, cuando he querido quitarles las bragas, han salido corriendo como dos zorras. ¡Con razón éstas no eran «franchutas»!
Quince días después, Antonio se volvía a España con las orejas gachas, sin haber logrado acostarse más que con una amiga de Carmen, española, a la que estuvo invitando a comer en restaurante y llevándola al cine más de una semana, antes de lograr follársela.
Y, ahora, viene lo mejor. Después me he enterado de que se escriben y de que Antonio le ha prometido volver a París ¡para casarse con ella!
Y yo sigo preguntándome: ¿Cómo puñetas somos los españoles?