La experiencia se adquiere a destiempo

Como muchas personas de mi generación —tengo veintinueve años—, albergaba la creencia de que la fidelidad sexual, si bien posiblemente deseable, resultaba difícil, por no decir imposible, de lograr. Antes de que nos casáramos, mantuve largas conversaciones con mi marido acerca de ello, y él pareció desconcertado, pero no opuesto a esa fidelidad.

Quedé embarazada inmediatamente, y nuestras incompatibilidades físicas se fueron agravando hasta el punto de que mi pobre esposo llevaba prácticamente una vida de celibato. Antes de mi matrimonio, yo había mantenido un par de relaciones bastante profundas y no menos prolongadas, aparte de haber disfrutado de cierto número de galantes «divertidos», de tal manera que ya tenía plena conciencia de que nuestra vida sexual no iba a ser para mí nada extraordinario.

Sin embargo, opino que le corresponde a uno mismo convertirla en algo especial, así que no me preocupaba excesivamente por lo que, en ese aspecto, nos deparase el matrimonio.

Por desgracia, sobreestimé la aptitud de mi marido para asimilar la información que intenté facilitarle acerca de mis lubricaciones. El resultado fue una progresiva frigidez por mi parte, y me sentí más aliviada que mortificada cuando, al final, empezó a tener sus amiguitas.

Hubiese preferido un ménage a trois, que me parecía la mejor solución, ¡pero eso le aterró! Eventualmente, conocí a un hombre, unos años más joven que yo, mientras mi esposo estaba de viaje de negocios, y gocé de diez excelentes días. En muchos sentidos, supongo, el placer que experimenté era desproporcionado. ¡Pero cinco años de frustración hacen fuegos de artificio!

Cuando entramos en la habitación los dos sabíamos perfectamente lo que íbamos a hacer. Llevábamos los vasos en las manos. Tomamos el último sorbo del delicioso licor mirándonos a los ojos… Las manos de Matías tocaron mis tetas, y mi escalofrío de pasión sirvió para unirnos sexualmente.

Como respuesta mis dedos buscaron su polla, ya que se estaba mostrando viva e inquieta.

—¿Cuántas veces te has masturbado mirándome desde tu balcón? —pregunté, melosa.

—No lo sé… Quizá veinte o treinta… Es difícil de precisar… Pero ¿es posible que tú hayas podido verme?

—Desde el primer día… ¡El interés de un macho salido es como un imán para una hembra caliente!

Matías me quitó la chaquetilla, besándome en el cuello, en las orejas y en la garganta, y frotando el bulto de su pantalón contra mis nalgas que, en el acto, comenzaron a moverse.

—Quítame el collar —le pedí, queriendo quedarme absolutamente desnuda.

El ex tímido macho me complació con rapidez, y dejó la joya sobre la cabeza de una estatuilla. Luego, continuó con lo que nos importaba: se fue en busca de mis tetas, y las besó, mordió y chupó con avidez, sintiendo cómo yo me retorcía, jadeaba y me mostraba vivamente complementaria. Muy pronto nos quedamos desnudos y echados en la cama, desde uno de cuyos extremos parecía contemplarnos, divertido, un muñeco muy infantil.

Yo cedí dulcemente, sin oponer resistencia, tendiéndome boca arriba. Y el beso se desarrolló más exigente, a la vez que nuestras manos se volvían menos delicadas, muy resueltas y posesivas… Matías me sintió fuerte, cálida y apasionada, como si estuviera hecha de fuego.

Cuando sus labios se deslizaron sobre el pliegue entre mis hombros y mi cuello, proferí unos gemidos de gusto. Eran los propios de una hembra implorando sin ningún pudor, que me poseyeran con la mayor energía. Entonces, él exigió espacio entre mis rodillas, y lo consiguió: yo alcé instintivamente los brazos para pedirle que me follase.

La penetración resultó tremenda, porque mi coño era bastante accesible en aquella posición. Pronto se le hizo más maleable, y le ofrecí un ajuste perfecto. Además, se lo entregué exageradamente lubricado… Grité de placer, respondiendo a cada una de sus emboladas.

Mientras, los dos nos sentíamos mecidos por una borrachera emocional: entregados a unas acciones siempre desencadenadas, que nos hacían abandonar la razón a una especie de agonía. También Matías gritó como si fuera presa del mismo dolor y, aferrándose a mis hombros, se tensó, como un muelle, que, roto de improvisto, se relajara, sin fuerzas. En aquel instante, yo coroné mi primer orgasmo.

Nos quedamos durante un rato quietos, llenándonos los pulmones de aire con profundas aspiraciones.

Yo no tardé en recuperarme. Me moví muy despacio sobre la cama, y con mi boca busqué la flácida bellota del capullo, que me tragué con deleite infinito, dando muestras de que aquello me volvía loca: chupé la morada y lisa superficie, dibujé con la lengua toda la gruesa vena, que, lentamente, se fue disparando en busca de la erección, y puse los labios en todas las zonas de la polla, presionando como una ventosa. Por último, volví a tragarme el capullo, para mamarlo con auténtica fruición, glotonamente.

Y Matías sintió que mi boca era de fuego, ya que materialmente le succioné el esperma, extrayéndolo de las mismas raíces de la columna vertebral, de los cojones y de ese punto donde el placer se transforma en locura, en grito desesperado de reconocimiento a una sublime habilidad.

—¡Eres genial, Gemaaaa…!

Pero no me quedé conforme. Mis labios rojos volvieron a apresar su verga, y mi lengua se estrechó amorosamente a lo largo del palpitante capullo, del que arranqué por segunda vez el flujo del sexo, para bebérmelo con elocuentes signos de deleite de toda mi boca aterciopelada.

Superado el lógico momento de descanso, él bajó la cabeza hasta mis níveos muslos, y encontró los tesoros abrasadores de una mujer apasionada, pues repliqué a todos sus besos y excitaciones con una serie de contracciones y de signos demostrativos de lo que me proporcionaba el encuentro.

Y un fuego inmenso inundó sus entrañas. Porque aquello no era un juego, sino una realidad que con cada minuto transcurrido, el aroma de la carne, fundidos sudor con esperma y humores, hacía más provocativa.

Continuó insistiendo en mi húmedo túnel haciendo girar su lengua dura y puntiaguda, como si fuera una pequeña barrena… Yo apreté los muslos con desesperación, pareciendo que no me importaba que él se quedara sin posibilidad de moverse. Porque el ataque seguía en profundidad y con fuerza.

—¡Ay, cómo me estás poniendo…! ¡Ya es imposible aguantar…! ¡Chúpame el coño… Qué fantástico eres!

Cuando yo empezaba a dar bocanadas precursoras del orgasmo, Matías se volvió a lanzar a por mis tetas, que cubrió de húmedos besos. Envolvió con su lengua uno de mis pezones, tirando de él como si esperara verlo crecer todavía más.

—¡Oh, sí… Bésalo, querido…! ¿Te gusta el tamaño que tiene? ¿No es maravillosamente grande y relleno?

Decidió envolver con una de sus manos la punta de mi teta derecha; pero repitió el contacto con el pezón. A colmillo partido mordió mi tembloroso capullo. ¡Y yo me sumergí en el orgasmo!

Sin embargo, mi capacidad de reacción resultó impresionante, como probé llevar mis manos a sus ingles, para coger la erecta polla. La empecé a zarandear de arriba a abajo, y en todas las direcciones posibles.

Actuando con un inusitado frenesí, conseguí que cobrase su mayor tamaño y vigor. Y él, animado por la excitación, abandonó mis tetas y se enzarzó con mi coño. Comprobó que estaba deseando verse abierto, para mostrarse en toda su amplitud. Por eso yo le cogí por la muñeca y le dirigí al punto preciso, a mi clítoris, deseando viajar a nuevas alturas.

El macho empezó a darme un masaje en el viscoso interior, sirviéndose de dos dedos primero; luego, utilizó cuatro; y finalmente, metió la mano entera dentro de mis carnes.

—¡Ooooh, Dios… Sí, sí, eso es…! —grité. ¡Jódeme con la mano… Es una sensación estupenda!

Siguió moviendo la diestra. Y consiguió que yo me animase, vibrando intensamente, y las mandíbulas de mi coño se cerraron con fuerza… Mi vientre se agitó salvajemente, y Matías volvió a follarme con el vigor de la primera vez… ¡Así continuamos durante diez días! ¡Fue fabuloso!

A su regreso, mi esposo me preguntó casi inmediatamente si había «ocurrido» algo. Le contesté que no, por parecerme la salida más cómoda. La sinceridad no siempre es la mejor solución. Sin embargo, no pude prever lo difícil que iba a resultarme disimular la atracción surgida entre aquel otro hombre y yo y, en el plazo de una semana, mi esposo se convirtió en un individuo distinto.

Sin tener en cuenta ni reparar para nada en los años durante los que la relación sexual no hizo nada por nuestro matrimonio, él nos culpó, al otro hombre y a mí, de haberlo destruido. Se trataba, en realidad, de la vieja postura: «¡yo hago lo que me place, pero tú tienes que hacerlo que yo te diga!»

Para concederle el mérito que le corresponde, debo confesar que, al cabo de tres meses de separación, trató desesperadamente de que nos reconciliásemos, pero como yo no deseaba ya tener ninguna relación sexual con él, nos separamos definitivamente. Subestimé por completo el efecto que una buena cópula iba a ejercer sobre mi propia aceptación de unas relaciones estériles y ni por asomo imaginé que mi marido fuese a reaccionar tan violentamente al enterarse de que yo le había sido «infiel».

No me cabe la menor duda de que fui una ingenua al creer que la fidelidad no tenía por qué afectar indebidamente unas relaciones. Sin embargo, me doy cuenta de que, si hubiéramos sido más estables, nuestra unión hubiese muy bien podido resultar una experiencia enriquecedora. Sigo convencida de que en el mundo hay enormes cantidades de hombres maravillosos a los que no me gustaría renunciar, si tuviese opción a ellos, pero en caso de embarcarme en otra relación «permanente», enfocaría una posible aventura extramatrimonial de modo más distinto.

Para finalizar, lo peor que nos sucede a las mujeres españolas es que adquirimos la experiencia demasiado tarde, o en unos momentos inadecuados, por eso nos resulta materialmente imposible alcanzar un nivel de vida mediamente positivo desde el principio. Así nos vemos obligadas a realizar las oportunas correcciones, follando con el que podemos, hasta que nos damos cuenta de que una existencia convencional jamás nos permitirá ser algo más que unas «esclavas». Bueno, creo que estoy empezando a tocar una temática que se sale de la idea inicial de mi historia…

Nuria – Barcelona