Ana María era la más pequeña de las tres hermanas. Yo la conocí durante un viaje en tren. Ella había perdido el equipaje en la estación de Miranda de Ebro y me cuidé de recuperarlo poniéndome en contacto con el revisor, que a su vez desde la estación siguiente lo reclamó. Nunca he sabido lo que ella llevaría; pero quedó tan agradecida que al llegar a Madrid, donde confirmaron que su equipaje ya venía de camino, me pidió una tarjeta personal.
No voy a decir que yo sea un putero, ni un ligón; sin embargo, por lo general he tenido mucha suerte con las mujeres. Desde que era un crío ya sabía bastante del sexo debido a los favores de una vecina. Luego me acosté con las hijas de ésta. Más adelante estuve liado con la dueña del bar donde entré como camarero, con tanta fortuna que no sólo perfeccioné mis artes en la jodienda sino que, lo ideal para mi futuro, aprendí todo lo que se ha de saber para regentar un negocio de hostelería.
Y a esto me dedicaba, como propietario de un restaurante de la capital, cuando conocí a Ana María. Su delicada belleza, su aire de mujer indefensa y el respeto que me tenía consiguieron enamorarme. Yo había conocido a verdaderas águilas imperiales y me fui a «colar» por una palomita.
Una palomita que se hallaba protegida por dos gavilanes, los cuales vinieron a ponerme a prueba nada más saber que su hermana iba en serio conmigo. Llevábamos saliendo más de un año. Los gavilanes se llamaban Marta e Isabel. Sin más se invitaron a mi apartamento, me trajeron una botella de güisqui y algo para picar y, cuando nos dimos cuenta de parte de esto, la morena Isabel me miró el paquete, soltó una lujuriosa carcajada y me preguntó:
—Así que tú pretendes casarte con Ana María, nuestra hermanita… ¿Sabes que ésta y yo venimos a someterte a una prueba?
Las palabras no me asombraron, porque si pensaba contraer matrimonio con Ana María era por ser muy distinta a las hembras que tenía delante… ¡Porque éstas eran carne follable, nada más!
—Ya veo que Isabel no tiene pelos en la lengua a la hora de decir las cosas por la línea del directo —comenté sentándome en el sofá y dejando que la morena se pusiera de pie—. Veamos sus pantorras… ¡Demonios, sí que son sólidas y están bien cuidadas!
—Esta y yo vamos a un gimnasio y a la esteticista tres veces a la semana, ¿eh?
La chica no se cortaba, ni siquiera teniendo mis manos y mi lengua sobre sus muslos. Por otra parte, Marta, la rubia, estaba pegada a mi espalda y también tocaba a su hermana.
No tardamos en quitar a Isabel las bragas. Su chochazo soltó un aroma ácido, muy penetrante, que a mí me puso en celo. Lanzadísimo.
Las dos hermanitas se empezaron a morrear sobre mi cabeza… ¿Lesbianas? Más bien bisexuales. A mí estas cosas no me quitan el sueño. Lo mío se centró en seguir metiendo mis dedos en un peludo chochazo, en el que no tardé en clavar mi polla. ¡Cómo me recibió!
La chavala rubia disponía de un cepo en el interior de su chochazo. Por unos segundos creí que me la había atrapado, hasta tal punto que me resultaría imposible desplazarme de atrás hacia delante o viceversa. Pero Marta vino a ayudarme.
Lo de la morena consistió en atacarnos con su lengua llenita de saliva. Primero, desde arriba y, poco después, desde abajo… ¡Qué magia la suya a la hora de lamer mis cojones! Sentí unas sacudidas eléctricas, que acaso confirieran una mayor potencia a mi polla. Esto me permitió realizar unas formidables embestidas.
—Se porta, hermanita… ¡Vaya garañón ha pillado Ana María! —gritó Isabel, echada sobre mí y frotando su espalda contra mi hombro izquierdo y el sofá—. ¡Pero aún no ha concluido el examen al que le estamos sometiendo! ¡Cómo me la clava!
La «catedrática» me estaba permitiendo recrearme en todas las operaciones, porque era hermosa, una golfa de cuidado y ponía en sus palabras ese toque «putero» que ha de acompañar a toda follada extra.
Súbitamente, las dos golfas se pusieron de pie, con lo que me dejaron con la polla desatendida. Por poco tiempo. Estábamos desnudos y respirábamos lujuria por cada uno de los poros de nuestras pieles. Las dos se echaron sobre mí y pude tocar sus chochazos a manos llenas. Como si los ordeñara soltaron sus jugos.
Casi quemaron mis dedos al empaparlos. Me los chupé con glotonería. Estaba como embriagado.
Una reacción la mía que sirvió para encadenar la suya, dado que se agacharon para mamarme la polla en equipo. Enseguida comprendí que era un juego que acostumbraban a practicar con harta frecuencia, por lo bien que se entendían al no estorbarse. Me incendiaron.
—¡Le llegó el turno a mi hermanita! —dijo Isabel, que parecía ser la que siempre llevaba la voz cantante—. ¡Tendrás que portarte mejor que conmigo, Esteban!
Yo continué en la misma posición. La morena se acomodó en el sofá, para ir retrocediendo el cuerpo hasta que sus ingles quedaron a la altura de mi capullo. Momento en que me decidí a embestirla con todo lo que me pertenecía y más. Este añadido lo aportó la rubia al ponerse a lamer el vientre de su hermana.
Pero segregó tal cantidad de saliva que los chorretones llegaron a mi polla. Me la cubrió toda por entero.
Sentir la llegada de aquella especie de hirviente papilla me puso como un burro. Yo acostumbro a resistir un montón; pero aquello supuso para mi polla como las espinacas para Popeye: ¡nadie me iba a superar follando con las golfas!
—¡Virgencita santa, si a Esteban le ha crecido la picha un palmo más… Me la va a sacar por la boca…! —chilló Marta, con las piernas alzadas hacia el techo.
—Le pedí que te diera a ti más que a mí —intervino Isabel—, ¡y es lo que está haciendo!
Las cosas no quedaron así, porque la lengua de aquella diablesa alcanzó la base de mi polla y la zona alta de mis cojones. Tuve que vibrar sobre el sofá y arremeter con mayor presión sobre los ovarios de la morena. Esta gimió a viva voz:
—¡Ay, ay… Qué me desfonda… Oooohh… Me vieneee…! ¡Qué orgasmooo…! ¡Este tío es terrible…!
Isabel no se entretuvo en calmar a su hermana. Esperó a que se recuperara y, acto seguido, ocupó el lugar de follada. Para tomar asiento sobre mi polla a la manera de una amazona.
La tía era tan golfa que sabía cómo debía encabritar mi capullo hasta límites de locura. Le aticé de lo lindo y… Quizá fuera yo el culpable de su orgasmo o Marta, que le estuvo lamiendo las tetas y el cuerpo. El hecho es que ella se retorció como una culebra que es atacada por un águila y se entregó a soltar todas sus esencias de placer sin que se le escapara ni un solo grito.
La golfa tenía su orgullo de bisexual y no permitió que supiéramos por su boca que estaba siendo vencida. Pero le «traicionaba» su propio cuerpo con las convulsiones. También su chochazo, al contraerse espasmódicamente y empezar a soltar una enorme cantidad de humores. Reacciones que apreció Marta, por lo que dijo:
—Esteban, continúa atizándole con todo lo que puedas. ¡Mi hermana es muy dura y no te dará su aprobado hasta el segundo orgasmo! ¡Animo, brutote, a por ella!
No se la saqué. Procuré extenderla sobre el sofá y la «machaqué» con unos mete y sacas que le dejaron los muslos, el vientre y las tetas entregados a unos temblores cada vez más acusados. La agarré por las piernas y me quedé dentro.
Inmóvil y con la corona de glande sacudiendo toda la zona interna. Isabel era de las que tenían el punto G allí mismo.
—¡Este tío se lo ha tomado en serio! —exclamó Isabel, realizando un gran esfuerzo para dominar sus palabras—. ¡Va a dejarme el conejo en carne viva… Aaaahhh…!
Allí estaba su segundo orgasmo, más intenso que el anterior. Con unos niveles de agresividad que logró extraer mi eyaculación. Se la entregué con gusto, manteniendo los pies bien clavados en el suelo. En el último momento saqué la polla y le regué el vientre con mi semen. Así Isabel pudo recoger parte con su lengua.
—No hay duda de que has pasado el examen, «cuñado» —admitió Isabel.
—Pero no se te ocurra serle infiel, Esteban, ¡porque te cortamos el gaznate! —añadió Marta, al mismo tiempo que se pasaba un dedo por el cuello en esa señal que acompaña a la frase amenazadora.
Yo rompí en una carcajada y comenté:
—Sólo podré hacerlo con vosotras dos, ¿no es cierto?
—¡Qué eso se te vaya quitando de la cabeza! —intervino la rubia—. Esta y yo hemos querido probarte. Nos darás sobrinos hermosotes y serás un cuñado cortés con ambas. Pero de lo que acaba de suceder aquí, en tu piso, ¡ya lo estás olvidando! ¡Por nada del mundo se volverá a repetir!
No mentían, ¡palabra! Llevo más de un año casado con Ana María, tenemos un hijo y mis cuñadas ni me han guiñado un ojo. Eso sí nos han colmado de regalos y atenciones.
Tuvimos que echar a suerte quién sería de las dos la madrina de su sobrino en el bautizo. Como me tenían algo mosca, procuré investigar un poco sobre ellas. Trabajan en una empresa de transporte, donde tienen un cargo muy importante.
Ganan un alto sueldo; además, son las «queridas» de dos de sus jefes: tíos de más de sesenta años que aún conservan esa antigua «tradición» de las «queridas», a las que ayudan en su trabajo y, sobre todo, pagan el piso y les hacen caros regalos. Curiosamente, Marta e Isabel viven en un piso del centro, juntas, lo que abarata los gastos de sus amantes casados.
Toda esta información anterior me ha proporcionado unas armas secretas para no sentirme incómodo ante mis cuñadas. Por otra parte, éstas siguen protegiéndonos, en especial a su hermanita pequeña, con lo que mi hogar no puede ser más agradable.
Aquí tenéis mi historia, tan real como la vida misma, que espero ver incluida en las páginas de «polvazo». Recibid un abrazo.
Esteban – Madrid