Sé que hay mucha leyenda respecto a nosotras las lesbianas. No voy a explicaros cómo me hice una mujer que «ama a otra mujer», ¡sólo a una única mujer!, porque supongo que sería como repetir una historia demasiado conocida. Permitid que haga gala de mis inclinaciones literarias, que no supongo de mucho alto techo, para relataros lo que ocurrió en nuestra vida…
Aquella mañana introduje la mano derecha en el agua que cubría dos tercios de la bañera y suspiré. Con los ojos perdidos en los baldosines de la pared frontal agité la superficie del líquido para que las escamas del jabón hicieran más espuma.
Después me quedé de pie, como una autómata, y mis ojos dejaron escapar unas lágrimas. Estaba desnuda y mis pezones desafiaban toda pasividad al mostrarse erectos, afilados y durísimos. También el clítoris era una campanilla de lujuria; y, poco a poco, se fue excitando toda mi piel y mi sangre…
«¡No debiste irte de mi vida, Sagrario…!», me dije, temerosa de que al convertir en sonidos el lamento me hiriese aún más. «Tú eras la menos materialista de todas nosotras e, incomprensiblemente, has acabado casándote con un hombre por dinero!»
Yo me olvidé de mi condición de economista y jefa de negociado. Procuré meterme en el agua de la bañera con la misma expresión. Sin embargo, al dejarme escurrir por el fondo moviendo las piernas y el trasero, los picores del chichi ya se me hicieron insufribles. Debí rascarme con las dos manos. Por unos instantes actué con violencia, como si me culpara de la pérdida de mi amante. Unos chispazos de dolor, que me hicieron gemir, fueron suficiente para que diese otro sentido a mi lujuria.
Porque lo que me estaba sucediendo, realmente, era que llevaba más de tres días sin satisfacerme sexualmente. Había querido olvidar a Sagrario acostándome con algunas de las chicas del club, todas ellas lo más parecidas a mi examante. Hasta que me di cuenta de que no existía la posibilidad de sustitución.
Me habían arrebatado una parte de mi ser. Estaba como mutilada. Mientras, mis dedos intentaban calmar el clítoris y los pezones con la masturbación. Un proceso que me llevó al orgasmo cuando me hallaba materialmente sumergida.
Aquella misma tarde salí del aparcamiento con un sólo propósito: aparcar mi coche frente a la nueva casa de Sagrario y esperar. Quería hablar con ella, para exigirle una explicación… ¿Cómo era posible que no me hubiese invitado a la boda? ¿Y qué razón la llevó a mantener en secreto «ese paso» cuando dos noches antes de la ceremonia había estado acostada conmigo en la misma cama?
Preguntas… ¡A miles batallaban en mi cabeza, igual que un panal alborotado por el ataque de un oso mielero! ¡Y mis lágrimas continuaban brotando!
Pero se secaron de inmediato cuando Sagrario apareció en la acera. En seguida puse en marcha el coche y la seguí. A unas diez calles de distancia paré el vehículo, abrí la portezuela derecha, esperé a que la «traidora» llegase a mi altura y le dije:
—¡Entra! ¡Vamos, entra de una vez o armo un escándalo que nos llevan a las dos a Comisaría!
Sagrario se sentó a mi lado, cerré la portezuela y el coche se puso en marcha. No nos hablamos; pero las dos teníamos lágrimas en los ojos. La siguiente etapa fue el portal del edificio donde yo residía. Había un lugar en el que aparcar.
—¡Vas a darme muchas explicaciones, guarra! ¡Esto no se le hace a una amiga como yo! — le amenacé.
Entrar en el piso y abrazarnos formó parte de la misma secuencia. Entonces nos olvidamos de los rencores, de la separación y de las preguntas… ¡Sólo importaba lo mucho que nos deseábamos! Nos buscamos con las manos, los labios y los chichis.
Con las ropas puestas o desprendiéndonos de alguna fuimos marcando un lentísimo camino hasta el dormitorio. Por la moqueta del recibidor, la salita de estar, el pasillo y otros lugares dejamos varias prendas y las huellas de nuestras pisadas, la mayoría de las cuales más marcadas que nunca porque yo llevaba a Sagrario aupada sobre mi cuerpo, bien sujeta por la cintura y me la estaba comiendo a besos. También las dos nos frotábamos los muslos y enredábamos las selvas de nuestros chichis. Un gozarnos que se hizo «69» al echarnos en la cama.
Jadeábamos, musitábamos palabras inaudibles al convertirlas en gemidos de placer y éramos cuerdas de guitarra tañidas por unos dedos que componían la más enloquecida melodía. Fuego, agua, nubes, sol… e infierno. Pero un infierno en el que la lujuria se hacía divina. Y cuando nos notamos ahítas supimos que debíamos ir al cuarto de baño… ¡Nuestro templo sáfico!
Las dos preparamos el agua con el mimo propio de la última vez. Al mismo tiempo nos acariciábamos y nos besábamos. Cuando creímos que había la espuma suficiente nos metimos en la bañera abrazadas; luego, nos colocamos una frente a la otra. Juguetonas nos buscamos los chichis con los dedos gordos de los pies.
Cuando se hubo producido esta divertida penetración, que acompañamos con otros dedos, adelantamos las manos y nos acariciamos las tetas. Nuestros pezones en ningún instante habían dejado de actuar como flechas que podían alcanzar el centro de la diana por lejos que se encuentre. Después empezamos a pasarnos las esponjas, sabiendo que nos estábamos limpiando de algo más importante que la piel: el miedo a las explicaciones. Nos dimos un beso y Sagrario empezó a hablar:
—Mis padres estaban en la ruina y podían perder hasta la casa por un embargo. A mí Adolfo siempre me estaba asediando. Para espantarle tuve que decirle que era lesbiana; pero a él esto no le importaba. Pensando en el dinero, le prometí casarme con él. Estaba loco. Contestó que sí; pero me impuso la prohibición de volver con mis amigas, es decir, seguir contigo. Por eso no te invité a la boda y mantuve el secreto de lo que iba a hacer… En la cama de matrimonio, a Adolfo no le importa que yo me quede como una estatua. Parece ser que tiene suficiente con su amor y con disponer de mi cuerpo… ¿Te das cuenta, Diana? Me he vendido a él, ¡me he vendido a un hombre!
La comprendí. La vida es así de dura. Si hubiera recurrido a mí, habría vendido mi propio cuerpo para ayudarla. Sagrario lo sabía, por eso no me dijo nada. Sin embargo, al escapar de mi lado, también comprendió que tarde o temprano nos encontraríamos.
La besé en la boca, en los párpados humedecidos por las lágrimas. Seguíamos teniendo las esponjas en las manos. Continuamos enjabonándonos, sin estar la una frente de la otra sino sentadas en las piernas que teníamos tan cerca, intercambiando la posición al habernos abrazado para entregarnos las lenguas y frotar nuestras tetas en unas acciones desesperadas.
Nos revolcamos en la amplia bañera como lo hacen las sirenas lésbicas de ciertos relatos «pomos»: en unas zambullidas que buscaban encontrar las ingles amadas: la perla que esperaba en la ostra abierta. Poco más tarde, nos secamos sin dejar de mantener nuestros cuerpos en contacto. En este frenesí llegamos a la cama, donde nuestras junglas vaginales se enlazaron al montarla yo como si quisiera quedarme con la marca de su cuerpo en el mío.
De repente, ella miró el reloj de la mesilla y dijo:
—Es la hora, Diana. Tengo que volver al lado de mi marido. Te telefonearé pronto… Te lo ruego, no vuelvas a buscarme, porque él podría sospechar, no ha pagado toda la deuda de mis padres. Tardará más de tres años en hacerlo; mientras, me tiene atrapada…
Aparecieron nuevas lágrimas en los ojos de Sagrario, que yo sequé con mis labios. La situación estaba clara, no había vuelta atrás. Tendríamos que vernos furtivamente, acaso una vez a la semana o cada quince días.
Acostumbramos a encontrarnos en tres o cuatro ocasiones al mes, nunca en una fecha fija o a un horario preestablecido. Ella me telefonea y yo voy a buscarla donde me indica. Actualmente, he solicitado un préstamo. Cuando me lo concedan podré rescatar a Sagrario.
Diana – Barcelona