Otros placeres sexuales

Tengo diecinueve años y desde hace dos soy la amante del hermano de una amiga mía. Quiero explicaros cómo el amor que se da a un compañero puede cambiar por completo nuestro comportamiento. Voy a contaros mi historia a título de ejemplo.

Un día, David, con quien yo había tenido muchas relaciones, me pidió que le practicase una felación. Y esto se lo había hecho a dos chicos, pero siempre evitando que eyacularan en mi boca.

Aquel día, David me dirigió unas palabras amables, con tanto cariño y ternura, que decidí probar y llegar hasta el final por amor hacia él. Me sentía un poco inquieta cuando veía acercarse el momento que le había negado a todos. De repente, él me avisó de que aquello era inminente y me acarició la cabeza al aproximarse el desenlace explosivo. Hasta que el esperma penetró en mi boca abundantemente y en distintos chorros.

Desde aquel día mi amante ha alcanzado muchos orgasmos en mi boca con gran placer por parte de los dos. Y no sólo ha ocurrido eso entre nosotros, sino que recientemente he aceptado que me sodomizara.

De la misma forma afectuosa y tranquila, David me persuadió. Empezó a acariciarme largamente como a mí me gusta y dónde más me excita; luego, yo me puse como una liebre y él se arrodilló entre mis piernas. Sentí su glande buscando mi ano y me contraje; sin embargo, él me dijo que esperáramos un poco.

Más tarde, con mucha delicadeza, me afeitó para dedicarme un delicioso cunnilingus. Llenó con abundante saliva el otro orificio que yo generosamente le ofrecía. Me sentí totalmente relajada. De nuevo advertí cómo su glande me buscaba. Claro que yo no acusaba el menor miedo. Noté que me penetraba, y me invadió una sensación de dolor. Cuando su glande estuvo dentro, David realizó una ligera pausa, acariciándome, y me dedicó una serie de palabras de amor.

Por último, empezó a moverse con suavidad. Yo me daba cuenta de que su verga se enfundaba en mi ano en toda su extensión; en seguida, sobre mis nalgas dominó la caricia de su vello. Se hallaba por completo dentro de mí. Se movía lentamente y, a pesar del dolor que persistía, al momento obtuve un orgasmo breve pero violento.

Luego, él alcanzó otro orgasmo y yo sentí sus espasmos. Los chorros de su esperma me inundaron por dentro. ¡Fue una sensación inolvidable!

Nos separamos y cubrí a David de besos de agradecimiento por haberme follado de esta manera. Desde aquel día David me sodomiza regularmente, para nuestro doble placer y nuestro mejor entendimiento. En ocasiones realiza proezas de esta clase:

Sin que mediara ningún tipo de comunicación sonora, me cogió de la mano. Quería llevarme al dormitorio, porque se le había desbocado el deseo de follar conmigo. Le indiqué el camino; mientras, sus dedos se fundían con los míos: descargas de sexo se transmitieron a la punta de mi clítoris.

Después, su otra mano se deslizó por mi espalda, y también corrió por mis tetas, por mi bajo vientre, y terminó quedándose en mi pubis. Temblé. Quería que me tocara más abajo, en aquel mismo instante, y que se adueñara de mi coño.

—¡Ay David! ¡Qué bien me acaricias…! ¡Sigue así… Sigueee…!

Me extrañó que no cogiera mis tetas. Parecía evitarlo. No me importó, porque se estaba deslizando entre mis muslos. Se quedó en mis piernas, y acusé la insistencia de su pulgar introduciéndose, hábilmente, dentro de mi culo… Le dejé hacer, aunque no debía sorprenderme su precipitación. Junto a él todo resultaba maravilloso.

De pronto, entendí que me correspondía buscar su virilidad, curvar la espalda, y ofrecerme en esa forma de danza amorosa que es la «enculada». Antes obtuve el placer de ser desnudada; y yo me recreé en la prodigiosa acción de descubrir la belleza de su cuerpo. Me gustó el contacto con su ropa húmeda. Luego, me froté contra su piel; a la vez, su diestra se metía entre mis muslos… ¡Y su pulgar continuaba dentro de mi ano, hundiéndose en un frenesí casi irracional!

Entendí que debía ser muy dócil, para que él obtuviera el mismo placer que me estaba proporcionando. Me asaltó el deseo de suplicarle que tocara mi clítoris; pero le dejé la iniciativa. Me eché hacia atrás para palpar su paquete. Se había abierto los pantalones. Bajé la mano por sus muslos, hasta llegar a la fabulosa masa de nervios, de carne y de piel, a la que una prodigiosa acumulación de sangre había engrandecido. Le hice rodar por mis manos impacientes.

David me metió otro dedo en el culo. El placer me obligó a reír y a gritar. En aquel momento necesitaba una polla más que nunca. Porque él se hacía desear. Introdujo en mi culo un tercer dedo. El dolor aumentó, pero también se elevó mi gozo.

Seguro que él pretendía prepararme así. Pero me hubiera gustado que me chupara los pezones y el clítoris… ¡Es incomparable la felicidad que me proporciona el hecho de sentir el rostro de un hombre entre mis muslos, de acusar la presión de sus dientes en mis nalgas, y de percibir su llegada a las galerías de mi coño, para seguir hasta acariciarme con ella el clítoris!

Esto no me decidió a actuar. Repentinamente, con un movimiento de riñones, David escapó a la presión de mis dedos. Se volvió de rodillas, y consiguió que me bajara a su altura. Mi rostro quedó frente a él, y su polla sobre mis muslos.

Me dio la vuelta y me enfiló. Seguía desbocado. La entrada de su polla en mi culo consiguió que las lágrimas afluyeran a mis ojos, porque era enorme el ariete que buscaba mi interior, sin piedad. Acababa de plantar su árbol dentro de mí, y comenzó a moverlo. Por mi parte me abalancé hacia delante.

Quería apretarle con mis manos, volverme para encontrar sus labios, sus ojos, su nariz, y sus pupilas de gato salvaje. Me colmé de su fascinación. Porque su garganta era de virtuoso, sus mejillas ásperas, sus hombros cuadrados, y su pecho lucía unos oscuros y erectos pezoncillos. De pronto, se volcó sobre mí, forzando a que nos deslizáramos hasta los pies de la cama. Me mantuve inerte y dócil, empujada por su polla, que seguía anclada en mi recto; mientras, él se comportaba exigente y brutal.

—Necesitamos claridad —susurró David—. Quiero ver tu rostro, y el reflejo de tu placer mezclado con el mío.

Mis largos cabellos y mi frente estaban bañados por el sudor, como reacción del infinito placer que me llegaba a través del vientre, del coño y de su polla, que seguía palpitando en mi interior. Los dos nos hallábamos más unidos que nunca, entregados al erótico ritmo del enculamiento.

Y su caliente carne seguía abriéndose paso en mi ano una y otra vez, y sus uñas dejaban trazos de excitación en mi piel… Me encontré apresada entre sus muslos de acero, que se arqueaban sabiamente. Casi no podía respirar; a la vez, su aliento se extendía por mi cuerpo como un reguero de pólvora. Y es que me estaba mordiendo y besando.

Le abracé y, por fin, conseguí que su diestra se alargara hasta mi clítoris para estrujarlo con desesperación. Me ocasionó un intenso dolor; pero así el goce fue mucho mayor.

—¡Sigue…! —le supliqué.

Y David cubrió mi coño repetidamente, buscando hacerme llegar a la más perfecta serie de orgasmo; mientras, apretaba contra mi trasero todo el abundante paquete de sus cojones. Nuestras excitaciones habían crecido, y lo seguía haciendo. Nos comportábamos como dos reptiles enroscados sobre su presa, que luchaban por obtener el máximo trofeo. Jadeábamos. La meta se hallaba a punto de aparecer.

Minutos después, un grito mío, seguido por otro mayor de él, denunció que la victoria absoluta había llegado en un estallido. Gocé de la riada caliente de sus jugos de hombre, que se desparramaron dentro de mí; al mismo tiempo, como una descarga eléctrica, yo solté unos líquidos densos de humores. Mientras, su esperma se extendía por la moqueta del suelo, más allá de la cama, formando caprichosos dibujos…

Si me he recreado en la exposición de un momento sexual ha sido para que comprendáis cómo se pasa de la práctica individualizada a una combinación de todas ellas. Entiendo que como el que pretende lanzarse a una gran carretera por senderos bellísimos: debe proveerse de un buen equipo, una dispensa adecuada y no preocuparse del final. Lo que importa es ir avanzando paso a paso, sin pensar con exceso en la meta.

Por otro lado, no me preocupa haberme enamorado de alguien cuyas preocupaciones y felicidades puedan ser conocidas por mis amistades y su familia. Estoy experimentando, no tengo ni idea de casarme con David. Los dos somos muy jóvenes. ¿Quién sabe lo que haremos dentro de unos meses o de unos años? Lo básico es el presente. Disfrutar a tope de lo que tenemos hoy a nuestro alcance.

Martina – Santander