Mi primera lección

Entonces contaba dieciocho años y me encontraba estudiando en Madrid. Vivía en una casa particular de pensión, de la que eran propietarios un matrimonio sin hijos de unos cuarenta años, aproximadamente. Al cabo de algunos meses de permanencia en ella llegamos a fraternizar como si fuera uno más de la familia. Por las noches, después de cenar, solíamos quedarnos largos ratos hablando de cosas sin importancia unas veces y otras de las cosas de la vida.

Todo empezó un sábado por la mañana cuando, sin avisar, Gloria entró en mi habitación. Me pilló masturbándome, con lo que me debí poner de veinte colores, porque ella me miró y se sonrió; luego, salió de la habitación sin decirme nada. Aquel día, por vergüenza, me arreglé rápidamente; y, sin pasar por la cocina para desayunar, me fui lo más rápido que pude. Tampoco volví a comer, pues casi nunca lo hacía allí.

Por la noche, al llegar a casa, estaban los dos viendo la televisión en el salón. Al entrar Gloria me preguntó si prefería la cena en el salón, pues estaban poniendo una película, a lo que yo consentí.

Al rato de estar cenando, Gloria comentó irónicamente a Federico —éste era el nombre del marido— que me había visto masturbándome en la habitación; y él, mirándome y medio riéndose, me dijo que eso no era para mí, con la cantidad de chavalas que había y yo haciendo eso todavía.

Yo me callé e hice como si no los hubiera escuchado. Siguieron hablando si era bueno o malo que un hombre se masturbara. Cuando terminó la película, ellos seguían discutiendo de temas sexuales, lo que me sonaba a chino pues mis conocimientos eran totalmente nulos.

Gloria me preguntó cuál era mi parecer sobre lo que estaban hablando, a lo que contesté que no entendía nada, que no tenía más información que la normal que se comenta entre chavales.

—¿Pero tú nunca has disfrutado de una experiencia con alguna mujer? —me preguntó Federico.

A lo que contesté que no. Me parece que le costó creérselo, porque lo preguntó otra vez y le di la misma contestación.

Entre tanto, Gloria había llevado los platos a la cocina. Federico se levantó y se fue para allí. Los dos estuvieron cuchicheando un rato, ya que desde el salón se les podía escuchar sin entender lo que decían; al poco rato llegaron los dos y se sentaron a mi lado.

—Queremos hablar contigo de algo muy serio. No pretendemos que nos des una contestación en el momento, pues preferimos que lo pienses un poco antes de decidirte.

Curioso pregunté de qué se trataba ya que estaba dispuesto a escucharles. Gloria dijo que no hacía falta ponerse tan trágicos, que solamente quería saber si yo aceptaba follar con ellos dos.

Me quedé cortado y casi no supe qué decir. Les pregunté cómo era posible hacerlo los tres a la vez. Con ella si lo entendía; pero con él no tenía la menor idea. Gloria contestó que no me preocupara por eso que sólo tenía que hacer y obedecer todo lo que ellos me dijeran.

Titubeé un poco y les contesté que de acuerdo, que por probar no pasaría nada.

—Arrodíllate delante de mí; pero quítate los pantalones — me ordenó Gloria.

Una vez colocado entre sus piernas, las abrió y me mostró todo su coño. Me invitó a que paseara mi lengua por el mismo. Aquello me pareció asqueroso; pero accedí con ciertos reparos que, poco a poco, fui perdiendo al ver cómo ella se excitaba; mientras, mi erección iba creciendo.

Cuando me disponía a dejar aquello, ella me cogió la cabeza con fuerza y comenzó a frotarse todo su coño contra mi cara; al mismo tiempo, Federico le succionaba las tetas. En el momento que me soltó, me dijo que me pusiera encima de ella, con el vientre sobre sus rodillas, como cuando se le va a dar una azotaina a un niño; y que al mismo tiempo me metiera la polla de su marido en la boca y la chupara.

Cuando empecé a hacerlo, Gloria, con un tubo de vaselina, me untó el ano. Empecé a comprender lo que pasaría después. No me importó, ya que muchas veces había deseado hacerlo.

Nos levantamos los tres del sofá y me echaron en la mesa, apoyando sólo mi pecho en ella. Gloria me abrió los muslos y ayudó a Federico a que me introdujera la polla en el ano, cosa que no consiguió, o sólo en parte, porque aquello me producía dolor. No porque él tuviera una polla grande, sino a que yo ofrecía un orificio pequeño.

En aquella situación me vino el orgasmo, por lo que me quedé como si me hubieran dado de palos.

—Yo te dije que no aguantaría un asalto —comentó Gloria— ¿Quieres seguir?

—No, me voy a dormir.

Tomé el camino de mi habitación. Ellos se quedaron allí.

Aquella noche tardé en coger el sueño pensando en lo que había sucedido.

Por la mañana, Federico se había ido a trabajar. Gloria entró en mi habitación y, sentándose en la cama, comentamos la experiencia de la noche. Me dijo que habían terminado como hacía mucho tiempo que no lo realizaban. Que lo teníamos que repetir más a menudo. No sé lo que pasó después; pero el caso es que acabamos los dos desnudos en la cama practicando el «69», no sin dificultades por culpa de mi inexperiencia.

En el desayuno me preguntó cuál de las cosas me había gustado más: si la de la noche o la de la mañana. Yo contesté que eran muy diferentes una a la otra, por lo que me quedaba con las dos.

—Pero anoche Federico te hizo daño —comentó ella.

—Creo que hasta eso me gustó.

—Vaya, sólo faltaría que tú fueses masoquista, porque no sé si te habrás dato cuenta de que yo soy un poco sádica. Si no, ¿por qué crees que me he corrido antes contigo? Viendo cómo te retorcías porque te hacía daño en la picha. Si es así, vamos a disfrutar todos de lo lindo…

La cosa quedó de esta manera. Durante la semana no hubo comentarios, si acaso alguna pequeña insinuación por parte de Gloria deseando que llegara pronto el sábado para volver a jugar —como ella lo llamaba— «pero esta vez sin remilgos».

El sábado por la tarde, después de dormir una larga siesta, comenzaron los juegos de nuevo. Federico y yo estábamos en el salón tranquilos esperando la llegada de Gloria. Nos encontrábamos casi desnudos, pues nada más que llevábamos encima el pantalón del pijama.

Al rato apareció Gloria vestida con una larga bata, que se quitó en mitad del salón con un gesto muy «sexy». Acercándose a Federico, le desabrochó el pantalón, para sacar toda la polla. Comenzaron a hacerse caricias mutuamente; y yo, acercándome a ellos, me dediqué a tocar y acariciar los muslos de ella, que se volvió bruscamente hacia mí.

—Espera que pronto estoy contigo —me dijo. Sentándose en el sofá, se abrió de piernas y me pidió que repitiera lo del otro día. Una vez terminado esto, me ordenó:

—Ponte encima de mí; pero esta vez no te voy a aplicar vaselina. Te pondré los muslos más colorados que un tomate. Con cada azote que te dé, tienes que chupar la polla de Federico. Cuanto más fuerte te los aplique, con mayor intensidad le aprietas la polla con los labios.

Así lo hicimos. No sé la cantidad de azotes que me pudo aplicar, lo que sí aseguro fue que empezó despacito y terminó siendo casi insoportable.

Federico pedía que paráramos, pues estaba a punto de reventar. Nos levantamos del sillón y nos dirigimos a la mesa del comedor. Con una ligaduras de trapo me ataron las manos al extremo de la mesa, apoyando el pecho en la misma y con los tobillos atados a las patas. Gloria comenzó a ponerme vaselina y Federico le dijo:

—¡Hoy hasta dentro!

Como ya había hecho la otra vez, Gloria me separó los muslos para que su marido pudiese introducir la polla. Esta vez consiguió algo más.

Entre tanto, ella se había metido debajo de la mesa. Comenzó a acariciarme la polla; y con una zapatilla se puso a darme unos pequeños golpes en los testículos. Me hizo estremecer; al mismo tiempo, a Federico le proporcionaba un gusto enorme, hasta que pronto terminó corriéndose.

Mientras éste último se iba a lavar, Gloria se desató y nos tumbamos en el suelo. Ella encima de mí para introducirse la polla. Cosa que apenas le supuso un problema, pues yo estaba muy excitado. Comenzó a cabalgarme.

Llegó su marido y le mandó que se echara del todo. Así él empezó a penetrarla por detrás. Los tres acabamos ofreciéndonos mutuamente un placer desenfrenado.

Pero había caído en manos de un matrimonio de sadomasoquistas, capaces de enseñarme todos los secretos del Sexo a cambio de mi sumisión más absoluta.

Recuerdo que una noche se presentaron en mi habitación. Yo estaba dormido y me molestó bastante que me despertaran. En el momento que adquirí conciencia de lo que allí estaba ocurriendo, vi que Federico traía varios cacharros de esos que se meten en los frigoríficos para hacer cubitos de hielo. Quise preguntar y Gloria me tapó la cara con la almohada.

Después se sentó sobre la almohada y mi cabeza; a la vez, me bajó los pantalones del pijama con gran habilidad, de tal forma que sin quitármelos del todo me los ató alrededor de las piernas. Seguidamente, utilizando un grueso cinturón me sujetó los brazos a los barrotes de la cabecera de la cama. Para esto último necesitó la ayuda de su marido.

—¿Qué van a hacerme? —me atreví a preguntar, en el instante que recuperé el aliento después de que me quitaran la almohada de la cara.

—Ya lo verás, chiquillo — musitó Gloria.

Entonces Federico comenzó a echarme los cubitos de hielo por todo el cuerpo. Como no salían con facilidad, la mayoría de ellos los extrajo apretando el recipiente contra mi pecho o mis piernas. Mordiscos en la piel y dolorosos tirones de los pelos de mis piernas.

—Basta, cariño —ordenó ella—. El chico va a terminar por congelarse.

Luego se tomaron unos minutos para ir esparciendo los cubitos de hielo: me colocaron varios debajo de los cojones, que sujetaron con los que me hundieron en el agujero del culo; también me pusieron varios en los sobacos y dos en la boca. Estos los escupí, con lo que me gané otra bofetada por parte de Gloria.

—¡No soy el esclavo de nadie…! —grité, rabioso y helado.

Repentinamente, aquella pareja de viciosos se dejaron caer sobre mi cuerpo para ir derritiendo los cubos de hielo con sus bocas, sus pechos y sus genitales. Un juego, también a esto lo llamaron así, que me cubrió de agua, convirtiendo la cama materialmente en una bañera.

Pero sería injusto decir que me encontraba a disgusto entre aquella fría humedad, que el calor de nuestros cuerpos iba aliviando. Gracias a que ella me estaba pasando las tetas por la boca, el cuello y el tórax; al mismo tiempo, su marido intentaba meterme la polla por el ano. Pero volvió a encontrarlo muy estrecho debido al frío.

—Voy a por una toalla, querida. ¡Este tiene el culo que parecer un bebedero de patos! Vuelvo en seguida… ¡Podéis seguir sin mí!

Es posible que mi reacción se debiera a esas inclinaciones masoquistas que ya había mostrado repetidamente, el caso es que mi polla no podía encontrarse más crecida.

Gloria se tomó un respiro y volvió la cabeza, sin pensar en lo que iba a descubrir. Así le oí exclamar:

—¡Pero qué te ha crecido ahí, Mario! ¡Es tremenda!

Era la primera vez que me llamaba por mi nombre. Sin más preámbulos, dio un salto y tomó asiento en mis ingles, colocándose mi polla en el portón de su coñazo, dando pie a una inmediata penetración. De esta guisa empezó a cabalgarme; al mismo tiempo, tiraba de los pelos de mi tórax, de mis tetillas o me pellizcaba en la cintura.

Todo un proceso sadomasoquista que me llevó a conseguir una eyaculación impresionante, luego de que ella hubiese obtenido tres o cuatro orgasmos. Cuando me quedé inmóvil, giré la cabeza y vi a Federico con una toalla de baño en el manos.

—Se comprende que ya no la necesitas, cachorrito —dijo, con una sonrisa de conejo— lo que no va a librarte de que te la clave en el culo.

Esto lo hizo después de que yo me volví a empalmar, para colocarme de lado con la intención de convertirme en lo «más sabroso» de un emparedado: quedé en medio de los dos, follándome de nuevo a Gloria y siendo sodomizado por Federico. Lo que no me pareció tan mal del todo…

Esto duró como unos seis meses, hasta que terminé mis estudios y regresé a Tabernes. De esto hace dos años. He tratado de repetir la experiencia; pero no lo he conseguido… ¡Ya lo creo que me gustaría!

Mario – Valencia