Soy asiduo lector de polvazo, quiero redactar un caso enteramente histórico que me hizo superar la tristeza que me causaba la soledad que yo arrastraba, cuando no me faltaban los medios económicos para vivir holgadamente, que muchos para sí envidiarían.
Vivo en una capital norteña, concretamente en el País Vasco. Soy natural de una provincia del centro de España, donde vivía con mis padres y hermanos.
A los 18 años, cuando terminé los estudios, decidí hablar con mis padres y exponerles que deseaba abrime camino, marchar por esos mundos en busca de trabajo. Y con el mayor disgusto de ellos (labradores fuertes), me vine al Norte con un dinero que me entregó mi padre, confiado que muy pronto volvería a casa, una vez convencido de que el mundo no es lo que los jóvenes creíamos.
Una semana me costó conseguir un trabajo que me daba para defenderme. Entré de limpia coches en un garaje de un señor que lo tenía para alquilarlo a los turistas, gente de negocios, o de paso, que caían por aquí. Yo, además de vigilarlos, limpiaba los coches y llenaba de aire las ruedas de los mismos, lo que suponía, además del sueldo, respetables propinas.
El dueño del local me cogió mucho aprecio y depositó en mí mucha confianza. Esto hizo que al llegar a los 19 años, él mismo me recomendó que hiciera la mili «voluntario», a fin de que él mismo consiguiera por medio de sus amistades que me quedase allí. Así lo hice y pase una mili feliz y libre de la gran parte del servicio.
Mientras tanto, yo iba dándole vueltas a mi cabeza, ya que aquel negocio, claramente lo veía muy rentable. ¿Por qué no le exponía a mis padres la idea y quizá ellos mismos podrían ayudarme a establecerme por mi cuenta?
Aproveché unas vacaciones para ir al pueblo a donde aún no había regresado desde mi salida hacía casi dos años. Les expuse lo rentable que resultaba el negocio donde yo estaba trabajando, más todavía por ser lugar de turismo y de negocios industriales. Les enseñé los ahorros que yo tenía en una cartilla, a pesar de que tenía que pagar pensión y otros gastos como el vestir, alternar, etc. Y esto solamente, con ser una especie de pinche, aunque suplía en muchas ocasiones la ausencia del dueño en el negocio.
Yo deseaba instalarme por mi cuenta una vez finalizado el compromiso del Servicio Militar. Pero todo dependía de que mis padres me pudieran ayudar económicamente a montarlo. No les disgustó la idea y veían en mí una persona responsable. Quedaron en venir a visitarme y estudiar el asunto sobre el terreno. Económicamente, podían ayudarme, ya lo creo.
Fueron pasando las semanas y los meses. Yo seguía trabajando, a la vez que cumplía con los deberes militares. Y cada vez me veía más ilusionado en conseguir ser patrón de un negocio que yo lo entendía a las mil maravillas ya. Mis padres habían estado a visitarme, comprobaron que efectivamente era un buen negocio y decidieron ayudarme para montarlo una vez terminada la mili, aunque aún era muy joven. Pero los buenos informes que les dio don Anselmo (el Jefe) de mí, les animó más a ellos. Me calificó de persona muy responsable, trabajadora y formal.
Coincidió que cuando a mí me faltaban dos meses para terminar la mili, mi Jefe tuvo un amago al corazón que se repitió a la semana siguiente. Esto hizo que su mujer (no tenían hijos), me dijera que yo debía encargarme por el momento del negocio porque su marido, por disposición facultativa, tenía que retirarse de todo trabajo y preocupación. Tenía, además 61 años.
La cosa se me ponía mejor y quizá no fuera necesario montar un nuevo negocio. Me ponían un respetable sueldo. Vino mi padre desde el pueblo. Le conté lo que ocurría. Y fue él mismo quien habló con el dueño por si le convenía traspasarle el negocio.
Todo fue cosa de semanas. Y al finalizar la mili, me encontré con que yo era dueño y señor de aquel negocio a los casi 20 años (me faltaban cinco meses para cumplirlos).
Al principio, preferí llevarlo yo sólo sin ningún ayudante ya que había que evitar gastos de sueldos y seguros sociales. Cuando me veía muy apurado llamaba al portero de una finca cercana que no tenía inconveniente en echarme una mano, cuyas horas le pagaba religiosamente. Preparé una pequeña habitación dentro del enorme local garaje, para dormir yo en ella y así evitar pagar la pensión. Compré una lavadora y las cosas que me hacían falta y cuando cerraba el garaje me las arreglaba muy bien lavando y planchándome yo mismo la ropa. Comía en un bar cercano una comida ligera. Y por lo demás, todo el día trabajando en el garaje y atendiendo a los clientes, que eran muchos los que dejaba su coche por ser conocido aquel local.
Pero, el tiempo pasaba. Y si ciertamente, la cuenta corriente en varios Bancos iba aumentando, mi vida me resultaba ya un tanto angustiosa y llena de soledad. Necesitaba pensar en algo distinto. Comprar un piso, y compañía. Nunca tuve vocación de casado. Tampoco me fiaba demasiado de las mujeres que tan pronto buscan otro amor, y gastan mucho en adornarse, en aparentar. No me convencían.
Compré un buen piso cuando tenía ya 26 años. Cómodo y acogedor en un lugar bonito y no lejos del negocio. Y allí me instalé. Poco a poco fui amueblando la casa hasta dejarla confortable. Cuando me vio mi madre le gustó muchísimo y siempre me recomendaba que me casara. Yo la decía que no era mi propósito. Era cobarde con las mujeres. Quizá ni congeniaría con ellas.
Recuerdo que solía recibir cartas de chicas que me ofrecían su amor. Me hablaban de mi tipo, atracción, simpatía, etc, pero sin duda, lo que más le atraía era el saber que yo tenía dinero. El egoísmo. Porque aunque hubiera sido feo y pequeño, o deformado, no hubieran tenido reparo en solicitar mi cariño sabiendo que tenía un negocio rentable y que además gozaba de una buena reputación.
El negocio marchaba viento en popa. Quizá hasta tenía demasiado trabajo y muchas veces terminaba agotado. Los clientes aumentaban por la fama de atento que yo tenía. Y había que pensar ya en tomar un ayudante o quizá dos.
Hasta las nueve de la mañana que abría el negocio —salvo en ocasiones que la víspera me avisaban que recogerían su coche más temprano—, yo solía dar un paseo todas las mañanas por los alrededores de la playa o del mar, donde estaban pescando gentes que madrugaban.
Me llamaba la atención muchos días un muchacho que tendría sus 18 ó 19 años, vestía descuidadamente, buen tipazo, alto y fuerte sin ser gordo y con la cara sonriente. Todos los días me topaba con él por el mismo lugar, incluso los días que amenazaba lluvia. Aquel muchacho se me quedaba muy grabado, y sentía cierta simpatía por él. Un día, entre tantos que me paraba a ver cómo pescaba, comencé a hablar con él. Me dijo que venía desde un pueblo cercano que estaba a seis kilómetros de la capital, porque era aficionado a la pesca. Además como no tenía trabajo trataba de llevar diariamente la cena a casa, incluso si pescaba bastante solía vender a algunos vecinos. Me pareció formal. Me dijo que tenía 18 años, aunque yo le echaba algo más. Cumpliría los 19 dos meses después.
Desde aquel día, diariamente me paraba a charlar con él. Y le dejaba 5 €, que él agradecía, para el viaje que costaba 3€.
Pocos días más tarde, comencé por llevarle un hermoso bocadillo de carne o de tortilla o de chorizo. Pues estaba desde muy temprano hasta bien entrada la tarde, quizá hasta las ocho de la noche, pescando.
Por fin, le entregué una tarjeta con mi nombre y dirección, la del garaje, por si alguna vez necesitaba algo. Llegamos a hacernos amigos de esta manera. Alguna vez intentó regalarme algunos peces, pero yo le decía que no tenía quien me los guisara. Y se lo agradecía.
Un día, hace ya años, ocurrieron las famosas inundaciones. Aquellas que tanto daño hicieron en el Norte, concretamente en el País Vasco. Se cortaron las comunicaciones por carretera. Aquel joven pescador, no podía regresar a casa. Además, estaba completamente calado de agua, pues le cogió de lleno la tromba en la faena de pescar. Y tuvo la feliz idea de recurrir a mí, era la primera vez que me visitaba. Calado de agua me expuso la imposibilidad de regresar a su casa. Me dijo que no le importaría quedarse a dormir en cualquier rincón del garaje y me pidió permiso para llamar a su casa contándoles la situación para que no se preocuparan.
Yo le ofrecí mi casa. Y corrí inmediatamente a comprarle algunas prendas para que se cambiara, ya que estaba empapado de agua y mi ropa no le servía. El quedó en el garaje por si alguien venía en busca de su coche y yo me acerqué a un comercio cercano y le compré unos pantalones, una camisa, ropa interior, calcetines y playeras ya que me dijo el número que calzaba. Mientras tanto, él se quitó la ropa y se cubrió con un buzo que había en el garaje para estar un tanto presentable.
Cuando volví, decidí cerrar el garaje e irme al piso con Antonio, en vasco le llaman Andoni, y como en la puerta del garaje tienen el número del teléfono por si alguno desea mis servicios, nos fuimos a casa donde se cambió.
Me chocó que aquel muchacho no tuvo inconveniente en cambiarse totalmente estando yo presente. Lo hizo con la mayor naturalidad. Admiré su tipo y sobre todo su enorme pene que aunque no estaba subido, pero se observaba tenía que ser hermoso una vez «levantado». Me entró un cosquilleo al ver aquel cuerpo tan bien formado y bonito. Me venían tentaciones de acariciarle, pero traté de ser lo más prudente posible, aunque me era difícil no mirarle y cuando creía que él no se daría cuenta, le contemplaba.
Cuando se vistió, le dije que me daba vergüenza estar delante mientras se desnudaba delante de mí. Y me miró extrañado y diciendo:
—Total, ¿qué pasa? ¿no tenemos todos lo mismo?
Yo le dije que sí, pero que sin duda excita cuando se contempla un cuerpo atractivo como el de él. Y me respondió que así es la vida, se trabaja, se come, se bebe, siempre que el cuerpo lo pide o la necesidad lo reclama, y lo mismo se jode. Son exigencias de la naturaleza. Y le pregunté si él había jodido mucho y siempre que el cuerpo se lo ha pedido. Me contestó que siempre no, porque no tenía oportunidad y tenía que contentarse con hacerse una paja, pero si ha tenido oportunidad, la ha aprovechado.
Volvía a preguntarle si siempre ha jodido con mujeres o también alguna vez con hombres. Y de nuevo respondió que con mujeres no ha tenido demasiadas ocasiones, aparte de que el miedo a dejarlas preñadas le cortaban un poco, pero que sí las ha magreado, y con amigos que sí, que eso era normal entre amigos cuando el cuerpo se calienta y no hay otra cosa. Que tenía un amigo de cuadrilla con quien algunas veces solía hacer el amor en su casa, de la misma edad. Y que otro compañero que algunas veces se junta a pescar con él, al final suelen ir a hacerlo a algún lugar discreto.
Que el amor está donde se encuentra. Y como él notaba que a mí se me estaba subiendo la polla por el bulto que tenía, añadió, tú mismo puedes estar enamorándote de mí, y te resultaría desagradable que ese amor sirviera solamente para ir a un rincón y hacerte una paja pensando en mí. Esto me hizo excitarme, más cuando noté que a él se le comenzó a subir la polla también.
Cuando yo le dije si podía acariciarle su miembro, él me contestó que sería de poco agradecido si me lo negara ya que también me había portado con él. Y que hacía ya bastante tiempo que observaba que yo me estaba enamorando de él, cosa tan corriente hoy, aunque mucha gente lo crea imposible.
Me acerqué a él y comencé a acariciarle. Una corriente de placer inexplicable corrió por todo mi cuerpo. Jamás había tocado a otro hombre, aunque notaba que sentía hacia ellos algo especial que no lo sentía hacia las mujeres. Entonces me di cuenta que a mí me atraían los hombres. El mismo me ayudó a quitar el reparo que pudiera sentir, diciendo:
—Vamos, dame un beso o todos los que quieras, que lo estás deseando. Y los dos abrazados nos colmamos a besos.
Desde entonces, Antonio pasó a ser un ayudante mío. Trabaja en mi garaje y se pasa la semana en mi casa, solamente los fines de semana —de viernes por la noche hasta el domingo a la noche o el lunes a la mañana—, lo pasa con su familia, aunque no todos. Depende de mis planes. Para atender al garaje los sábados y domingos viene un señor jubilado que solamente se dedica a dar entrada y salida a los coches que se quedan en el garaje, sin hacer en ellos ninguna limpieza.
Antonio y yo nos amamos. Dejó la pesca. Hizo la mili. Nos sentimos felices y yo superé la soledad en que vivía. La portera de la casa nos hace la comida y la limpieza. Y nadie sospecha lo más mínimo de que somos dos enamorados. Antonio es muy apreciado por los clientes, por los vecinos y por la misma portera, por su carácter humano y simpático.
Cuando le dicen de casarse responde que nones, que se vive mejor suelto y que cuando necesite un desahogo, ya se encuentra sin necesidad de atarse a nadie. Ni sospechan nuestra intimidad. Hasta mi familia le ha cogido verdadero cariño y le tratan como si fuera de la familia. Suele ir una vez al año a pasar con ellos una semana y viene contentísimo. Si ustedes le vieran desnudo no resistirían la tentación de acariciarle por muy machos que se sientan. Mi coche, igual lo conduce él que lo conduzco yo. Nunca discutimos. Estamos verdaderamente enamorados.