Rocío y yo conocíamos la leyenda sobre los zupos de los moros; pero cuando Mohamed llamó a la puerta del chalé en busca de trabajo no pensamos en ella. Sin embargo, le aceptamos como mozo para todo. Las dos estábamos casadas y no teníamos problemas en la cama.
Fue más tarde, en el momento que empezamos a fijarnos en el «paquete» del tío moreno, bigotón y peludo cuando recordamos el mito. Y nos dispusimos a comprobar si era realidad. En seguida montamos la estrategia de seducción.
Para ello aprovechamos que estábamos solas, gracias a que nuestros maridos andaban de viajes de negocios. Organizamos una pequeña fiesta. Mohamed nos sirvió de criado, sin que al parecer le mosqueara nuestros comentarios cada vez más procaces.
Grande puede ser; no obstante, ¿hasta dónde será capaz de resistir un zupo así, Rocío? —pregunté yo, empezando a quitarme la estola de plumas de marabú que llevaba sobre mis hombres.
—Es fácil comprobarlo. Sólo tenemos que pedirle que se baje los pantalones… Aunque parece algo tímido. Lo mismo se echa a correr en el momento que se lo propongamos. Voy a comprobarlo.
Al estar tan calientes hicimos que Mohamed se olvidara de las bebidas y de todo lo demás, porque le agarramos por las piernas y tiramos de él hasta sentarle en el sofá. Al momento Rocío se cuidó de abrirle la camisa a cuadros. Lo que vio le llevó a exclamar:
—¡«El hombre y el oso cuanto más «velludos más hermosos»! ¡Dios, si este tío es todo pelo! Entonces… ¿qué tendrá alrededor del zupo, Amalia? ¡Quiero verlo! ¡Ya ahora mismo!
Lo que fuimos a encontrar al abrir la cremallera del tejano nos dejó con las bocas abiertas, segregando saliva en cantidades industriales y con los chochazos aleteando.
Al momento colocamos al macho de rodillas sobre la gruesa alfombra de la sala de estar y nosotras nos agachamos para satisfacer las hambres de zupo grande que sentíamos.
Yo me entregué a mamar aquel rabo poderoso, que aún creció más bajo el ataque de mi lengua; y me cuidé también de que la espesa pelambrera del vientre masculino me acariciase la frente. Mientras tanto, mi amiga se estaba comiendo la boca del moro.
Unas frenéticas actividades a las que nos dedicamos como si estuviéramos perdiendo algún tren. La evidencia de que la leyenda era respaldada por la realidad nos llevó a acelerarnos. Hasta que caímos en la cuenta de que disponíamos de todo el día.
—¡Vaya zupo que se gasta el moro! reconocí yo, haciendo una pausa para respirar— ¡Cómo vamos… a ponernos…!
Cuando los tres nos libramos de todas las ropas que nos estorbaban, que eran casi la mayoría, Mohamed empezó a demostrar que no se cortaba ante nosotras. A Rocío le dedicó una mamada de pezones, que en seguida cambió por un eficaz lengüeteo sobre el clítoris y todo el coño, que a ella le dejó flotando. Casi sin sentido.
Pero es que a mí me metió dos dedos en medio de la pepitilla; y aún le quedó la otra mano para pasarla por nuestros cuerpos. Una doble actividad que se vio correspondida por unos tremendos orgasmos nuestros. Los primeros.
—¡Qué ganas tenía de gozar así, a lo salvaje…; —grité, dichosa—. ¡He dejado de ser la «esposa decente»…!
Repentinamente, mi voz se quebró en los labios, porque el moro me estaba cogiendo por la cintura para dejarme materialmente a gatas. Una posición ideal para que el zupo me entrase por atrás. Invadiendo mi chochazo de una forma rotunda, casi desgarradora.
—A mí sigue dándome el tratamiento de las lamidas de coño, Mohamed —suplicó Rocío, colocándose de pie teniendo debajo mi cuerpo—. ¡Oh sí, sí… Clávame también tu bigotazo…. Ooohh..!
Pronto se efectuó un cambio de posiciones, aunque mi amiga continuó recibiendo un cunnilingus aunque ya sentada en el sillón. A la vez, yo me había dado cuenta y estaba lamiendo el grueso capullo del moro al mismo tiempo que presionaba los cojones.
A mi garganta llegaron los sabores de mi chochazo y los otros que nacía de un zupo abrasador, cada vez más duro y que vibraba entre mis labios. Me costó sostenerlo.
—¡Alá es muy grande, muy grande! —dijo Mohamed, en una pausa que le sirvió para tragar saliva! ¡Señoras muy hermosas… Yo rezar a Alá para que me ayudase a poder gozar de vosotras… Ahora ser recompensado ampliamente… Muy feliz….!
¡Nosotras lo estábamos mucho más!
Como no queríamos perder el tiempo volvimos a la carga, combinando todas las posibilidades de la follada. El moro se mantuvo bien apoyado en el suelo, para ensartar su zupo en el chochazo de Rocío, que había dejado el sillón, y meter la lengua en mi raja encharcada. Por cierto que yo me hallaba en una zona alta. Flotando de gozo.
Sentada en el blando sillón y con las piernas abiertas sobre los posabrazos del mismo, me quedé mirando la cabeza de Mohamed como si no creyera en mi fortuna. Por eso susurré:
—¡Morito, morito…, que al final vas a encontrar en mis carnes «la cueva de los 40 ladrones»…. Oooohh… Todos mis tesoros serán para ti…. Sólo para ti….! ¡Róbame lo que quieras….!
—¿Qué le estás sirviendo, Amalia? —me preguntó mi amiga— ¡Cómo me embiste… Si este «gorilón» cada vez me arrea unos golpetazos más fuertes… Me desfonda! ¡Y tuyo es el mérito…. Oohhh…!
El zupo del moro resultaba arrasador; pero no lo era menos su lengua, como probé yo al dejarme caer del sillón sin perder contacto con aquella boca que me «devoraba».
Los tres teníamos los genitales hechos unas brasas de fragua, listos para fundir las carnes y alimentar las más cachondas libidos.
Nosotras estábamos mostrándonos como unas lujuriosas adolescentes, especialmente al contemplar el zupo que continuaba enhiesto, como un palo de los que se utilizan para las cucañas: pringoso por todos los humores que lo embadurnaban y por su misma exudación.
Yo la cogí por arriba y repetí con los lametones, hambrienta o golosa. Mientras tanto Rocío prefería dedicarse a los cojones, que peinó con sus uñas y, luego, se cuidó de separar. Un juego que le sirvió como una especie de aperitivo.
Porque lo suyo consistió en abrir los labios, tanto los inferiores como los superiores, para competir conmigo. Así las dos nos encelamos en la doble felación, procurando no estorbarnos. Claro que al final tuvimos que rozarnos. Fue inevitable.
—Morder, morder —nos invitó el moro, con una voz cada vez más débil— Yo lo aguanto… Proto me saldrá la crema de «dátiles»… Ya os avisaré «amas»… Seguid, seguid…
Mis dientecillos fueron los primeros que se deslizaron por la gruesa piel que daba forma al zupo más abajo del capullo. También Rocío se atrevió a probar los cojones con un ligero mordisquillo. Pero no era eso lo mejor… ¡Cuántas posibilidades se nos ofrecían!
Ambas repetimos las mamadas, absorbiendo y chupando alrededor del glande. Súbitamente, el zupo empezó a cabecear de derecha a izquierda y el agujero de la uretra disparó el primer globito de esperma…. ¡Lo que nosotras aguardábamos desde hacía mucho tiempo!
Yo me incorporé. Y fui la que recibí la descarga inicial en el chochazo. Había vuelto a repetir posición al colocarme a gatas. Sentir las andanadas del moro me llevó a gritar con fuerzas a la vez que sacudía las tetas de un lado a otro.
—¡Vaya chorretones de engrudo, Rocío… Me va a rellenar el cuerpo entero… Mmmmhhh… Qué barbaridad…. Si con notarlos ya me corro… Aaahh… Esto es mejor de los que creíamos…!
Mi amiga tenía las manos de Mohamed en sus tetas; sin embargo, prefirió bajar al suelo para tomar algo de su semen, que no tardará en recibir. Porque aquel macho velludo, el mejor representante con su zupo de leyendas, contaba con reservas para echarnos dos polvos a cada una… ¡Y a por esta meta nos fuimos los tres!
Amalia-Málaga