Madre e hija para mí

Tengo 26 años y estoy a punto de terminar la carrera de Medicina. Los veranos me los paso en mi pueblo, uno pequeño de los muchos que tiene Castilla, trabajando como uno más de la casa.

Aquí, en el pueblo, me veo rodeado de la fama de «ligón». Yo creo que no es para tanto; pero reconozco que más de una casada me ha buscado para probar mis 26 centímetros de aparato. Hasta han llegado a «endosarme» un hijo de alguna de ellas.

Todo empezó el verano pasado, cuando estaba ayudando a meter grano en los almacenes de los vecinos de enfrente. Con éstos teníamos amistad de toda la vida. En cierto momento fui a dar una vuelta por el corral buscando un lugar para orinar, cuando por una ventana de la casa vi a Ramona que era hija única de mis vecinos.

Estaba en su habitación, con la ventana abierta, cambiándose de ropa interior; pude ver su cuerpo perfecto, con el coño muy poblado, provisto de un pelo muy espeso y negro, y unas tetas con unos pezones grandes y oscuros.

Aquel día estuve fatal hasta que me pude hacer una paja por la noche. Ramona siempre iba con vestidos amplios, que le llegaban por debajo de las rodillas, o con pantalones que le quedaban anchos; en resumen, no se le notaba ninguna curva.

Su madre, María, estaba decidida a que su hija fuera una santa como ella, pues estoy refiriéndome a una de las beatas del pueblo: mejor dicho, aparentaba serlo y no permitía que su hija llamara la más mínima atención.

Cuando se enteró de que yo andaba detrás de Ramona, le empezó a hacer la vida imposible llegando a dejarle salir sólo lo mínimo de cada día. Le prohibió verse a solas conmigo.

Mi fama me había alejado de Ramona, de la cual ya estaba profundamente enamorado. Decidí vengarme de María, que era quien impedía que yo me acercara a su hija. El modo me lo procuró el médico del pueblo, sin él saberlo.

En una de nuestras juergas nocturnas, cometiendo un desliz profesional, me contó que al marido de María desde hacía cuatro meses no se le levantaba la verga; e hizo un par de chistes de cómo debía de estar la «beatorra».

La oportunidad no retrasó su llegada. Una tarde que mis padres estaban de viaje, vino María a casa a preguntar algo referido a la recolección. La hice pasar dentro; y con una excusa tonta cerré la puerta de la calle —en los pueblos suele estar abierta todo el día—. Seguidamente, le pregunté:

—Mis padres no están. ¿Necesitas algo?

Y sin dejarla contestar, la arrinconé contra la puerta. Antes de que pudiera reaccionar ya estaba rodeada con mis brazos. Junté mis labios con los suyos. Primero se resistió; pero no tardó en abrazar mi cuello y juntar su chocho contra mi picha. Entreabrió los labios y dejó pasar su lengua.

Con una mano empecé a sobarle el culo por encima de la braga debajo de la falda; con la otra, le desabroché el vestido; y, después, le solté el sujetador dejando sus tetas al aire. Nunca me habría imaginado que María pudiese tenerlas tan bellas debajo de aquellos vestidos que parecían de monja.

La hice arrodillarse y, sacando mi picha casi en forma, se la introduje en la boca. Ella, sin soltarla, me quitó los pantalones y los calzoncillos. Se puso a chuparla como si de ello dependiera su vida; y a sobarme los cojones.

Cuando tuve la picha en su máximo esplendor, con mis 26 centímetros bien hinchados, la hice recostar en el suelo; le arranqué la braga de un tirón y, echándome sobre ella, se la metí hasta los cojones.

Empecé a bombearla; y no llevábamos así ni cinco minutos cuando noté que se iba a correr. De un tirón se la saqué, lo que ocasionó sus protestas.

La levanté del suelo y, tirándole de la mano, la llevé a la cocina. Desde ésta, a través de los visillos de la ventana, se veía la puerta de la casa.

La hice tender sobre la mesa, de forma que teniendo los pies en el suelo y las tetas apoyadas dejaba el culo en el aire. Saqué del frigorífico manteca y, aproximándome a ella, le levanté la falda del vestido. Después de separarle las piernas, le unté bien el ano, metiéndole primero un dedo y, luego, dos. Me engrasé la picha, que se hallaba que explotaba y empecé a metérsela por el ano; mientras, le masajeaba el clítoris.

Cuando ya tenía metida media picha, salieron a sentarse en la puerta —costumbre muy extendida por aquí— su marido y su hija. Al verles, María dio un respingo, a causa del cual se introdujo de golpe el trozo de picha que faltaba.

Gracias a los visillos podíamos ver a Ramona y a su padre sin que ellos nos descubrieran. Empecé a meterla y sacarla, cada vez más de prisa. Ella lanzaba quejidos de dolor, que en seguida se hicieron de placer. Cuando María llegó al orgasmo, se agitó de tal forma que me hizo correr en su culo.

Al sacársela, vi un pequeño charco de sangre en el suelo. Mis muslos, mi picha y su culo estaban ensangrentados; y al observar cómo de su ano salía mi semen junto con un poco de sangre, me excité. Se la metí sin miramientos en su chocho. Entonces tardé más en correrme; y ella tuvo otros dos orgasmos, con su hija y su marido tan cerca.

Mis relaciones con Ramona mejoraron, pues desde entonces fue María quien empezó a animarla para que saliera conmigo.

Un domingo, bailando en la capital, en una discoteca con Ramona, desabrochamos nuestras camisas y juntamos nuestros pechos desnudos. Nos excitamos de tal manera, que de regreso a casa, en un rincón oscuro, terminamos liados en un «69». Fue la primera vez que le comí el coño, y que ella me mamó la picha.

Cuando sentí que me corría, intenté separarme; pero ella me obligó a dejarla en su boca y se tragó todo el semen.

Unos días más tarde, se vino a regar la remolacha; allí, después de cambiar los tubos, la dije si quería bañarse conmigo en el estanque desnudos. Como era de esperar y deseábamos los dos, acabamos follando sobre una manta echada en el suelo. Llegué a pensar que no era virgen, pues sólo dio dos gritos de placer.

Mi duda se fue al ver una mancha de sangre y semen que quedó en mi pañuelo, después de que Ramona se limpiara con él. Ella lo guardó de recuerdo.

El curso empezó. En un puente me puse de acuerdo con María para que nos pillara Ramona y a mí en plena acción. Por eso un día que nos creíamos seguros en su casa, apareció María cuando estábamos en pleno «69». Ante el corte de Ramona, su madre le dijo:

—Así no se mama una polla. Déjame que te enseñe.

Y me hizo una mamada ante los ojos asombrados de Ramona. Después se desnudó; y ya roto el hielo, nos pusimos a «jugar» los tres. Ahora siempre que podemos nos acostamos juntos.

Estas Navidades, un amiguete que trabaja en Madrid, me trajo un encargo: un falo de plástico doble en forma de V. Se lo regalé a Ramona y a María para que se divirtieran mientras yo estaba estudiando en la ciudad.

A Ramona lo que más le gusta es que hagamos una rueda chupándonos los genitales; y después juntar en su boca las secreciones del coño de su madre, para con mi semen conseguir que vaya de boca en boca. A María le excita ver cómo Ramona y yo practicamos la sodomización. Le encanta lubricar con su lengua y chupar la parte de mi escroto que sobresale del ano de su hija. Cuando me corro y saco mi picha ya flácida del culo de Ramona, ella pone su boca en el agujero mojado y aspira y lame la leche que ha quedado depositada en el mismo. Esto suele provocar otro orgasmo a Ramona.

Ahora esperamos que yo termine de estudiar para casarme con Ramona. Creo que seremos una familia feliz. Porque lograremos conjuntarnos perfectamente en esta unión, pues nada une más que unas excelentes relaciones sexuales como las que mantenemos.

Nada puede separarnos y, a veces, nuestros encuentros duran toda la noche. Es una felicidad pensar en el futuro.

Ángel – Valladolid