Era ébano puro recién importado de África. Me detuve en el descansillo de la escalera para mirarla. Mi corazón aceleró el ritmo y mi boca tuvo que abrirse, formando un «¡oh!» apenas audible. Pero seguí allí, queriendo acompañar la entrada de la negra en el ascensor.
—Aguarda… —conseguí yo balbucir, adelantándome para coger esa maleta que la diosa de color había dejado junto a la pared— Yo te ayudo… sino te importa.
—¿Cómo me va a importar? —dijo la desconocida, manejando un perfecto castellano— Me llamo Loana… trae, me parece que pesa demasiado para ti.
—Pero, ¿qué llevas aquí?
—Unas pesas. Soy bailarina y no puedo permitirme ni un gramo de grasa en el cuerpo.
Los dos nos estábamos sonriendo. Entramos en el ascensor, sin demasiado espacio para movernos. El equipaje de la africana materialmente lo ocupaba todo. En el momento que nos sentimos juntas, se iniciaron los frotamientos sensuales. Al principio tímidos y de simple exploración.
—No me has dicho tu nombre —exigió Loana, sin dejar de sonreír.
—Milagros. ¿Vas a estar mucho tiempo aquí?
—Sí. Mi marido y yo pensamos inaugurar una academia de baile moderno en el barrio.
—¡Ah, si estás casada! —musité por lo bajines, sin poder disimular su frustración.
La delicada mano de Loana acarició mi rostro; luego, me besó en los labios y afirmó:
—Yo seré tuya, mi amor… ¿Lo has hecho alguna vez con una negra?
—No. Pero es algo distinto lo que me atrae de ti… ¡Me pareces tan sorprendentemente bonita!
—Lo dices porque mis labios no son gruesos ni mi nariz ancha, ¿verdad?
—Me resulta tan difícil explicar lo que me atrae de ti… ¡Creo que es todo!
Riendo salimos del ascensor y entramos en el piso. Los muebles aparecieron ante mis ojos; cubiertos por sábanas: fantasmas a la espera de su resurrección. Las dos nos encargamos de abrir las ventanas y devolver una atmósfera de habitabilidad a cada una de las habitaciones. Jugando y bromeando al ver la cantidad de polvo que habían acumulado las blancas envolturas.
Después, mientras nos lavábamos las manos y las caras, las frotaciones de nuestros cuerpos se hicieron más intensas y descaradas. Éramos portadoras de unas pasiones bien cultivadas, a las que dimos rienda suelta en el instante que nos acomodamos en el sofá.
Yo mordí los glúteos de Loana y, al mismo tiempo, le hundí un dedo en el chumino, justo en el punto de nacimiento del clítoris. Seguidamente, las dos quedamos de rodillas, frotándonos desesperadamente. Fue la negra la que se lamentó:
—Mi marido se ha quedado con las llaves de las maletas. No podré utilizar los vibradores. ¡Y dispongo de un juego fabuloso!
—¿Contando con la polla de un hombre?
—Verás… Bueno, las mujeres necesitamos cuatro o cinco veces más orgasmos que ellos. Richard lo tiene asumido… ¿Qué podría emplear? ¿Soportarías todo mi puño en el interior de tu chochazo? ¡No, necesitamos algo más grande y que nos ofrezca un grosor constante!
Mientras, Loana se hallaba pensando en el medio penetrante, nunca un sustitutivo de la polla que no necesitábamos, yo me había puesto de cuclillas en el suelo. Para con mis dos dedos recorrer el bajo vientre de la amiga; en seguida, me dediqué a acariciar el coño que tenía delante. Lo manejé con mucha habilidad.
Así conseguí que la africana tomara asiento, más tranquila al irse entregando al orgasmo. Después de la llegada de éste, pude escuchar su gritito de alivio:
—¡Aquella botella, Milagros! Es lo ideal a falta de un buen vibrador. ¿Qué te parece, querida amiga? ¿Lo aguantarás?
—Sí.
La prueba de que era capaz de tolerarlo pudo comprobarse en el momento que el cuello de la botella entró en mi chumino: las paredes vaginales se cerraron alrededor del mismo, absorbiéndolo con un ruidito muy singular, pero sin dejar de admitirlo, cada vez más, en mi interior.
Un grito de goce brotó en mi garganta, dando idea de que no me importaba aceptar el sexo más violento, a la manera de una salvaje. Ya que la botella no sólo buscó mi hendidura vaginal, sino que también entró en lo anal. De una manera simultánea y siendo manejada por Loana, que al mismo tiempo no había cesado de masturbarse.
Las dos estábamos ansiosas de orgasmos. Sin imponernos ningún control, y queriendo que nuestro primer encuentro fuera sellado con un sinfín de placeres, a cual más frenético.
—¡Mámame el coño… Mámalo todo! —me ordenó la africana, anhelando que las frotaciones se hicieran bucogenitales.
No había dejado de manejar la botella. Por lo que se hizo necesario que montáramos un «69». El número mágico que representó una cierta igualdad entre ambas, gracias a que yo localicé rápidamente su clítoris y lo utilicé con mis mejores artes.
—¡Cuánto sabes de esto, cariño…! —debió gemir la negra africana, aflojándosele las manos y sacando la botella de mi chochazo rojo granate.
El golpe de succión que originó en mi abertura dilatadísima provocó unos chorritos de humores, que pudo beber en medio de sus propios jadeos. Le estaba llegando un tremendo clímax…
—¡Qué número, chicas! —nos saludó una persona, que acababa de plantarse ante nosotras— ¿Puedo participar?
—¡¡No!! —respondí yo, pues me tenía por una lesbiana convencida.
—Calma, chiquilla… ¿No te has dado cuenta de la voz tan especial que tiene «marido»?
De repente, me quedé mirando al recién llegado, un blanco que llevaba depilados las cejas y los labios ligeramente pintados, y pregunté:
—¿Es marica?
—¡Qué va! Es una mujer como tú y como yo, a la que le gusta vestir con ropas masculinas. ¿Quieres que te lo demuestre?
—¿Porqué la llamas tu «marido»?
—Nos casamos en una comuna de lesbianas de Dinamarca. Y como «él» consiguió un pasaporte con el nombre de Richard Nbongo, ¡a mí me permite presumir de que estoy unida a un «hombre»!
Aquello parecía una broma, algo teatral. Yo tuve que ver el coño de la virago, cuya forma de practicar el sexo era netamente viril. Pronto el «hombre» tuvo un juego de vibradores en las manos, y se entregó a introducirlo en todas nuestras oquedades —bocas, culos y chuminos—, pues ya nos hallábamos entregadas a unos enloquecidos frotamientos.
«Richard» poseía un clítoris tan grande como un dedo meñique; y lo había empleado tanto para «follarse» a su mujer, que pudo introducirse en mi chichi y trabajarme toda la puerta. Pero lo mejor llegó al frotar mi propio clítoris: un enfrentamiento que echó chispas…
Las dos nos hallábamos en un sillón, manejando las ingles a plena aceleración. Como dejamos el suficiente hueco, Loana se introdujo por debajo y nos estuvo besando las nalgas. Y en el momento exacto que empezaron a dispararse nuestros orgasmos, le fue posible beberse todos los caldos que ambas manábamos.
—¡Lluvias de unos conejos hermosos y revolucionados! — exclamó, luego de chasquear la lengua.
Entonces, sin ponernos de acuerdo, «Richard» y yo deshicimos la «follada» y nos fuimos a por la africana. La pusimos encima de la mesita central, le abrimos las piernas y le metimos la botella en el coñazo. Casi le entró del todo; después, la extrajimos y nos amorramos en aquella fuente carnosa para beber alternativamente. Nos dimos un buen atracón.
La verdad es que de estas gozadas jamás quedas harta. Como se habían convertido en mis vecinos, procuré visitarles con mucha frecuencia. Nos lo pasamos a lo grande.
Milagros – Madrid




























