Desde que probé el cipote de mi primo a traición cuando tenía yo 18 años, aprovechando que él estaba durmiendo la siesta en casa y toda la familia no andaba cerca, reconozco que me da el «mono» si paso más de tres días sin tener uno en la boca. No obstante, sólo hay un tío en el mundo que se atreve a llamarme «la Gran Tragona».
Este es Diego, «el Bielas», porque con él tengo asegurado el servicio de un par de corridas por encuentro: ¡todas en el interior de mi boca y a cual más abundante!
Aquella tarde empecé mamándosela. Unicamente puedo disponer de este tío una o dos veces al mes, porque anda muy solicitado. Al principio de conocerle, pretendí retenerlo con la amenaza de que le abandonaría. Su respuesta fue dejarme con la boca abierta y la lengua al aire, porque se vistió y se largó de mi lado. Una reacción que llevó a que me jurase que nunca volvería a verle.
Una semana después, me presenté en su taller de motos para preguntar si podía arreglar la «Honda» de un amigo mío. Hice el papelón de mi vida porque él no estaba allí: tuve que llevar la máquina de verdad, pagar la reparación y volver a casa sin ninguna moral.
Sin embargo, aquella noche, tuve a Diego en la misma puerta de mi casa. Desde entonces ha venido cuando le ha apetecido, igual que el gato callejero que jode sin atarse a nadie.
Esta es mi relación de sometimiento, de lo que no puedo arrepentirme. Disponer de un cipote como el de este tío duro, hermosote y que nos considera a las mujeres como simples «objetos de placer», me parece una experiencia merecedora de cualquier tipo de concesión. Hasta del anulamiento personal.
Porque, una vez he podido tragarme su cipote hasta las amígdalas, lo dejó bien lubricado y duro para que me entre en el chochazo. Abierta en canal, con las piernas en los Pirineos, una, y hacia Gibraltar, la otra. Así me clava en plan de barrenador, aunque mis paredes vaginales no le ofrezcan ninguna resistencia. Lo suyo es plantar el cetro poderoso.
Pero nunca olvida mi condición de tragona: en el momento más inesperado, cuando yo he desechado la idea de que vaya a hacerme ese obsequio, detiene las penetraciones, me da la vuelta y me mete su cipote en la boca… ¡Con qué gusto se lo mamo, a la vez que me vienen los orgasmos!
Después, prosigue con la follada, teniéndome de espaldas o de lado: tremendas emboladas utilizando las palancas de sus piernas, que flexiona sirviéndose de las plantas de los pies y de las manos que apoya en mis caderas. Queda todo dentro de mí, dándome un servicio excepcional. Al completo.
También se interrumpe para trasladar su glande en mi boca, siempre actuando caprichosamente. Hace tiempo que no se lo pido, pensé que se negaría a complacerme.
De repente, aquella tarde advertí que Diego buscaba algo muy especial, porque jamás había recorrido con sus dedos mi agujero anal con tan insistencia mientras me follaba. Quise preguntarle; pero temí que no me respondiera o que me saliera con algunas de sus palabrotas. Aguardé con curiosidad…
Fue a ocurrir después de meterme por cuarta vez el cipote en la boca. Echó una gran cantidad de saliva en mi culo y… ¡Os juro que no pude callarme! Sentí tanto miedo que me vi exclamando:
—¡No, por favor… Vas a destrozarme viva si se te ocurre sodomizarme!
Yo me encontraba agachada con todo el trasero alzado. Diego no se anduvo con chiquitas: ¡me la endiñó así, de una vez por todas, en plan de conquistador de unas tierras inexploradas!
¡Os juro que nadie me había entrado por ahí! ¡Y para más «inri», en lo peor —¿no debería decir que fue en lo mejor?—, hizo su aparición Enrique, el socio de Diego!
Ni siquiera tuve tiempo de preguntarle quién le había dado una llave de mi casa o si «el Bielas» había dejado la puerta abierta. Se desnudó en menos de lo que se tarda en contarlo y se metió debajo de mí… ¡Sin pedir mi opinión!
Los tres caímos en el suelo, sobre la alfombra de pelo, teniendo yo mis dos entradas bien ocupadas por aquellos dos bestias. Fue una cabronada, ¡uno de esos actos que sólo puede imponer un tío que te considera de su propiedad! Ya veis cómo me sentó de mal…
Pero tardé poco en cambiar de idea. La sodomización empezaba a gustarme una vez superado el dolor… Aquellas eran dos experiencias nuevas para mí. El hecho de que los dos cipotes estuvieran dentro de mi cuerpo, en ciertos instantes tan cerca el uno del otro cuando me buscaban los intestinos por vías distintas, me ofreció un goce casi similar al que consigo al tragar en la felación. Me moví de un lado a otro, dentro de mis escasas posibilidades al tener que aguantar el peso de Diego. No sé los clímax que me vinieron…
—¡Qué cabronada más grande, tíos… Sois unos cerdos…! ¡Me tratáis como si fuera una muñeca hinchable…! —dije porque me reventaban las palabras entre los labios—. ¡Qué gozada..!
Dos gamberros para mí sola… Matándome a pedazos y dándome, a la vez, tanto placer… Ooooh!
Me estuvieron trajinando por espacio de quince minutos y… ¡Sorprendentemente, se retiraron para echarme su semen en la boca, en mi tragadero! ¡Cómo se lo agradecí… Loca por el obsequio inesperado y engullendo a tope! Resultó imposible aprovechar todo; pero me quedó la sensación de haberme dado la comilona del siglo… ¿Cuándo volvería a repetirla? No lo sé…
Maruja – León