Leyendo por Internet me he encontrado con experiencias de mujeres que cuentan amores lesbianos. Y me he preguntado a menudo por qué todavía hay personas que imaginan estas relaciones como una cosa vulgar. Seguramente entre vuestros lectores hay muchos hombres y mujeres que disfrutan recordando los contactos afectivos, en los que lo sexual, aunque exista, jamás resulta lo más importante.
En los años que era una estudiante, estuve interna en una Universidad privada. Por la noche nos inventábamos las formas más diversas para escapar del control de las vigilantas. Procurábamos reunimos detrás del gimnasio, donde nos contábamos largas confidencias en medio de la oscuridad. Hacíamos juegos de manos y comparábamos nuestras tetas.
Cuando mi amiga Adriana venía a buscarme a casa unos años después, por los veranos, nos pasábamos las tardes enteras pintándonos, cambiándonos de vestido y peinándonos. Creo que aquello he de considerarlo como una excusa ingenua, que nos permitía intercambiar un auténtico repertorio de caricias en los hombros desnudos.
¿Qué sentimiento ambiguo nos llevaba a besarnos? ¿Por qué acercábamos las cabezas, inclinadas sobre el ejercicio de matemáticas, para contarnos lo poco que nos gustaban los chicos que nos cortejaban?
La sensación aguda y conmovedora de aquel rostro familiar y querido, de improviso tan cerca del mío; sus ojos asombrados y el contacto furtivo de sus labios, me provocaban el deseo de volver a empezar. Pero repitiéndolo todo, a la vez que nos chupábamos los labios y dejábamos que las puntas de las lenguas se encontraran en un contacto suave y eléctrico.
Y, luego, durante las vacaciones, llegaba la habitación común, las risas y las largas confidencias. Todo igual hasta que nos hicimos unas mujeres hermosas y ardientemente sensuales. Porque no podíamos pasarnos sin tener a la otra cerca.
—Elena, ayúdame a secarme. ¿Vas a quererme lavar la cabeza? ¡También quiero que me frotes la espalda!
Luego, las mañanas en las que una se acercaba a la cama de la otra y la pedía:
—Déjame un sitio, anda. Caliéntame un poco.
Aquello resultaba maravilloso. Y no era tanto por el contacto con una teta suave, acariciada dulcemente bajo el camisón; ni la rodilla que se insinuaba con complicidad entre las piernas. Era sobre todo la atmósfera de confianza, el conocimiento recíproco. A menudo nos pegábamos jugando…
La mano inquieta de Adriana consiguió bajar el elástico de mi braga, para dejar al descubierto mi pubis angelical y unos labios vaginales tan cerrados como un capullo de rosa antes de despuntar.
—¡Qué espectáculo más impresionante! ¿Cuántas veces te lo acaricias al cabo del día? — me preguntó, desafiante.
—Pocas. Sólo después de orinar.
—Estás mintiendo. Yo te he sorprendido haciéndolo dos y tres veces en una sola mañana.
Además, utilizas mi guante de baño. ¡Por eso en muchas ocasiones huele a «bacalao», golfilla.
—De acuerdo. Yo te quiero mucho, te necesito para todo. Pero, en ciertos momentos, me da vergüenza pedirte que nos amemos, y tengo que correr al lavabo a masturbarme. ¡Cómo a ti parece que el sexo te trae sin cuidado!
—¿Por qué dices esas tonterías, Elena? ¡No me gusta que me engañes!
—¿Qué vas a hacer…? ¡Por favor, no me castigues como en otras ocasiones que he sido mala!
—Sabes que lo haré, por mucho que protestes. Tienes una venilla masoquista que conviene estimular de vez en cuando.
¡Date la vuelta ahora mismo!
Me subió las bragas y esperó a que la obedeciera. Entonces a mi se me ocurrió correr a la ducha, me quedé totalmente desnuda. Ella hizo lo mismo, como si adivinara lo que yo me proponía, y le dije:
—¿No sería mejor que las dos nos hiciéramos unos «deditos»? Siempre he deseado que tú me enseñaras tu técnica. Pese a lo fría que pareces, en el internado y en la universidad tenías muchas chicas a tu alrededor. Sé que has amado a más de diez distintas antes de tomar la sabia decisión de elegirme a mí en exclusiva.
—Conforme. Cuando te lo propones resultas muy persuasiva, bonita. Fíjate en mí.
Se acomodó en el cuarto de baño, con los muslos ampliamente abiertos, se alcanzó los labios vaginales, los dilató y se introdujo dos dedos. En aquel momento me dijo:
—Lo importante es que apreses el clítoris sin ejercer una gran presión sobre él. Poco después, tendrás que aplicarle un movimiento de rotación, igual que si estuvieras abriendo un delicado tarrito de crema. Lo masajearás intensamente. Nada más se ponga tieso ya notarás la llegada del orgasmo. ¡Es algo que nunca falla!
Durante unos minutos las dos nos entregamos a la masturbación. Las fricciones de nuestros dedos ejecutaron unas acciones sincopadas y, de pronto, fui yo la que comencé a jadear porque me había llegado mi primer frenesí. Era la más inexperta y seguramente torturé en exceso mi clítoris. Adriana lo realizó mejor, con superiores resultados. Escuche su voz entrecortada:
—¡Ya me viene… Aaaahhh… Magníficooo….! ¡Es lo mejor para recuperar la moral…! ¡Se me va la cabeza de puro gustooo…! ¡Has tenido una idea estupenda, Elenaaa…! ¡Cuando me recupere… Voy a proporcionarte algo superior a esto…!
Cumplió ampliamente su promesa, teniendo como escenario distintas habitaciones. Yo me coloqué en la posición adecuada, manteniendo la pierna derecha apoyada en el borde de la bañera y acusando un cierto temblor. Las manos seguras de mi amiga me abrieron las cachas y exploraron la zona con la minuciosidad de un ginecólogo.
—Los labios vaginales no pueden estar más encharcados, se te ha ensanchado el ojo del culo y sueltas un aroma a cachonda que atufa… ¡Si yo fuera más cruel, ahora mismos te clavaría mi lengua y mis dedos por las dos oquedades! ¡Supones una tentación irresistible!
Me recorrió los glúteos con sus manos, presionando sobre el montículo de mi chocho y deteniendo unos dedos en el orificio anal. Después, inesperadamente, me propinó un azote seco, doloroso.
Me sentí como una esclava que debía mantenerse inmóvil, para impedir que se incrementara el castigo. Al mismo tiempo, algo dentro de mi cuerpo me empujaba cada vez más hacia el masoquismo, arrancándome unos gemidos de un sordo placer. Mis piernas acusaron unos ligeros temblores. Hasta que volvieron a repetirse los azotes y un pellizco que en los labios vaginales me obligó a gritar:
—¡Te estás pasando, cariño… Hazme lo que quieras, pero deja tranquilo mi chumino…! Sabes que lo tengo muy delicado… ¡Eres una malvada…!
—Sólo he querido probarte. Yo hice algo más que aguantar. Experimenté un orgasmo que no supe con certeza si duraba un instante o una eternidad, ya que resultó muy intenso. Me dejé caer hacia atrás, para conseguir que los dedos de Adriana me penetrasen más. Ya no quise separarme más de la caricia. Me noté enganchada al placer.
Sin prisa, ella se acercó a mí, me abrazó y me besó el rostro. Succionó la saliva y, después, me lengüeteó los pezones en una búsqueda voluptuosa. Las dos nos abrazamos, persiguiendo el calor de la amante. En aquel instante, yo me senté cómodamente y abrí ampliamente las piernas. Nos encontrábamos en el salón.
Adriana se aproximó a mi coño, lo expandió sujetando los labios mayores y echándolos a ambos lados. Alargó la lengua y comenzó a relamerlo. Dio comienzo a una succión deliciosa, sintiendo como su lengua se bañaba de mis caldos.
Sus manos me acariciaban las tetas, al mismo tiempo y en una doble y triple acción. Mientras, yo me veía rebañada en los bajos. Poco a poco sus ataques se fueron haciendo cada vez más agresivos. De improviso, mi amante, que estaba llegando a su propio orgasmo, lentamente, pero de una forma cada vez más violenta, decidió una zambullida resolutiva. Y sin dificultad, por que mi coño estaba lo suficientemente lubricado, volvió a clavar su lengua.
Al mismo tiempo, yo me hallaba en el séptimo cielo. Me había aferrado con las dos manos a los hombros de Adriana; mientras, seguía ofreciendo la amplitud de mi pubis a la mamada. A ambas nos estaban dominando unos sueños de lesbianismo puro, como si nos hubiéramos olvidado de que nos gustaba más nuestro trato afectivo y humano.
—¿Hasta dónde quieres llegar, preciosa…? —balbucí, sintiéndome presa de un enorme brote de debilidad—. Ya me has arrancado… más de cinco orgasmos… ¿Es que no piensas detenerte nunca…?
Las dos nos echamos en el sofá, nos revolvimos. Proseguimos con las lenguas como búsqueda del placer. Y fui yo la que me mostré más activa. Adriana me dejo hacer. Nos dimos la lengua en un beso frenético: con los ojos cerrados, las respiraciones agitadas y llenándonos con las salivas que inundaban nuestras bocas. Luego, su lengua reclamó mis pezones. Los encontró agitados y se cuidó de hacerlos crecer con una cierta torpeza.
—¡Amor mío, éste es el premio que merece la ganadora…! ¡Ya me estoy deshaciendo…!
Le ahogué las palabras besándola con fuerza, como si pretendiera arrancarle los labios. Seguidamente, repetí el ataque a las tetas, y me comí los pezones, tiesos como dos aceitunas sevillanas; acto seguido, dibujó con la lengua la línea del vientre de Adriana, buscando la elipse del ombligo, donde escarbé cosquillas y gemidos de gozo, para bajar a la pelambrera del coño, en el que enredé mis dedos, introduje mi nariz mi boca y mi aliento… ¡De qué manera estaba deseando degustar de los líquidos que contenía su hendidura!
Nada del mundo me importaba tanto en aquel instante… Podría devorarle todo, hasta tal punto llegó su frenesí. Montada en mis ingles, ella permaneció bastantes minutos. Luego, las dos advertimos una especie de sensación de complacencia. Porque era tan alta nuestra calentura que nos alargamos en el sofá…
Adriana magreó el chumino. Y la succión de sus labios, unido a la vehemente presión de su lengua, consiguió endurecerme al máximo mi clítoris. Nada más prestarme este delicioso servicio, hizo intención de retirarse. Pero una queja brotó de mis labios; al mismo tiempo, apreté mis muslos muy cerca de la agresiva.
No nos detuvimos hasta proporcionarnos cinco orgasmos. Lo suficiente para dejarnos totalmente calmadas, especialmente a mí. Ella terminó sujetándome las manos por encima de la cabeza, para obligarme a pedirle perdón. Traté de resistir, pero, después de aquel esfuerzo y el regalo sexual, tuve que ceder entre risas. Entonces me dio un beso para que no olvidase el reciente goce, fuerte y profundo, cuyo recuerdo todavía me hace estremecer. Estos recuerdos resultan algo muy valioso, que le acompañan a una durante toda la vida.
Elena – Sevilla