Sexo playero

Amigos de polvazo: Hace tiempo que confesé a mi esposa mis inclinaciones bisexuales, y aunque en principio no lo encajó muy bien, ahora estamos completamente compenetrados en todo lo sexual, y compartimos tan completamente nuestras apetencias que hemos hecho del vicio sexual nuestra principal fuente de satisfacciones. Ella tiene 30 años, y está buenísima, como ya se irá viendo a lo largo del relato y os enteraréis lo que nos aconteció el verano pasado en una playita un tanto apartada que descubrimos.

La primera vez que fuimos a aquélla cala, ella se puso un bañador entero, rojo, sin tirantes y con las aberturas para las piernas altísimas, pues dejan al descubierto medias cachas del culo y todas las caderas hasta la cintura. Un gran escote deja al descubierto más de la mitad de los pechos. Yo llevaba un bañador diminuto, casi tanga. Estuvimos un rato tomando el sol y, al cabo de un rato, se presentó una pareja que colocó su sombrilla a unos cien metros de la nuestra. Pero se desnudaron completamente. Se bañaron, se secaron uno a otro y, tumbados en la orilla, se pusieron a magrearse y a follar. Los observamos todo el tiempo, hasta que terminaron y el hombre se metió en el agua a lavarse la polla, tras lo cual se fueron. Todo aquello nos convenció de que aquel era un buen sitio para bañarse desnudos o en top-less por lo menos, y para follar al sol, cosa que a mí me gusta muchísimo.

La segunda vez, mi mujer se puso un bikini pequeñísimo, cuyo sostén no era capaz de abarcar sus grandes mamas y cuya braguita no llega a ocultar la totalidad de su bello púbico. Instalamos la sombrilla y las toallas, y nos pusimos a pasear por la playa esperando llegase alguien interesante. Yo llevaba mi pequeño bañador, y cogía a mi mujer por la cintura. Cuando llegábamos al final de la cala, llegó un chico en una moto, instaló su toalla a cierta distancia de las nuestras, y se desnudó completamente.

El muchacho estaba muy bien formado, moreno, y lucía una polla grande aun estando flácida.

Dimos media vuelta, y seguimos paseando hacia nuestra sombrilla.

—¡Vaya hombre! —exclamo mi esposa— ¡Está para hacerle unos cuantos favores!

Mi polla comenzó a hincharse ante el hecho de que mi esposa contemplase a un hombre desnudo.

—Debe tener buena picha cuando se empalme, ¿verdad? —dije yo.

—Voy a verlo más de cerca —dijo ella al pasar delante de él.

—Y a que te vea a ti —dije yo.

Seguí caminando mientras mi mujer se dirigía hacia él con un cigarrillo en la mano. Desde lejos, vi que le pedía fuego, y que él se incorporaba, buscaba entre sus ropas y le encendía el cigarrillo. Necesariamente tuvo que fijarse en sus piernas hermosísimas y en su tetas, que apenas eran contenida por el sujetador. La esperé, pues ya volvía. Nos quitamos los bañadores, y continuamos andando hasta nuestra sombrilla. Allí nos besamos, y yo me tumbé en la arena mientras mi mujer me hacía una tranquila y suave mamada en la polla. En eso, una voz nos sacó de nuestro ensimismamiento.

-¡Ahora soy yo el que necesita fuego!

Era el chico desnudo, que se había llegado hasta nosotros. Estaba muy empalmado y nos miraba, sobre todo a mi esposa, con lujuria. Mi mujer se apartó de mí dejándome con la picha en vertical completamente mojada de saliva, y se tumbó con las piernas muy abiertas para que él viese bien la raja del chocho.

—¡Oh, qué polla más hermosa! —exclamó ella.

—Si la queréis —dijo el chico— os la doy a los dos.

Acto seguido, mi mujer le cogió la mano y tiró de él para que la montase. El muchacho aprovechó para meterle aquella gran estaca en el coño de un golpe, mientras se la aprisionaba un pezón entre los labios y apretaba la otra teta con la mano.

—¡Ooooohhh —exclamó mi mujer— qué pedazo de carne me has metido, cabrón! Lo sorprendente que el muchacho, abandonando las tetas de ella, se giró un poco hasta que pudo alcanzarme la polla con los labios, y se puso a chupármela como si de un helado se tratase, mientras con un balanceo continuo de caderas seguía metiendo y sacando su picha en el coño de mi mujer. Me corrí pronto, y cuando recibió mi leche en la boca, la besó a ella pasándole mi jugo viril, que se derramaba por los labios, la barbilla y el cuello de ambos. Se corrieron muy abrazados y tensos, gimiendo de gusto. Luego, él saco la polla de su caliente alojamiento y ambos nos fuimos al agua a lavarnos mutuamente los pitos ya flácidos. Mi esposa se nos unió después, y los tres jugamos alegremente con las olas hasta que, ya oscureció, y nos fuimos, tras concertar otra cita en aquella playa.

En esa playita apartada, hemos pasado mi mujer y yo hermosos ratos de placer y juego sexual. Con el chico desnudo, follamos luego muchas veces de todas las formas imaginables. Un día encontramos allí a un señor ya mayor, de unos 60 años, desnudo también. Mi mujer hizo con él una exhibición bien estudiada, paseándose por la playa, sola, primero con un bikini estilo brasileño que consiste en un triángulo negro que se ata a la cintura y se sujeta con otro cordón que pasa por entre las piernas y por la raja del culo. El sujetador apenas tapa los pezones, pero pronto se lo quitó y paseó ante nuestro hombre en top-less, para por fin desnudarse del todo y contonearse obscenamente ante él, que se puso sin reparo y con gran deseo contenido, a hacerse una paja ante nosotros, corriéndose enseguida. Cuando se iba, ya vestido, al pasar cerca de nosotros, nos dijo:

—Señora, es usted hermosísima, y le agradezco mucho el haberme permitido contemplar su hermosura. No sabe lo feliz que me ha hecho. Y a usted, señor, le felicito por tener una mujer así y por respetar su libertad. Le admiro mucho. Yo, como han visto, ya no soy ningún joven, pero tengo un sobrino de 18 años que, si ustedes lo desean así, se pondrá a su disposición para que usted, señora lo inicie en los secretos del sexo.

—Será para mí un placer — respondió mi esposa.

—El placer ha sido mío. Es usted preciosa.

Y diciendo esto, se acercó a ella, la besó en la mejilla y en los labios dulcemente, y le puso en la mano un billete de 50 euros..

El encuentro con este señor tan amable y su sobrino, ya lo contaremos en otro relato, así como la aventura con un cuarentón homosexual y medio masoquista que se empeñó en que yo le diese por el culo mientras el lamía, desde su posición perruna, los pies de mi esposa, su coño y su ano, pidiéndole luego que le meara sobre la espalda en el momento de correrme yo en su estrecho culo. Nos dio también 50 pavos y se declaró nuestro fiel servidor y nuestra «perrita lamedora».