La mejor forma de ascender

Aunque me costó bastante conseguirlo, en la actualidad me acuesto con mi jefe. Y pese a que sólo llevamos tres meses, debo reconocer que no me gusta mantener unas relaciones amorosas tan prolongadas. Sólo soy una secretaria, pero tengo mis ambiciones; una de las cuales es la de disponer en mi cama de un hombre con el que pueda follar a gusto, por eso sigo una línea muy estudiada: sólo me acuesto al borde de la separación conyugal.

Me he impuesto cubrir mi carrera sola, aunque sea con la ayuda de estos pases de magia sexual. Lo de Tomás ni siquiera lo pensé; después de todo, él es el gerente de la empresa. Mis tiros iban dirigidos hacia el jefe de personal, que es el encargado de los ascensos. Claro que en este caso, por fortuna, creo que superé la barrera del sonido (espero que entendáis lo que quiero decir).

Una tarde me quedé en el despacho archivando un montón de papeles que se me habían acumulado. Como me desagrada el desorden, me cuido de no dejar nada para la mañana siguiente. Y me hallaba entregada a este empeño, cuando a las seis y media exactas, apareció Tomás, que había vuelto a la oficina para recoger unos documentos que quería estudiar en su casa.

Es un hombre casado y tiene tres hijos. En circunstancias normales, no se le hubiera pasado por la cabeza liarse con una de sus empleadas. Pero el hombre propone y el diablo tiende la trampa. Me pidió que le ayudara a llevar varias carpetas a su coche, que estaba en el garaje. Y cuando ya se disponía a marcharse, descubrió que había olvidado las llaves del coche y de su casa —todas en un solo llavero— encima de su mesa escritorio… ¡De tal manera que estábamos encerrados en el garaje!

Además, era viernes, y allí sólo quedaban dos automóviles. Nuestra única posibilidad era que alguno de sus propietarios nos abriera, desde fuera, para así poder salir. Mientras tanto, debíamos esperar.

Nos sentamos en el coche. Tomás sacó una pequeña botella de «Chivas», y me ofreció un trago. Bebí un poco, moderadamente, y nos pusimos a conversar de cualquier cosa. Creo que en aquellos momentos caí en la cuenta de que se me había presentado una milagrosa oportunidad, por lo que decidí jugar mis cartas con sumo cuidado.

Le sugerí que pusiera la radio y sintonizó una emisora que sólo daba música de baile. Luego, fingiendo que el efecto del alcohol me había causado un mayor efecto del que realmente sufría, me bajé del asiento y, tarareando, me puse a bailar. Hacía rato que los dos nos habíamos dado cuenta de que ya estaba rota la barrera que separa al gerente de una secretaria.

Tomás se reía. Disimuladamente yo desaté el lazo de mi blusa, para que mis tetas se movieran un poco más con el ritmo de mis pies. Me daba cuenta de que él se estaba calentando. Y este pensamiento también me excitó. Algunos minutos más tarde él se puso a bailar conmigo. Y yo, estrechando mis piernas contra su bulto, comprobé que gozaba de una gran erección.

Por último, follamos en el asiento trasero… El eco de nuestras voces retumbó en el garaje, lleno de música POP. Si alguien nos hubiera visto en aquel preciso instante, seguro que hubiese pensado que estábamos organizando una orgía en toda la regla. Pero transcurrió más de media hora antes de que uno de los propietarios viniera a por su vehículo.

Tomás le explicó lo de su olvido, y decidieron que sería necesario pedir a la administración del edificio que instalara un sistema de alarma para casos así…

Un mes más tarde me hice cargo de la jefatura de Secretaría, lo que supuso un ascenso de «récord de sonido». Y ayer mismo conversé largamente con Tomás. A él le gusta la posibilidad de follar continuamente conmigo, pero hemos dejado claro que si yo encuentro un hombre que me agrade no habrá ningún resentimiento entre nosotros, pues él añora volver a su antigua vida hogareña: tan descansada y apacible. Mientras, una nueva y vigorosa polla estaría llenando de rejuvenecidos jugos mi coño, que no ha nacido para un solo tío, ¡claro que no!

Soledad – Madrid