Aquella noche Marta se puso roja como un tomate cuando me vio entrar en su habitación. Su madre era una querida amiga de toda la vida; y me la había enviado a pasar el verano conmigo en el campo para que se recuperara del esfuerzo de los exámenes universitarios de fin de curso. Hacía solamente una semana que había llegado.
Venía sufriendo unos fuertes dolores de cabeza. Su madre nos telefoneaba diariamente. Y cuando lo hizo aquel mediodía, le expuse la situación porque me sentía muy preocupada. Ella me explicó que eso le ocurrid a su hija con alguna frecuencia, aunque carecía de importancia debido a que su causa era un estreñimiento pasajero. Le desaparecía rápidamente con un par de lavativas y unos días de régimen alimenticio.
También me advirtió que Marta era más bien reacia a ese tratamiento, por lo que no debía tener ningún reparo a la hora de propinarle una buena zurra si me oponía alguna resistencia.
Cuando colgué el teléfono, advertí que mi excitación era enorme. Porque las lavativas constituyen para mí un elemento erótico de primerísima magnitud desde la infancia. En casa nos las aplicaban con frecuencia cuando estábamos enfermas, y a mí se me han quedado grabadas unas sensaciones imborrables de aquellos momentos: todos acompañados con el llanto y el goce.
Cierto que me gustaba mucho recibirlas, pero mi placer mayor era aplicarlas yo en persona. Mi primera paciente fue mamá. Hasta mis dieciocho años ella fue la enfermera de la familia, a partir de la muerte de la abuela. Luego, en la cocina, me enseñó a prepararlas ya que debía ponerle una. Una vez listo el irrigador, nos encerramos en su habitación. Yo no sabía cómo ocultar mi nerviosismo.
Creyendo que yo tenía miedo de no hacerlo bien, mamá me tranquilizó. Y después de quitarse las bragas y de arremangarse las faldas hasta la cintura, se tumbó boca abajo en la cama. Así me presentó un culo maravilloso, que yo sólo había podido ver fugazmente en algunas ocasiones. Seguidamente, me fue dando ella misma las instrucciones:
—Sepárame las nalgas… Así… ¿Ves el ano? Bien, ahora has de mantener las nalgas bien separadas utilizando la mano izquierda. Coge la cánula con la derecha y métemela despacito… ¡Vamos, sin miedo… Vas de maravilla! ¿Ha entrado bien? Conforme, ya puedes soltarme las nalgas. Abre despacio el grifo de la cánula…
El culo de mamá, tan redondo y pálido, se estremeció cuando el agua comenzó a entrar en sus intestinos. Gimió un poco.
—¿Te hace daño?
—¡No, no…! Solamente es la impresión del líquido caliente… Al principio, las lavativas siempre me producen este efecto. Pero me parece que el agua no entra bien. Saca un poco la cánula.
—Ya está.
—Vuelve a metérmela lentamente. Repítelo varias veces.
Obedecía sus indicaciones, sintiéndome fascinada. Mis ojos seguían con avidez el movimiento de vaivén de la negra cánula, muy brillante por la vaselina, al salir de entre aquellas nalgas preciosas y de la estrecha vaina donde estaba alojada. Luego, volví a hundirla en el ojete estriado, que se encontraba rodeado de un vello de color castaño oscuro. Mamá gimió:
—¿Te hago daño?
—No, sigue. Parece que así la lavativa… entra mejor…
Continué. Levanté la vista hacia el irrigador de cristal, que colgaba de un soporte. El agua descendía lentamente. Al cabo de un momento, ella empezó a realizar unos bruscos movimientos con el culo. Sus gemidos se hicieron más frecuentes y fuertes.
—¡No, no…! —jadeó con la cara pegada a la almohada— ¿Queda mucho?
—Menos de medio depósito.
—Deja quieta la cánula, por favor…
Mamá se había puesto tensa. Sus nalgas comprimían con energía mis dedos, que presionaban la cánula contra su ano.
Aunque ella procuraba sofocarlos, escuché sus débiles protestas… ¡Muy similares a los que yo oía, a través de la puerta del dormitorio, cuando mi padre la follaba!
—¡Por favor, cierra la llave! —susurró de pronto.
Obedecí; mientras, contemplaba cómo sus muslos no dejaban de temblar.
—Sácame la cánula —musitó con una voz de cansancio— Llévate el irrigador a la cocina. Ya no te necesito. ¡Lo has hecho muy bien, hijita!
Abandoné la habitación, no sin antes echar un vistazo una vez más al culo adorable de mamá. Pero no me fui a la cocina. Me quedé en el pasillo, con el ojo pegado a la cerradura. Hasta que la vi levantarse de la cama, sentarse en el orinal y evacuar la lavativa…
Los enemas se fueron repitiendo con cierta frecuencia, y mi placer como enfermera iba en aumento. También me daba cuenta, por ciertos síntomas, de la secreta excitación que aquellas sesiones producían a mamá. Y yo procuraba satisfacerla aparentando no darme por enterada.
Con el pretexto de potenciar el efecto de las lavativas, la hacía adoptar posturas diversas para aplicárselas. También lubricaba largamente su ojete utilizando un dedo perverso. Con el paso del tiempo, comencé a utilizar cánulas cada vez más gruesas que convertían el acto de utilizar el enema en una sodomización.
Lo único que mamá no aceptó, dentro de aquel juego inconfesado entre ambas, fue mi propuesta de administrarla una irrigación vaginal, que la sugerí en varias ocasiones. Supongo que tenía miedo de alcanzar el orgasmo, y perder en mi presencia el control que siempre conservaba incluso en los momentos más excitantes de las lavativas rectales.
Cuando me casé y me fui a vivir al campo, aquellas experiencias quedaron reducidas a las raras veces en que yo iba a casa de mis padres o ellos venían a la mía. Mi divorcio no supuso un aumento perceptible de las ocasiones. Y mis recuerdos se transformaron en fantasías masturbatorias, que alimentaba administrándome yo misma las lavativas.
No me atrevía a confesar a nadie mis deseos secretos, de modo que aquella oportunidad que se me brindaba con Marta, contando con el permiso tranquilizador de su madre, me puso a cien. Pero no dije nada a la muchacha de lo que acababa de hablar por teléfono. Durante aquella noche su sorpresa fue mayúscula al verme entrar en su habitación, ya que llevaba todo lo necesario para ponerla la lavativa.
—Deja de mirarme con esa cara. Vamos a poner remedio a esa jaqueca siguiendo las indicaciones de tu madre. ¡Tienes que creerme! —exclamé, dejando el orinal en el suelo, y el irrigador y las toallas sobre la mesa que había en aquella estancia.
—¡No, por favor, Antonia…!
—¡Vamos, no seas tontuela! Esto es cosa de un minuto.
—Es que me da vergüenza.
—¿Por qué? ¿De que te vea el culito?
—Bueno, sí… Y es que además no me gustan las lavativas. ¡Me molestan muchísimo!
—No se trata de que te den gusto sino de que te curen. Así que basta ya de remilgos. ¡Arrodíllate aquí en el borde de la cama!
—¡No!
—¡Obedece!
—¡He dicho que no!
Me negué a perder más tiempo en intentar convencerla. La cogí de improviso, la acosté boca abajo sobre el lecho y empecé a darle una zurra. Cuando ocurrió esta historia, ella tenía veinte años, estaba en plena forma física e intentó oponer resistencia. Pero no le sirvió de nada. En el momento que ya llevaba una docena de azotes en el trasero me pidió clemencia.
—Eso se llama entrar en razón. Ya verás como esto no es nada. Arrodíllate. Ahora apóyate en la cama con los codos. ¡Y no te muevas!
Respiré profundamente para calmarme, aunque con la perspectiva que tenía ante mis ojos resultaba difícil. Marta era una muchacha preciosa, con unas formas llenitas de lo más apetecibles. Cogí la cintura del pantalón de su pijama, y le bajé lentamente la prenda.
Ante mí apareció un culito de color miel, únicamente sonrosado en los puntos donde le había alcanzado con mis azotes. Lo acaricié delicadamente para calmar el nerviosismo de su propietaria; luego, separé el surco de pigmentación más oscura que lo dividía.
La muchacha se estremeció. En el centro, sobre el último mechoncito de vello de la vulva, apareció la estrella del ano, de un color rosado oscuro. Tuve que contenerme para no aplicar mi boca sobre aquel esfínter tentador, en el que me moría de ganas de introducir la lengua. Tomé la cánula de la lavativa y la metí con cuidado en su recto.
—¿Te duele?
—No.
Pero se estremeció cuando abrí el grifo, y sus nalgas comenzaron a temblar.
—¡Está muy caliente! —protestó— ¡Ciérrala, por favor, ciérrala!
No la hice caso y, mientras el líquido penetraba en sus entrañas, fui metiéndola la cánula hasta que la espita del grifo tocó su esfínter.
—¡Por favor! —suplicó— ¡Basta… No puedo soportarlo!
—Ya casi está.
El agua descendía lentamente, y yo gozaba como una loca al someterla el inocuo tormento del enema. Las contracciones y espasmos de su culo me mantenían fascinada. Y debo confesar mi pesar cuando el líquido se agotó, y tuve que retirar la cánula de su encantador agujerito…
Debo contar lo que pasó en el momento que, después de evacuar Marta la lavativa, la ayudé a tomar un baño. Porque mis manos se extraviaron en su culito y en su coño húmedo. Advertí cómo su cuerpo se pegaba al mío, y que un dedo perverso se insinuaba entre mis nalgas y empezaba a meterse en mi ano… ¿No os imagináis lo que empezamos a construir después de esta reacción?
Antonia – Barcelona





























