En ocasiones nos enfrentamos a situaciones que no quisiéramos, pero que como afectan a nuestros intereses económicos hemos de intentar resolver de la mejor manera posible, aunque ello traiga consigo soportar momentos humillantes. Lo mío nació de una mentira, que me condujo a algo que ahora puedo considerar «divertido» o excitante; pero que supuso, entonces, un trago de los que cuesta beber. Confío en que merezca el interés de las personas que en «polvazo» seleccionan nuestros relatos.
Salí de Sevilla por la tarde en un tren normal, ya que todavía no circulaba el «AVE»; además, mi ruta no la cubre hoy este ferrocarril. Cuando ya me disponía a bajar del vagón, luego de dos horas de viaje, comprobé que Gregorio, Tobías y Cristian me estaban esperando en la estación. Me cogieron el equipaje de mano, el de las gafas me besó en la mejilla y los otros me dieron la mano. Apenas nos hablamos hasta llegar al coche que habían aparcado una calle más allá de la estación. El silencio se hizo denso.
—No sé qué os habrá escrito Agustín, chicos; pero tuvimos que romper dos días antes de nuestra boda al pillarle yo morreándose con un hombre en el portal de su casa. Pocas veces me había metido mano… ¿Es que no me creéis?
—Agustín achaca vuestra separación a que tú eres una frígida —dijo Gregorio, el más joven de los tres—. Nunca le has dejado que te tocase.
—Entonces, ¿por qué me habéis ofrecido el empleo de directora de medios externos de vuestra empresa, «señores empresarios»? ¡He venido por ese trabajo; y no pienso darme la vuelta! ¿Lo habéis oído bien? ¡Contestad!
—Antes queremos probarte —intervino Tobías, el hermano gemelo de Gregorio.
—Vas a llevar un departamento que te obligará a tratar con nuestros proveedores y clientes más importantes. Con algunos de ellos tendrás que acostarte «en beneficio de la empresa» —añadió Cristian, el de las gafas.
—En el caso de que yo no sea una frígida, como me acusa mi «ex», tendré opción al empleo. Conforme, «señores empresarios», ¿cuándo me probaréis?
Tobías y Cristian me llevaron al piso del primero, donde nos quedamos los tres desnudos. Al momento me di cuenta de que sus enormes trancas parecían «envenenadas» de tan erectas, porque se hallaban dispuestos a comprobar mi «frigidez».
Eligieron el sofá para clavarme las trancas en la boca y en el coño, igual que si estuvieran «machacando carne». Sin embargo, a medida que mi lengua y mis paredes vaginales comenzaron a actuar, se dieron cuenta de que no sólo ellos tenían que imponer allí sus condiciones. Porque mi doble respuesta empezaba a excitarles.
Se miraron con gestos de incredulidad. A partir de aquel momento dejaron de actuar como verdugos, para convertirse en unos amantes que deseaban calentarme. Lo fueron consiguiendo al emplear las manos y las bocas en combinación con las acciones de sus poderosas trancas.
—Desde que los cinco formamos equipo en el barrio os habéis creído con el derecho de llevarme de la mano —dije sin reproche alguno—. Por eso os pareció bien que me hiciese novia de Agustín. Ya teníais vuestra empresa, mientras que él contaba con la joyería que heredó de sus padres. Pero, ¿no queríais que yo os siguiera bailando el agua…? ¡Oh, oh…!
Debí callarme, al comprobar que el orgasmo estaba apareciendo en mis ovarios mucho antes de lo que suponía. Procuré que me llevaran a la cama, donde cogí sus trancas. Eran dos astas de toro impresionantes, que lamí al mismo tiempo. Mientras tanto me alcanzaba el orgasmo, con tanta intensidad que mordí sus capullos. La mejor manera de forzarles a que se corrieran. Por último, Tobías me metió dos dedos en el coño y dijo:
—Vaya, si la chorba ha tenido un clímax. No parece tan «frígida» como creíamos…
Al día siguiente estuve jodiendo con los hermanos gemelos. Todo lo tenían igual, menos las trancas. La de Gregorio era más larga, aunque no más gruesa, poseía el arte de saber trabajar el coño de una mujer. De nuevo, me encontré a merced de dos hombres, cuando me hallaba dispuesta a pasar la prueba definitiva, a demostrarles con mi carne que no era una «frígida». Fui poseída por delante y por detrás, salvajemente.
El «veneno» continuaba en sus arremetidas, pero no tardé en dar cuenta de Tobías, al que dejé sequito con mi coño. Con Gregorio las cosas presentaron más dificultades, debido a que me costó tres clímax míos antes de recibir su eyaculación en la boca. Apetitosa papilla; y más tarde…
—En nombre de mis socios, Esperanza, he de reconocer que eres tú la que tenías razón al acusar a Agustín de «marica» —admitió Gregorio, echado en la cama—. Hemos comprobado que no eres «frígida», luego…
Nos sobraban las siguientes explicaciones. Continuamos follando en triángulo. De esta forma conseguí un trabajo estupendo, que me permite vivir en la actualidad muy bien. Sin embargo, me he cuidado de introducir un cambio sustancial. Soy la empleada eficiente, insustituible, que hasta se «acuesta» con los clientes y proveedores que necesitan este tipo de «prestaciones» para cerrar un contrato sustancioso…
Estos puntos suspensivos dejan claro que existe algo más. En efecto, ya no me acuesto con ninguno de los «señores directivos». Digamos que es como una especie de «venganza» por poner en duda mis palabras. Soy una mujer de treinta años, soltera porque así lo quiero y me he metido en la cama con más de un centenar de hombres distintos. Precisamente me desvirgaron los hermanos gemelos, a mis 18 años, cuando formábamos panda en el barrio sevillano.
Desde entonces me han montado, o les he montado yo, el hombre o los hombres que me han apetecido. No le hago ascos al intercambio de parejas, a la orgía o a cualquier otra variante.
Ahora mismo estoy saliendo con un matrimonio de aquí, en Almería. Son un cielo: un pintor realista y una ceramista. Sus manos son un primor, sus bocas al recorrer mi cuerpo desnudo ofrecen la sensibilidad de quien no pierde el sentido de la creación al llegar al orgasmo; y sus genitales… ¡Dios, Dios, los considero lo más excelso que he conocido en toda mi vida!
Nos encontramos en un restaurante. Yo estaba comiendo sola, lo que me gusta hacer de vez en cuando al tener que compartir mesa casi todos los días con los clientes o los proveedores de la empresa. De repente, me di cuenta de que una pareja no dejaba de mirarme y de cuchichear. Cuando me estaba tomando el helado, él vino a mi lado y me pidió que fuese su modelo.
En seguida me dijo su nombre, lo que me permitió recordar que había estado en una galería donde exponían parte de su obra. Me encanta la pintura realista. Tres fines de semana estuve acudiendo a su estudio. Precisamente en el tercero apareció la mujer, para pedirme que le permitiese modelar mi cuerpo en arcilla. Esto sucedió en el cuarto fin de semana…
Sentirse observada por los dos, con unas miradas tan meticulosas y admirativas, consiguió que empezara a manarme caldillos del coño. Creo que brotaron sin que apenas me diese cuenta. Pero ella, la ceramista —hace platos, vasos y otros objetos de barro que vende en un mercado de artesanía— se dio cuenta. Se lavó las manos, se las secó luego en el mandil que llevaba y se aproximó a mí.
No quise detenerla cuando se puso de rodillas, para rodear con sus manos hipersensibles mis caderas. Abrí las piernas sabiendo, más bien intuyendo, lo que iba a recibir. Sin embargo, no tenía ni idea de lo que iba a ser aquello. Sus dedos abrieron la rosa de mi coño, tirando delicadamente hacia los lados; luego, su lengua fue entrando en busca de mi clítoris. Una maniobra que acompañó con unas succiones y unos punzamientos de sus pulgares en el monte de Venus. El fuego de la pasión se arremolinó allí, llenando mi cerebro de lucecitas rojas y amarillas. Tuve que jadear…
Momento en el que sentí la presión de las manos del pintor, recorriendo mi espalda. Eran pinceles que redibujaban la línea de mi columna vertebral, que vestían de temblores mis hombros, mi nuca, toda mi espalda y mis nalgas. Sus dedos índices exploraron en el interior de mi ano. Me estremecí gimiendo quedamente:
—¿Es que pretendéis… quitarme la vida…? ¡Nadie me había… dominado como vosotros… Oh, oh… Podría teneros mucho miedo… porque ya no me pertenezco… Como si me tuviérais hipnotizada… Aaaahhh…!
La tranca del pintor me acababa de entrar en el orificio anal, yendo en busca de la zona baja de mis intestinos. No sé lo que pudo sucederle a mis esfínteres; pero me hice fuente de orgasmos… En beneficio de la ceramista, que seguía bebiendo en mi coño. Nos desplomamos en el suelo…
Ya veis cómo son nuestros encuentros. Por eso puedo mostrarme tan dura con mis «señores» empresarios.
Esperanza – Almería