Licor y orgasmos

Levanté el vaso y lo hice chocar contra el que sostenía Charo. El coñac se agitó levemente, emanando un aroma que a ambos nos atraía. Pero sólo tomamos unos sorbos, con el fin de calentarnos el paladar. Nos importaba más disfrutar.

Nos deseábamos muchísimo. Habíamos comenzado a sentirnos atraídos en el mismo instante que se iniciaron los primeros ensayos del espectáculo, que yo dirigía y ella coprotagonizaba con otras cinco bailarinas. Un hecho importante.

—Podría decirse que estoy ganándome tu favor para que te sientas más inclinado a concederme el mejor papel —comentó la joven, abriéndose de piernas, con lo que la pequeña rotura de sus mallas sobre su vientre se abrió en exceso.

—No me importa lo que piensen los demás. Me gustas un montón, cielo. ¡Ha llegado el momento de que gocemos de lo más apetecible de nuestros cuerpos!

Empezamos con una bajada al pilón, que Charo me agradeció con sus espléndidos muslos. A la vez buscó que mi lengua y mi boca se encajaran en la amplia abertura que proporcionaba la malla en el mismo chochazo. Y yo compuse una especie de danza de lametones, mamadas y sorbetones; mientras, era correspondido disponiendo de los cachetes culeros y de unas gotitas de líquidos.

El coño se quedó lo suficientemente lubricado y elástico, para que mi verga hiciese una entrada escalofriante. Charo soltó un ligero grito, se desplazó un pelín hacia la izquierda y levantó la pierna del mismo lado. Desesperadamente.

Mi penetración ganó unos centímetros más, se hizo en unas dimensiones que sólo consiguen alcanzar los mejores dotados; y, al mismo tiempo, se escucharon los intensos frotamientos de los genitales. Porque ella buscaba lo máximo.

—En esto no necesitas dirección, bonita. ¡Eres una fiera! — reconocí.

—¿Qué podía yo decir de ti, Rafa? ¡La madre que me parió… Deja la polla donde se encuentra… Por todos los estrenos que he vivido… Mmmmhhh…!

Eran tantas las ganas de goce que Charo acumulaba que se negó a desaprovechar hasta el momento que necesitaba para recuperarse. Tomó asiento en mi picha, con lo que me obligó a acomodarme en el clásico sofá.

El ritmo de follada que estaba manteniendo era parsimonioso, porque sabía que contaba con mucho tiempo para acelerarlo. Poco más tarde abarqué con mis brazos la cintura femenina y pasé del coño al ano sin que ella protestara.

Bastante tema con apretar los labios, cerrar los ojos y aguantar mis golpes, que le hacían temblar desde los pies a la cabeza.

—¿De dónde crees que ha salido el dinero del espectáculo! Pepita se está acostando con nuestro empresario.

—No es la primera vez que lo hace… ¿Nos ponemos pejigueros? Tú llevas un anillo de casada, a pesar de estar separada.

—Me da un poco más de seriedad —comentó Charo; pero dio muestras de su error.

Para entonces mi polla había adquirido unas impresionantes dimensiones; y, en ciertos momentos, pareció como si se moviera sola. Permanecí echado en el sofá, con los ojos cerrados y accionando los músculos de la pelvis.

Al mismo tiempo, ella se notaba sometida a un balanceo de trapecio en el que fuese a realizar el triple salto mortal con red. Era plenamente consciente de lo que yo le estaba ofreciendo. Gimió quedamente y, luego de tragar una gran cantidad de saliva, se fue colocando a horcajadas. Procurando mantener el trasero bien alzado.

Yo no había hablado para halagar los oídos de Charo, ni siquiera bajo el ardor de la follada. Jamás tenía la costumbre de liarme tan fácilmente con mis bailarinas. Lo había pensado demasiado antes de proponérselo a ella.

La casa estaba resultando el escenario ideal para dar comienzo a una sólida relación… ¡Tan sólida como funcionaba mi polla, que no cesaba de entrar, y casi salir, del coño! Aunque ya me entraba en las proximidades de la corrida…

Ambos parecimos estarnos preparando, sabedores de que iba a suponer la apoteosis final. Los orgasmos que acompañarían al licor inicial. Poco más tarde, yo adelanté el vientre y me dejé ir con la corrida.

Charo recibió mi semen con unas poderosas oscilaciones de la totalidad de sus bajos. Súbitamente, al sentir mi boca en sus pezones, tuvo necesidad de buscar una mejor sujeción. Le llegaba el tercer orgasmo, e instintivamente empleó la otra mano para tocarse las mallas en lo alto de sus cachas.

Realizando un poderoso esfuerzo, acompañó a todas y cada una de mis acciones: disfrutando de la explosión de mi leche… ¡Me pertenecía!

Ya éramos amantes, teníamos un trabajo seguro y varios polvos asegurados a la semana.

Rafael – Sevilla