Ligues en el cine

La historia que voy a contarles es real, aunque parezca increíble. He dudado mucho antes de escribirles. Pero, una vez lanzado, me decidí. Espero que pueda ayudar a las mujeres que les guste el sexo, a pesar de lo cual tengan miedo a ser descubiertas.

Me llamo José, he cumplido los 23 años y vivo en el centro de Madrid. Un día que estaba manteniendo una conversación con unos amigos, uno me dijo que en el cine iban algunas mujeres que se dejaban tocar o sobar sin cobrarte nada. Yo no me lo creí, porque estaba convencido de que ese local únicamente lo frecuentaban prostitutas, travestís y homosexuales.

Una tarde de domingo me encaminé hasta el citado cine, ya que es el más barato de mi barrio. Entré allí y, en el momento que me senté en la butaca, comprobé que no había muchas personas. Pronto me di cuenta de que los espectadores andaban unos detrás de otros, acaso para encontrar alguien con quien follar. Recordé los comentarios de mis amigos. Por último, pude informarme que allí los travestís y las prostitutas te ofrecían «una buena paja». No acepté el trato.

Como pasaba el tiempo y no sucedía nada, creí que mis informadores me habían engañado. Sin embargo, en cierto momento, localicé a una señora sola, sentada en un lugar donde no había mucho público. Y fui hasta allí. Me acomodé disimuladamente, como en las ocasiones anteriores.

Ella llevaba una falda larga y un jersey que no dejaba ver sus dos buenas tetas. Luego conseguí sobarlas a gusto. Iba muy recatada, tal vez para no dar la nota.

Empecé preguntándole si estaba bien la película y seguí con otros comentarios. Como ya me notaba cachondo, junté mi pierna a la suya. No se movió. Coloqué una mano en sus bragas, y con la suya tomé su diestra para que alcanzase mi bragueta. Me la abrí e hice que se introdujera en busca de mi polla erecta.

Seguidamente, me tocó los huevos y comenzó a sobarlos. Me animé a perforar su nido con un dedo. Lo tenía caliente. Los dos jadeábamos, aunque muy bajito para que nadie nos oyese. De pronto, ella cogió mi nabo y se dedicó a acariciarlo de arriba a abajo; mientras, yo le magreaba el coño. Con lo que le obligué a emitir unos grititos de placer. Ya nos encontrábamos ambos a las puertas del orgasmo.

La mujer agarró mi verga y se dedicó a descapullármela con gran habilidad. Lo realizó acompasadamente y con movimientos de sube y baja, sin olvidarse de mis cojones. También me aplicaba unos pellizquitos en la punta rosada del capullo. Tuve que bajarme un poco más los pantalones y el slip, con el único propósito de facilitarle las acciones. Mi goce iba por los senderos del infinito, ya que me dominaba toda la entrepierna y los » genitales.

Hacía tiempo que me venía agitando, a merced de su diestra magistral. Además, le escuchaba unas frases entrecortadas, que casi no entendía. Seguro que por mi estado anímico. Algo que no me impedía seguirle masajeando el chumino.

Sé que le proporcioné un goce inmenso, debido a que se llevó las bragas hasta las rodillas y se tapó con la falda. Tal vez por si pasaba la linterna del acomodador. Mantenía las piernas completamente abiertas y se comportaba igual que una gata en celo. La estaba acariciando por todo el cuerpo.

Súbitamente, me sujetó la mano para que mis masajes en su coño se hicieran más intensos.

Alcancé su clítoris… Esto le produjo una especie de chispazo, que la llevó a saltar materialmente en la butaca. Aceleró sus apretones en mi capullo, por lo que ambos alcanzamos un maravilloso orgasmo…

Después, nos pusimos a charlar muy bajito, pues la película no nos interesaba. Ya nos habíamos cuidado de protagonizar una «mejor» nosotros mismos con lo que acabábamos de conseguir en nuestras respectivas butacas. Le pedí la dirección de su casa, y me dijo que vivía cerca del cine. Le pregunté si podíamos ir allí; al principio, dudó un poco. Pero, ya convencida, aceptó. En su hogar gozamos de grandes placeres… La verdad es que ésta ya es otra historia…

Desde aquel día voy muchas veces al cine. Reconozco que hay muchos homosexuales, y que en bastantes ocasiones surgen. Una vez pude magrear a una casada, a pesar de saber que su marido se encontraba detrás de nosotros. Era un tipo que se calentaba así, ya que terminaba viniendo a que ella le hiciese una paja…

José D. – Madrid