El amo que necesitaba

Escribo este relato para hacer partícipes de mis experiencias a los lectores de polvazo. Demostraré que por medio de los Contactos se puede encontrar a una persona maravillosa, con la que hacer realidad nuestros más íntimos deseos.

Antes de continuar, os diré que me llamo Carolina, tengo 27 años y mis amigas dicen que mi cuerpo está muy bien desarrollado. La verdad es que siempre me han sobrado pretendientes; y más de uno intentó llevarme a la cama con promesas de amor eterno. Pero pensé que se olvidarían de mí después de follar conmigo.

Debo confesaros que desde que tengo capacidad de razonar me ha gustado sufrir, especialmente que un hombre me azote en el culo sin obedecer mis súplicas.

Mi vida transcurría en la mayor monotonía, cuando yo deseaba encontrar algo muy singular. Por un lado pretendí hallar a un hombre que me pegara y me convirtiera en su esclava; pero, por otro, me aterraba tropezarme con un loco o un demente que terminase haciendo conmigo lo que quisiera sin tener en cuenta de que soy una persona.

Al leer los Contactos de vuestra web encontré muchos Amos; pero todos ellos me hacían dudar de su sinceridad. Unos pedían fotos de la esclava desnuda; otros, quería torturarme sin que yo pudiera negarme; y los demás, daban la impresión de desear simplemente acostarse conmigo.

Sin embargo, uno de los Contactos me llamó mucho la atención, ya que un hombre ofrecía su amistad y experiencia a aquellas mujeres que quisiéramos escribirle. Estuve dudando mucho tiempo; pero, al final, me decidí a tomar contacto con él.

Nuestra relación empezó por correspondencia, hasta que me convencí de que se trataba de ese hombre amable, caballeroso y bondadoso que buscaba.

Quedamos citados en una cafetería de las afueras de Málaga. Me sentí tan cautivada con él que yo misma le pedí realizar una sesión sadomasoquista. Aceptó después de fijar los límites que ambos deberíamos respetar a rajatabla.

Algo extraño me llevó a confiarme totalmente. Aunque era algo más joven que yo, le dije que le daba carta blanca para actuar conmigo como quisiera. De todas formas, él me aseguró que la dureza de las sesiones aumentaría poco a poco; y que bastaría una sola palabra mía para que él se detuviera y no siguiera adelante.

Sólo nos quedaba empezar. Esto fue lo que hicimos. Mi Amo ordenó que me desnudara lentamente en el centro de la habitación. Hacía frío; y al resaltarle que no me sentía bien, me indicó que, después de iniciar el tratamiento, estaría con el culo tan caliente que no me iba a quejar de la temperatura para nada.

Pese a todo, queriendo hacerme sufrir un poco, me obligó a arrastrarme por el suelo como una vil serpiente, las baldosas estaban heladas; y muy pronto mis tetas, muslos, vientre y resto del cuerpo quedaron ateridos.

Seguidamente, él se acercó a un armario y sacó un cinturón de cuero repujado. Era anchísimo; y muy pronto pude comprobar que permitía dar unos correazos, que mordieron la piel de mi trasero con un dolor terrible.

Cuando mi Amo se dio cuenta de que yo estaba quieta, me agarró por el pelo y me propinó un empujón.

Después, ordenó que me colocara sobre sus rodillas. Se sentó en un sillón y me puso como le interesaba. Seguidamente, sólo tuvo que sujetar mis muñecas con sus manos para que yo no pudiera proteger mi trasero.

No comenzó a azotarme sin antes contemplar mi culito, que se hallaba expuesto al castigo. Luego, me dio unas palmaditas para advertirme de lo que me esperaba. Poco más tarde, paseó el cinturón por toda la piel de mi culo con la única intención de meterme miedo.

Sentí el primer golpe cuando menos lo esperaba. Por un instante me pareció que me había arrancado la piel; pero, lentamente, el dolor se fue disipando, dando paso a un placer inmenso al sentirme como una niña mala en brazos de un hombre duro.

Mi Amo supo espaciar suficientemente los correazos, para que sintiera el dolor y el placer en toda su intensidad. No se comportaba como otras personas que se ciegan y se abandonan a sus más bajos instintos; él conocía la técnica para ofrecerme el placer que yo necesitaba.

Aunque yo me retorcía de dolor, mi Amo sabía que yo necesitaba sufrir y que los límites que podía alcanzar estaban aún muy lejos. Por supuesto, no pensaba pasarse en aquella primera sesión.

El castigo me pareció interminable; y cuando se detuvo, mi culito estaba surcado por anchas y rojizas rayas. Los dos glúteos parecían un tomate; y yo lloraba. No creáis que lo hacía por el dolor, ya que parecía que mi trasero estuviera ocupado por un enjambre de avispas, sino que respondía a la felicidad. Esa tan grande y dichosa que a veces te hace llorar de alegría.

Mi Amo no concedió tiempo para que se enfriara mi trasero por sí solo. Ordenó que me sentara en un sillón de cuero. La piel estaba muy fría; y él sonrió en el momento que observó cómo me agitaba a causa del dolor y el frío.

Acto seguido, se entretuvo en acariciar mis tetas. De vez en cuando me pellizcaba los pezones con crueldad. Debo reconocer que dolía bastante; pero él ponía mucho cuidado en no causarme un excesivo daño. Se veía a la legua que lo único que intentaba era hacerme gozar hasta que desfalleciera de gusto.

Al terminar el juego, permitió que me vistiera para que no me enfriara; luego, tuve que servirle una copa de champán. Mi obligación como esclava era sentarme en el suelo a sus pies, colocada de rodillas y mirando hacia abajo.

Súbitamente, me cogió por la barbilla y acercó a mi boca la copa para que bebiese. Obedecí mansamente; y después de charlar un rato sobre las experiencias que había tenido, reconocí que él sólo deseaba hacerme feliz; por lo tanto, a partir de aquel momento podía hacer conmigo lo que yo quisiera.

Me advirtió que tendría muy en cuenta mis palabras; pero que yo siempre podría echarme atrás en el último momento. Esto me llegó al corazón; y le prometí que desde entonces mi vida se hallaba en sus manos, que podía hacer conmigo lo que se le antojara; por último, le supliqué que no fuera muy dura conmigo y supiera comprender mis faltas. Imaginaros la confianza que le tenía, que incluso le juré que podía follarme con más hombres si así lo deseaba.

Mi Amo contestó que no llegaría a tanto; y que desde aquel momento sólo viviría para hacerme feliz, castigándome cuando yo lo necesitara y sin crueldad gratuita por su parte.

En la puerta no pude contenerme y besé su mejilla con ese amor que debe sentir una esclava por su Amo.

Cuando me giraba para salir, él me agarró por el brazo y me impidió salir. Resaltó que le había besado sin su permiso, por lo que merecía un ejemplar castigo para que aprendiera a ser sumisa y a mantener una ciega obediencia.

Por esta causa me empujó hasta dentro, para obligarme a volver al salón. Una vez allí, se sentó en el sillón y me colocó encima de sus piernas. El ritual se volvió a repetir; pero en aquella ocasión él mismo se encargó de prepararme para el castigo.

Como yo estaba vestida, lo primero que hizo fue remangar mi falda hasta la cintura, de tal manera que mis finas braguitas de encaje aparecieron ante sus ojos. Lentamente, las bajó hasta los tobillos; después de acariciar mis muslos, sus manos ascendieron hasta llegar a mi culo.

Aún me escocía por los correazos anteriores. Y mi Amo se preocupó de avivarlos propinándome alternativamente unas palmaditas y unos sobeteos.

Sin soltarme, se inclinó y recogió de debajo del sillón una paleta muy rara, que dijo que era de spanking. Después de ordenarme que fuera contando en voz alta cada paletazo, comenzó a pegarme de tal forma que mi culo quedó al rojo vivo.

Luego, permitió que me vistiera y, sin decir más, me acompañó hasta la puerta. Allí me dijo que esperaba que el último castigo me sirviera de lección. Y sin más me citó para otro día.

En fin, ésta es mi historia y no sé si desearéis publicarla. Lo único que quiero deciros es que he encontrado el Amo que tanto tiempo llevaba buscando. Actualmente soy muy feliz, ya que él no se preocupa sólo de su placer, sino que por encima de todo tiene en cuenta mis deseos.

Por último, os confiaré que mi Amo ha prometido que realizáramos unas sesiones en pleno campo. Conoce un pequeño bosquecillo, al que me llevará con su tienda de campaña. Allí me enseñará cómo se realiza una sesión de spanking «campestre». Si alguna mujer más se anima a venir con nosotros, le garantizo que obtendrá todo el dolor y el placer que busca, sin temor a encontrarse con un loco o un violador.