¡Hola, amigos! Me llamo Ana, soy una mujer de 46 años, estoy casada y poseo algunas tierras. Vivimos en una granja, donde criamos algunos animales, y estamos a unos setecientos u ochocientos metros de un pueblo de la provincia de Málaga.
Tengo un hijo de 20 años llamado Paco. Con nosotros vive mi madre, que es una viuda de 63 años bien conservados.
Me dispongo a contaros una experiencia tan real como la vida misma, que sucedió en casa durante el otoño pasado. Fue una aventura llena de morbo y de voluptuosidad, ya que mi familia es muy caliente y se siente totalmente liberada en todos los conceptos de la vida.
La cosa empezó un día, a últimos de septiembre del 20, cuando todos estaban trabajando en casa menos mi hijo Paco. Le mandé a la habitación de su abuela, para que le llevase unas medias que yo acababa de comprarle.
Al llegar Paco a la habitación, comprobó que la puerta permanecía entreabierta. Entonces descubrió a mi madre, que se hallaba sentada en una silla y mirándose en el espejo… ¡Desnuda de cintura para arriba! Mi hijo se quedó asombrado al ver aquellas enormes tetas —tan gordas y caídas que casi le llegaban al ombligo— También observó que ella estaba gimiendo; y es que se estaba metiendo un pepino en su «higo».
Paco se excitó tremendamente y, sobre todo, al percibir los ruidos que originaban los caldos vaginales cuando ella se sacaba el pepino. Algo así como un «¡glup, chup, chup, glupl».
De pronto, mi hijo se decidió a llamar en la puerta. Con lo que provocó que su abuela se subiera las bragas precipitadamente, sin acertar a sacarse el pepino. Se lo dejó dentro del chocho y dijo:
—Pasa, Ana.
Mi madre se sorprendió al contemplar a su nieto, por lo que intentó justificarse:
—Perdona, Paco. Creí que eras tu mamá… No te importa haberme visto los pechos tan feos y caídos, ¿verdad?
—¡No, al contrario, abuela! Si me gustan mucho… Vengo a traerte estas medias que te ha comprado mamá. Tienes que probártelas para ver si te caen bien.
—Gracias. Trae que me las ponga.
Mientras ella se probaba las medias, se dio cuenta del bulto que tenía mi hijo en la bragueta de los pantalones. Pero el acto que estaba realizando le obligaba a apretar las piernas, con el fin de que no se le saliera el pepino del coño. Claro que al llegar a la rodilla, ya le fue imposible seguir hacia arriba debido a que tiene los muslos muy gordos.
—¿Por qué no me ayudas, Paco?
Este no dudó en tirar de la media; sin embargo, a la vez le acariciaba la pierna. Repentinamente, la prenda se rompió, y la mano del chico dio sin querer en las ingles femeninas… ¡Esto provocó que ella abriese las cachas y se le saliera el pepino del chochazo!
—¿Qué es eso abuela? —preguntó Paco.
Mi madre tuvo que contarle la verdad:
—¡Soy tan ardiente que necesito tener algo dentro del «higo»!
El chico no pudo aguantarse y, levantándose, le dijo:
—¿No te gusta más este pepino?
Acababa de sacar por la bragueta una polla terriblemente hinchada.
—¡Sí, hijo! ¡Haz con ella lo que quieras!
Entonces, la abuela se tendió en la cama y Paco se sentó sobre el vientre femenino. Enseguida se dedicó a restregar su capullo entre las enormes masas mamarias.
En aquellos momentos, debido a que mi hijo estaba tardando demasiado en volver a mi lado, me decidí a ir a la habitación. Y al contemplar aquel espectáculo, me excité tanto que no pude resistir la tentación de rascarme la pipa por encima de la falda.
Acto seguido, me aproximé a ellos, le abrí las piernas a mi madre, le bajé las bragas, le saqué el pepino que había vuelto a meterse allí y, sin dudarlo, me lo encajé en el coño.
Los dos se mostraban tan marchosos, que no les importó que me hubiese unido a su juego. Entonces le abrí el chocho a la abuela, para empezar a chuparlo y a morderlo. Me encelé con su arrugada pipa. Al mismo tiempo, me masturbaba con el pepino.
Mi hijo ya no pudo más, y se corrió. Le puso a mi madre llenas de leche las tetas, el cuello y la cara. Después, fue ella la que coronó el orgasmo, con lo que me dejó el rostro regado de caldos. Poco más tarde, Paco le metió la verga en la boca, y pronto la tuvo más tiesa que un palo gracias a las mamadas.
Fue el instante en que yo me eché encima de la abuela, para chupar todo el semen que le cubría. Momento que mi hijo aprovechó para sacarme el pepino del chocho. Lo chupó con glotonería, y me lo volvió a encajar… ¡Pero en el culo! Di un gran grito, que mi madre se encargó de apagar al chuparme la lengua.
Seguidamente, Paco se entregó a pasar su capullo por mi coño chorreante. Yo no podía aguantar más mis deseos, sobre todo cuando el pepino desapareció por completo dentro de mis intestinos.
Le grité:
—¡Hijo, metémela! ¡Rómpeme el chocho, por favor!
Y eso fue lo que hizo. Me la clavó bruscamente. Terminé de mamarle las tetas a mi madre; y ésta se quitó de debajo de mí. Para ponerme delante su chochazo. Comencé a chupárselo. Y me paré ante su culo carnoso. Le metí varios dedos en el coño, hasta que comprobé que le entraba todo el puño. Y la «follé» con este medio…
Los tres no dejábamos de gemir, de suspirar y de poner las sábanas perdidas de caldos y de esperma.
No pudimos aguantar más, y nos corrimos casi a la vez. Mi hijo me inundó el chocho de leche; mientras, mi madre me dejó la mano empapada de sus calientes humores. Me los bebí con mucho gusto. Por último, dimos por finalizada aquella función para irnos a comer.
Espero que os haya gustado y calentado mi experiencia. Cuando la publiquéis, si es que lo hacéis, os escribiré otras que hemos mantenido posteriormente. Son más fuertes, y siempre se han producido entre los componentes de mi familia. Besos.
Ana – Málaga




























