Mío es el mérito de haber localizado a Moisés en el mercado central. Estaba descargando cajas de frutas, me quedé dentro del coche observándole. Llevaba más de ocho de una vez sobre sus potentes hombros. La boca se me hizo agua.
Me gustan los tíos morenos, cubiertos de pelos por todo el cuerpo y que tienen fuerza. Imagino que si son capaces de llevar tanto peso, lo mismo podrán hacer a la hora de llegar al sexo. Supongo que todo esto provocó que él me pillara.
Tuve que salir del coche para verle más cerca, lo que supuso que Moisés se diera cuenta de mi interés. Se acercó a mí y, con un tono bajo, me dijo:
—¿Tan necesitada andas de un buen nabo, tía, que vienes a buscarlo aquí?
—Me gusta lo genuino: carne de primera, sin aditivos que no esté llena de agua cuando la cocino. ¿Andas tú servido de eso, brutote? Contéstame que como digas sí te contrato.
Regina se enamoró de Moisés nada más que se le presenté. Y al momento estábamos construyendo un triángulo.
Las ropas nos estorbaban, eran un incordio si estábamos dispuestos a quemar energías a manta. Hicimos que Moisés se sentara en el sillón, yo me puse encima de él, suspirando al empezar a entrarme su cipotón con la ayuda de Regina.
—Chica, tranquilízate que te va a dar un soponcio —me recomendó mi socia—. Que este «oso» promete bastante, pero aún no le hemos visto en pleno funcionamiento.
Pero yo estaba loquita de pasión. Me moví tanto que acabamos en el suelo, para que el macho velludo me comiese a mi el chumino mientras a Regina se la hincaba en todo el centro de las ingles. Las dos nos dimos las lenguas.
Nuestra bisexualidad podía manifestarse ocasionalmente; pero lo que nos importaba a mi socia y a mí era obtener el mayor provecho del «oso» velludo.
Le llevamos al sillón y Regina continuó con el chumino repleto con el cipotón. Yo amaba a los dos, me los hubiese podido comer allí mismo; sin embargo, procuré controlarme. Tenía a Regina de espaldas, montando sobre las peludas piernas y el cipotón fabuloso. Adelanté el cuerpo y lamí los glúteos de mi socia.
Con la puntita recogí gotitas de sudor y compartí vibraciones, hasta que aquellos cojones actuaron sobre mí como poderosos imanes. Los toqué… ¡Qué gordos y rellenos!
Casi me pinché con aquellos pelos negros. Empujé todo el paquete hacia dentro, lo que benefició a Regina al encontrarse penetrada con una mayor cantidad de cipotón. Durante unos minutos únicamente me dediqué a esta tarea. Hasta que…
—¡Madrecita mía, madrecita mía…! —exclamó mi socia favorita—. ¡Cógeme fuerte, Soledad, que me viene un clímax terrible… Voy a salir disparada… Oohhh…!
La sujeté por la cintura y, en seguida, la vi echar la cabeza hacia atrás, tensar toda la espalda como si se le fuera a romper la columna vertebral y soltar nuevos alaridos de placer. Por último, quedó rendida sobre el cuerpo del «oso».
Había llegado mi turno. Regina se dejó caer en el suelo y yo me acomodé en el sillón, para que mi coño se convirtiera en una «raja de sandía», que Moisés se «comió» empleando la lengua.
Aquel macho peludo no sólo disponía de un cipotón resistente y de un cuerpo colosal, sino que conocía todos los recursos sexuales. A mí me dejó derretidita.
—Tú y yo de esto de la jodienda sabíamos un montón hasta ahora —le recordé a Regina—. ¿Es que no nos hallamos capacitadas para «doblegar» a Moisés?
A partir de aquel momento nos entregamos a esta empresa. Para ello nos trasladamos a un protegido jardín, donde ambas nos entregamos a «torturar» el cipotón. Como sabíamos de felaciones hasta lo que no está escrito empezamos a actuar con las lenguas.
A mí se me cansaron los labios de tanto absorber; y también la lengua de lamer aquel resistente glande. Creo que a Regina le sucedió algo parecido.
—¿Qué comes tú, Moisés, para resistir tanto? Cualquiera de los tíos con los que hemos follado ya estarían soltando su segunda corrida —quiso saber mi socia.
—La «Paca» os lo podría explicar. Ella es mi parienta. Creo que todo se basa en que no nos comemos el coco pensando en si vamos o no a orgasmear. Gozamos con todo lo que tenemos y lo pasamos a lo grande. Es cosa de gustarse…
No le entendimos demasiado. Pero Regina volvió a ser penetrada. Se situó encima del «oso», que estaba sentado en un sillón de madera, y comenzó a balancearse teniendo el cipotón en el coño.
—Necesitas un poco de ayuda, cariño —le dije, repitiendo mi colaboración al procurar que la follada se efectuara en la posición más efectiva—. Yo voy a brindártela.
También Moisés aportó su ayudita al sujetar a Regina por el cuerpo, poniendo sus enormes manos sobre las tetas. Pero, al poco rato, las bajó al vientre que estaba invadiendo. Y a mí sólo me quedó mirarles admirada.
Empezaba a comprender lo que recibía «la Paca» por cómo se movía mi socia, los grititos que soltaba y los ensanchamientos que iba adquiriendo su coño.
Lentamente llevé mis manos de nuevo a los dos cuerpos, como si tuviera que tocarlos para creer lo que allí estaba sucediendo. Era la fuerza de la naturaleza concentrada en aquel cipotón que actuaba como un émbolo incansable.
—No pierde ni un milímetro de erección, se mueve rítmicamente y te debe estar llegando al estómago, cariño —susurré anonadada—. Como una barrena… ¡Encima este «oso» es hermosote, peludo y está sano! ¿Qué le podemos pedir más?
—¡¡Qué se corra de una vez por todas!!! —gritó Regina—. ¡Maldita sea… Cómo lo necesito… Dámelo!
—Vas a tener lo que tanto deseas, tía —anunció Moisés, levantando en vilo a Regina—. Yo nunca permito que sufra una mujer… ¡Pero agárrate fuerte al sillón!
Su voz no sonó amenazadora; pero nos dejó, al menos a mí, la impresión de que allí iba a suceder un acontecimiento. Regina tomó asiento con las piernas alzadas y muy abiertas.
El «oso» se metió entre éstas y taladró con su cipotón un coño que le esperaba no demasiado expandido, como si «temiera» sufrir algún tipo de agresión.
Pero no fue una agresión lo que sucedió; más bien un ensanchamiento vaginal, un ahondamiento hasta el «punto G» o la zona más vulnerable de Regina.
—¡Ya es tuyo, tía… Te lo sirvo en frasca de abrasadora carne…! —chilló el macho peludo—. ¡Agárrate con todo lo que puedas… Ahí va… Yaaaa.!
Mi rubia amante recibió una descarga explosiva, que la pegó materialmente contra el respaldo del sillón y le obligó a levantar más las piernas. Alucinante.
A lo largo de los minutos siguientes sólo escuché el jadeo de Regina y las fuertes respiraciones de Moisés. Hasta que, de repente, ella exclamó:
—¡¡Si a este hombretón no se le afloja la polla… La tengo dentro tan dura como antes…!! ¡¡Es increíble… Verdaderamente un caso único… Fantástico…!!
Tomé el relevo.
El «oso» me lengüeteó las tetas, aprovechando que yo estaba subida en uno de los posabrazos del sillón. Después, se cuidó de mi coño: primero, repitiendo los lametones y, al fin, follándome… ¡Claro que su cipotón era un ensanchador de paredes vaginales!
Se diría que se multiplicaba por dos, en su grosor, al estar dentro de una mujer. Luego de que me hubiese entregado una segunda descarga de esperma, volvió a dedicarme un cunnilingus, con lo que a Regina se le presentó la oportunidad de entregarse a una felación. En esto no hay quien la gane.
El jardín pudo llenarse de llamas de un incendio que estaba dentro de nuestros cuerpos. Una fuerza devastadora, obsesiva. El día era muy largo. Aún tuvo Regina el valor de repetir la follada, como si su coño no estuviera ya bastante «dolorido».
Volver a probar aquel cipotón del «oso» ya era para ambas una especie de droga: cuando más la tomábamos más la deseábamos.
Completamente derrengadas, con las piernas abiertas como si hubiéramos estado montando a caballo toda la jornada, las dos fuimos al cuarto de baño. Moisés nos acompañó. Le enjabonamos con dedicación, adorándole. Más tarde le servimos la mejor comida. Teníamos el frigorífico bien provisto de alimentos; y nuestras ingles satisfechas.
Así cerramos un trato que hoy día, a los dos años, se continúa respetando: una vez al mes llega Moisés a casa. Le pagamos con regalos o algo de dinero. Durante el verano, que vamos las dos a Alicante, él viene a visitarnos la última semana del mes de julio y la segunda de agosto. Se hospeda en un hotel, que Regina y yo le reservamos.
No siempre follamos en triángulo, porque en ocasiones es imposible que mi socia y yo podamos coincidir la misma noche o una tarde. Pensad que debemos engañar a nuestros respectivos maridos. Como éstos hacen mucha vida social allí donde se encuentran, nos vemos obligadas a asistir a fiestas y otros compromisos…
Por otro lado, al ser folladas por el cipotón del «oso», las pichas de nuestros respectivos cónyuges nos parecen «rabitos». Pero sabemos fingir, dado que ellos nos permiten mantener una vida bastante regalada… ¡Hasta pronto, amigos de «polvazo»!
Soledad – Zaragoza