Acostumbrada a joder con todos

Reconozco que la edad, el dinero y la posición social, a lo que he de añadir el hecho de ser hija única, significó en mí como una especie de ceguera. No os diré cómo se resolvió para no reventar la historia que pretendo contaros. Espero que la publiquéis…

Yo siempre había sido demasiado traviesa. Hija única en un hogar donde no me faltaba de nada, atendida por una doncella y un chófer personal, mi vida en el colegio había constituido un juego en el que siempre eran míos los triunfos.

Muy despierta, inteligente y astuta, solía encontrar de inmediato la forma de eliminar a las posibles adversarias para convertirme en la jefa: la que organizaba las travesuras, en ocasiones verdaderas «cabronadas», de las que nunca podían hacerme responsable al servirme de unas fieles ayudantes.

Unos regalos en el momento oportuno, esos apuntes que solucionaban un examen o unas bofetadas a las más rebeldes eran los recursos de que me servía para evitar que las otras, mis víctimas, me acusaran como instigadora del delito.

Una mañana que yo estaba planeando un nuevo golpe, en aquella ocasión sola, pude descubrir al profesor de francés y a una de las enfermeras yendo al cenador. Los seguí procurando que no me descubriesen. Terminé por verles abrazados y besándose. Pero hicieron algo más…

En cierto momento, ella recogió con su boca el miembro, ¡qué grueso y qué grande!, del profesor de francés y lo estuvo chupando y requetechupando durante más de un cuarto de hora.

Desde el primer momento supe lo que significaba aquello, por lo que no me importó permanecer allí como una mirona. Les vi quitarse las ropas, para quedarse únicamente con las prendas íntimas. Luego, me tocó buscar un emplazamiento alto, porque ellos se habían echado sobre el suelo y se estaban besando y magreando. La enfermera era la más lanzada. Se comía materialmente al profesor de francés en todos los sentidos.

La vi proseguir con el rechupeteo de un miembro cada vez más morado y gordo. Creo que él se quejó, acaso deseando algo más. Pero ella insistió en lo mismo, como si se hubiera vuelto loca. De repente comenzaron a aparecer unos relámpagos, con los consiguientes truenos. Los primeros me sobresaltaron; mientras que a ellos no parecieron afectarlos. Continuaron con lo suyo por espacio de otros quince minutos…

Un tiempo que yo me cuidé de cronometrar, para olvidarme del reloj al verles revolcándose por el suelo de piedrecillas planas… ¡Estaban haciendo el amor!

Grabé aquellas escenas en mi cabecita de diablesa para, minutos más tarde, recoger las fases más interesantes con mi Polaroid. Sabía que me iban a ser muy útiles; además, el resplandor de la cámara se pudo confundir con nuevos relámpagos.

De cada una de las seis instantáneas saqué veinte fotocopias en color, aprovechando que uno de mis tíos era dueño de una tienda dedicada a ese tipo de reproducciones. Como entraba allí con la mayor facilidad, sólo tuve que aprovechar la hora de la comida justificándome con que debía reproducir unas láminas.

Los primeros que recibieron las fotocopias fueron el director y el administrador del colegio mayor. Pero no sucedió nada. Por la forma de dar la clase de francés, supuse que el profesor había sido llamado a dirección. Una simple bronca, acaso con una pérdida de haberes. Nada más al querer evitar el escándalo.

Pero el confesor y el jefe de estudios del colegio no reaccionaron igual, sobre todo al saberse que varias alumnas contaban con más reproducciones. Empezaba a funcionar mi cabronada.

El profesor de francés y la enfermera fueron expulsados. Y al colegio entero se nos reunió en el teatro de la institución para que se entregaran todas las copias y los originales de las instantáneas. Como se recurrió a eso de «queremos que sean depositadas en el buzón de sugerencias, donde nadie sabrá quién o quiénes las tenían», se logró el resultado que se perseguía.

En seguida yo me deshice de todas las instantáneas. Ya había hecho la «travesura». ¿De qué podía servirme algo que me había proporcionado un juego «tan divertido»?

Siete semanas más tarde, durante las vacaciones de verano, me encontraba en el chalé de mis padres. No tenía ningún proyecto, ya que deseaba dejarme llevar por el destino.

Una mañana que me hallaba dando una vuelta sobre mi bicicleta pude oír un gran bullicio al otro lado de una valla metálica. Me detuve para echar una ojeada por entre los huecos; y lo que vi me llamó tanto la atención que me quedé allí más de quince minutos.

Una plusmarca cuando jamás me había considerado una mirona. El hecho es que al otro lado de la valla, junto a una piscina, se encontraban dos jóvenes morenos que jugaban al tenis completamente desnudos… ¿Qué se movía más sus brazos o sus pollas?

Debí tragar saliva más de veinte veces, apretar las piernas para aguantar los calores de mi chochete y sujetarme a los rombos metálicos de la valla para no masturbarme.

Aquella noche y las tres siguientes soñé con los dos jóvenes morenos. Eran tres o cuatro años mayores que yo… ¡Y estaban de un buenorro! Nunca había tenido problemas con los chicos, al disponer de todos los que quería. Pero hasta entonces jamás había sentido la verdadera llamada del Sexo a trío.

Por eso me empeñé en conocer a la pareja que tanto me inquietaba. Estuve asediándoles, hasta que simulé que me caía de la bicicleta delante de ellos. Fui ayudada de inmediato; y como me había hecho daño en una rodilla, hasta me curaron.

De esta manera comencé una amistad bastante extraña, alimentada por los regalos que yo les llevaba, las invitaciones que les hacía para oír música en mi salón especial y las salidas en el coche deportivo. La mejor manera de fraguar el gran encuentro de los tres. Antes habíamos jugado desnudos al tenis…

Desnudos nos encontramos en las hamacas del jardín, donde yo pude mamar las pollas de aquellos jóvenes para dejarlas quietas. Como era costumbre en mí, quise romper moldes metiéndome las dos en la boca a la vez. Más adelante, les pedí que me la ofrecieran entre los labios superiores y los inferiores… ¡Y con que glotonería recogí el semen de ambos por mis dos cavidades húmedas y carnosas!

Cuando nos cansamos de gozar, luego de llegar a la sodomización alternativa y a otras procacidades más audaces, nos quedamos rendidos. Nuestros genitales estaban pringosos de semen y jugos vaginales. Por eso resultó normal que nos zambulléramos en la piscina. Por cierto que yo me sumergí hasta el fondo.

Y nada más salir a la superficie, para tomar una bocanada de aire, vi al profesor de francés y a la enfermera. Estaban al borde de la piscina…, ¡y llevaban unas cuerdas en las manos! ¡Cerca, pero en un plano secundario, se encontraban los dos jóvenes morenos: serios, chorreando agua y con bañadores!

—Son mis hermanos Jeremy y Emilio —dijo el profesor de francés—. Ha sido muy fácil atraerte aquí para obligarte a realizar algo muy comprometido… ¡Algo que nosotros hemos tomado en unas instantáneas siguiendo tu ejemplo!

Seguidamente, me ataron a un árbol, luego de ponerme el vestido floreado y las sandalias que yo había llevado allí. En esta humillante posición me enseñaron las fotografías, que yo me negué a mirar; pero los jóvenes morenos me obligaron a verlas…

—¿Te das cuenta, bruja? —preguntó el profesor de francés, empezando a romper las instantáneas—. Nadie las contemplará, además de nosotros; ¡pero tú jamás las olvidarás, Rosalía!

Una extraordinaria lección que me cambió radicalmente. Porque vi follar a la misma pareja de años atrás. Se colocaron en frente, sobre el trampolín bajo, para que yo pudiese contemplar sus genitales en acción: cómo la verga del profesor de francés entraba y salía del chumino de la enfermera mediante poderosas emboladas. En el silencio escuché el sonido de las carnes, una de las cuales adquirió un tono líquido al empezar a soltar fluidos vaginales…

—No me hagáis esto —susurré, apretando las piernas en el inútil intento de apaciguar los picores que empezaban a crecer en mis ingles—. Me estoy poniendo muy malita… Os daré el dinero que me pidáis…

Como pretendí cerrar los ojos, Jeremy y Emilio me lo impidieron viniendo a mi lado. Continuaba atada; pero me alzaron la cabeza y tiraron de mis párpados. Claro que me hicieron mucho daño, ya que era eso lo que pretendían. Tuve que seguir mirando.

Mis tetas se habían escapado por el escote del vestido, ya que no llevaba sujetador. Ésto les permitió comprobar la dureza de mis pezones. Una evidencia que se hizo más acusada al comprobar que me estaba cayendo un reguero de caldos vaginales por la parte interna del muslo izquierdo. Lo restregué con el otro muslo y, después, intenté recoger las piernas. Todo en el inútil empeño de ocultar esos líquidos.

Ninguno de mis «verdugos» hizo comentario alguno. Al mismo tiempo, la pareja seguía follando con una fuerza tal, que debí comprender que les animaba tenerme delante. La venganza también puede resultar lujuriosa. Yo volví a quejarme y a jadear, perdida en un océano de excitaciones. Así me llegó un orgasmo desconocido, no tan fuerte como los otros gozados anteriormente. Acaso similar a ésos que me asaltaban algunas noches alimentados por morbosas pesadillas.

Súbitamente, Jeremy me arrancó la falda de un tirón y se quedó mirando mis ingles. Mis muslos estaban cerrados y continuaban recogidas mis piernas, lo que originaba que toda la vellosidad púbica apareciese cubierta de gotitas de jugos. Sentí vergüenza… ¡Pronto apareció el dolor!

Emilio estaba queriendo introducir una ramita en la grieta interna de mis ingles. Apretó y pinchó. Gemí angustiosamente y comencé a llorar; al mismo tiempo, abrí las piernas creyendo que así aliviaría el sufrimiento. Entonces, incomprensiblemente, me desataron del todo.

Quedé pegada al tronco del árbol, sin saber qué me tocaba hacer. Jeremy se colocó detrás de mí y me hincó su verga en el culo. Aún me resulta difícil recordar cómo lo logró; pero le sentí, a los pocos instantes, perforándome a niveles de esfínteres.

Por si esto no fuera poco, Emilio me la metió por delante con rabia. Los tres caímos en el suelo, para ir rodando hasta el borde de la piscina. El desplazamiento fue muy lento; y en ningún instante dejé de estar follada y enculada por los hermanos del profesor de francés… ¡Venganza!

Esta palabra no se iba de mi mente. Yo acostumbraba a joder a todos con mis cabronadas, ¡y me estaban jodiendo a mí, en otro sentido, por partida doble!

Una realidad que no me impidió alcanzar varios orgasmos. Lo mío se hallaba fuera de todo lo racional… ¿Cómo es posible que intentara coger «amorosamente» las piernas de mis dos «verdugos» en el momento que me estaban cubriendo de semen las tetas, el vientre, la barbilla y toda la cara?

Luego me abandonaron allí, sola. Tardé más de media hora en reaccionar. Me lavé en la piscina como pude, me puse la ropa y salí del chalé. Ni siquiera miré hacia atrás. No sé el tiempo que estuve dando vueltas hasta que regresé a casa. La tata quiso servirme la cena y le dije que me iba a la cama.

Nada más echarme cogí el sueño, para despertarme bien entrada la mañana. Me di un baño de una hora, dispuesta a ser otra persona, y me puse otra ropa muy distinta a la que siempre había llevado. Mis padres se extrañaron al verme sin escote y con una falda tan larga; pero lo que más llamó su atención fue que hubiese entrado en el comedor sin alzar la voz, sin bromear con todos y sin quejarme del «mal servicio que siempre había en casa».

No abandoné el edificio durante tres días. Tuvo que ser mi padre el que me obligara a asistir a una fiesta que daba el Municipio. Como él tiene muchos contratos inmobiliarios nos hizo ir a todos. Durante el baile que se celebró al terminar la cena, el profesor de francés vino a pedirme que saliéramos a la pista… ¡Qué flojera me entró! Me dio por pensar que iba a contarle a mi padre lo que yo le hice. Pensaba suplicarle que se callara, cuando él me susurró al oído:

—Rompimos las fotos, ¿es que lo has olvidado? Por nosotros, incluyo a Margarita, la enfermera, todo ha quedado en el más absoluto de los olvidos…

Han pasado más de cinco meses desde entonces. Debo reconocer que siempre que vamos a la urbanización temo que «ellos» aparezcan para pagarme con la misma moneda; pero es éste un sentimiento de culpabilidad que resulta absurdo.

Por el momento yo no soy la misma. Tengo un montón de amigas, a las que trato como mis iguales. Algunas de mis ex compañeras de Universidad han venido a visitarme porque no se lo creían. A todas las he recibido con los brazos abiertos para, en seguida, pedirles perdón.

Hace pocos días encontré a Jeremy en la calle. Mi primera intención fue volver al coche y aparentar que no le había visto. Espanté este temor y le saludé. Creo que al principio no me conoció, porque iba peinada de otra forma, no llevaba nada de maquillaje y mi vestido no podía ser más discreto.

—Pero, ¿eres tú, Rosalía? —me preguntó, a la vez que me cogía por los hombros y se quedaba contemplándome como si me estuviera examinando—. ¡Vaya cambiazo!

¿Sabes que ahora me gustas mucho más? Entonces caíste sobre nosotros como una «amazona», por eso follamos como unos descosidos… No sabíamos lo que habías hecho, hasta que un día llegó al chalé nuestro hermano mayor, el profesor de francés. Nada más que te vio pensó en la venganza…

—No has tenido que explicarlo, porque entendí que había ocurrido algo así. La casualidad jugó a mi favor. Sí, porque me lo merecía…

Hablamos de muchas cosas, todas ellas muy alejadas de la venganza y de mi cambio. Yo tenía que cumplir un encargo de mi madre y Jeremy me acompañó. Los días siguientes estuvimos saliendo como amigos, hasta que una tarde, en las proximidades del embalse, dentro de su coche hicimos el amor…

Con qué respeto me trató. Ya no era el «verdugo» que me «violó» junto a su hermano Emilio. Me trató allí, con los asientos abatidos, como si yo fuera su novia. Hoy día salimos. Cada vez me siento más entusiasmada. Ya os contaré cómo nos van las cosas.

Rosalía – Madrid