Sí, soy una puta, una puta cara, de esas que la sociedad llama señoritas de compañía y otras lindezas por el estilo, pero en el fondo soy una puta más. Pero será mejor que lo cuente desde el principio:
Nací hace 30 años en una familia de las que se las ve y se las desea para ir tirando. Soy rubia, natural nada de teñidos, por lo que mi dorado pubis excita a los clientes, tengo ojos verdes y un cuerpo muy deseable, (¿se nota que no tengo abuela?), con un culito respingón y unos pechos no muy grandes, con unos pezones rosados que a los hombres vuelven locos.
Desde los 18 años salía con un chico del barrio 2 años mayor que yo. Era un chulo, pendenciero, gamberro y todo lo que se puede esperar de chico de barrio del extrarradio, pero era mi príncipe azul. ¡Qué engañada estaba entonces! Más tarde me di cuenta que era él el que debía estar agradecido de llevar una hembra de bandera a su lado.
Aquel verano contaba yo 19 años y había terminado los estudios básicos, y la cosa estaba clara que no podría seguir estudiando por falta de dinero en casa. Ya hacía unos 10 días que tomaba la píldora, proporcionada por mi novio, pero muy mal aprovechada ya que sólo habíamos follado 2 veces. Nos resultaba difícil encontrar un sitio donde hacerlo a gusto.
Recuerdo un día que estábamos en una discoteca, bailando muy acaramelados, morreándonos y metiéndonos la pierna. Cuando quisimos buscar un rincón en la casa para echar un polvo ya estaba todo ocupado, así que, decidimos irnos al parque, junto al río, era bastante seguro que a esas horas, las 2 de la madrugada, no nos molestaría nadie. El esa noche no se había «picado», —yo ni lo hacía ni lo hago ahora—, pero se había fumado 3 ó 4 porros de los que yo había dado 2 ó 3 caladas, lo suficiente para perder todos mis pudores. Allí nos teníais a los dos en un banco metiéndonos mano, yo con la blusa de par en par, totalmente abierta, con el sujetador —que ya no uso—, por encima de los pechos dejándolos al aire, el pantalón desabrochado para que la mano entrara en la braga y castigara placenteramente mi entrepierna. Estaba inclinada mamando la polla de mi novio cuando oí decir a éste, sin duda por la euforia de la droga:
—Pero hombre, ¿qué hace ahí mirando? acérquese y participe de la fiesta.
Yo me alcé como un rayo y cruzando los brazos sobre el pecho, cerré la camisa. Hasta nosotros entonces se acercó un hombre de entre 40 ó 50 años. Mi novio cogiéndome por los brazos dejó mis tetas al aire a la vez que decía:
—Mira que tetas más cojonudas y tiernas tiene, anda tócalas.
No se si fue por la calentura que llevaba encima, o por el efecto de las chupadas de porro por lo que saqué el pecho hacia fuera exhibiéndolo descaradamente, sintiéndome deseada y notando mis pezones otra vez erguidos desafiantes.
Don J. se sentó a mi lado y comenzó a acariciarme las tetas. Su mano era más suave y lo hacía con más ternura que mi novio. Su boca se posó en mis pezones a la vez que metía la mano en mi coño. Me llevó rápidamente al orgasmo. Entonces mi novio dijo:
—Venga Inés, devuelve el placer a nuestro amigo con la boca.
Llevé la boca hacia la polla que ya estaba fuera del pantalón, no sin cierto asco, pero cuando la tuve en la boca comprobé que su paquete no olía a sudor y meao como el de mi novio y su polla sólo sabía al juguillo que iba soltando. La mamé con más gusto que nunca, por lo que traté de esmerarme y le hice correrse rápido y eso que aún no la sabía mamar como ahora.
La fiesta continuó en el césped. Pronto me vi sin pantalón y braga. Fue un festivalón de sobes, besos y chupadas. A la segunda erección de mi novio me vi echada sobre él, con su polla bien metida en el coño. Don J. me besaba en la boca dándome su lengua y buscando la mía, su boca sabía a menta y no a tabaco o alcohol o porquería como la de mi novio. Sus besos me daban placer y no dolor como los mordiscos de mi novio cuando se calentaba a tope. Don J. bajaba sus manos por la espalda acariciándome hasta las nalgas, una mano quedó en el culo mientras la otra seguía acariciando la espalda y los pechos. Un dedo hacía caricias circulares en mi ano, lo que era nuevo para mí y me daba un cierto gusto, no tardó mi anillo anal en relajarse y dejar paso al dedo hacia el interior de mi culo con movimientos rotatorios que unidos a un suave mete saca estaban haciendo que la polla en mi coño pasara a un segundo lugar. Por la distensión que notaba en mi ano debían ser dos los dedos que me poseían analmente cuando estaba a punto de alcanzar la cima del placer, en ese momento don J. sacó los dedos de mi culo cortándome el gusto próximo a llegar, y le grite:
—Cabrón dámelos otra vez
—Ahí te van preciosa —dijo él a la vez que enfilaba su polla a mi culo, que relajado esperaba sus dedos, por lo que, de un fuerte envite clavó más de media polla en mi culo haciéndome gritar de dolor. Don J. estuvo quieto hasta que pasó el dolor, el roce de la polla en el coño ayudó a que éste se pasara pronto, yo sólo notaba ya la tensión que la polla producía en el anillo anal cuando empezó un suave mete saca que poco a poco me hizo olvidar que tenía una polla en el coño, dándome un placer que ni siquiera me enteré cuando se corrió mi novio ni como se le salió encogida del coño. Me corrí como una loca, las contracciones de mi ano le hicieron a él correrse, su leche me quemó el culo como un bálsamo. Cuando su polla salió por si sola de mi ano don J. desapareció, nosotros aún tardamos un rato en vestirnos. En casa vi algo de sangre en la braga, por suerte era un rasguño anal sin importancia.
A los dos días, me encontré con don J., que era un antiguo profesor mío, al que yo no había reconocido en el parque, se acercó a mí y me dijo:
—Hola Inés, toma tengo esto para ti.
Me dio un sobre y se fue. Lo abrí, dentro había 600 €., y una tarjeta con su dirección y unas letras: «En el parque estuviste fenomenal, cuando te haga falta dinero ven por casa». Así me di cuenta que fue don J. el hombre que en el parque me dio tanto placer, de hecho la noche anterior me había hecho una paja pensando en el hombre misterioso del parque. Mantuve en secreto de donde salió ese dinero..
Mi novio empezó a darme la lata diciéndome que en el parque había gozado como loca y que lo podía seguir haciendo y ganando una pasta, que cuidaría de que no me pasara nada. En resumen, que me quería hacer una puta callejera —perdón si ofendo a alguien, lo cual no es mi intención—, y ser él mi chulo. No me hacía mucha gracia ganar dinero con mi cuerpo para que él se lo gastara en picarse. La mayor necesidad de dinero me hizo ir a casa de don J. pero en secreto sin decírselo a mi novio, pues pensaría que ya era su puta y yo eso lo hacía porque quería.
Don J. me confesó que lo suyo era mirar, charlamos un buen rato tomando una mezcla de menta, gin e hielo, lo que ayudó a relajar el ambiente, el se cuidó de que yo bebiera poco, no deseaba emborracharme. Me pidió que me masturbara para él y accedí. Procuré actuar como vi una vez en una película.
Acaricié mis pechos lentamente sobre la blusa, y también mis piernas, subiendo la falda hacia arriba, a la vez que abría las piernas para que viera el triángulo blanco de la braga. Me miraba sin perderse detalle, dando pequeños sorbos a su copa. Me fui desprendiendo de toda la ropa hasta quedarme sólo con la braga, que era de algodón y me llegaba a la cintura, —recordar que sólo tenía 18 años—. El tenía la polla en la mano que subía y bajaba dejando el capullo brillante por el juguillo que estaba soltando. Me desprendí de la braga cuando ya estaba empapada por mis caldos y se la eché a él, que olía con placer. Cuando no resistí más me fui hacia él y me metí su polla en la boca. Hicimos el amor toda la tarde ¡y de qué manera más extraordinaria gocé!, como nunca lo había hecho. Cuando me fui no quise aceptar su dinero. Con el placer que me había dado era suficiente.
Con mi novio las cosas, cada vez iban peor, insistía en chulearme. Mis visitas a don J. fueron más frecuentes, pocas veces jodíamos, casi siempre hablábamos ya que estábamos haciendo una gran amistad —él era soltero y le agradaba mi compañía—. Otras veces yo me acariciaba o me metía cosas en el coño y los dos nos autocorríamos. A finales de este verano estaba a punto de romper con mi novio, ya que me estaba resultando cada vez más insoportable, cuando él me dejó por otra, que sí se puteaba para él.
Ante la proximidad de un nuevo curso comencé a plantearme mi futuro. Hablamos mucho los dos y en mi casa querían que me buscara trabajo. Le comenté a don J. que me gustaba mucho follar y todo lo del sexo y que me gustaría ser puta, no de esquina, sino de esas de sauna o masajes, él me dijo que tanto a unas como a otras las explotaban y que no gozaban de su trabajo, que si quería serlo que fuera una puta independiente, con pocos clientes pero de dinero, así ganaría pasta y gozaría de los encuentros. Después de mucho hablar llegamos a una conclusión: sería una puta «cara», él me puliría los modales, el lenguaje, y me enseñaría las más posibles técnicas sexuales o al menos me perfeccionaría con él. El problema era mi casa pues querían que trabajase, y por otro lado tendría que ir mucho por casa de don J., este lo solucionó convenciendo a mis padres de que me enseñaría inglés para que pudiera trabajar en el futuro como guía turística, como no me podían pagar en casa las clases, yo trabajaría de chica de servicio en casa de don J. y éste además de las clases de inglés, me daría algún dinero.
Así comenzó mi aprendizaje de inglés, que me ha servido para acompañar a algún cliente al extranjero de viaje de negocios-placer, y de puta. Aprendí de todo: masajes, como besar y morder para dar el máximo placer, relajar el coño o el ano para dar cabida a cualquier polla, o contraerlos contra una polla pequeña. Ser una buena mamona de pollas, tanto con la boca como con el coño, o lamer el ano de un tío hasta que se corra sin necesidad de tocarle la polla. Incluso practiqué con una lesbiana y un par de veces con un negro pues nunca se sabe. Poco a poco me fui haciendo de guardarropa necesario para mi profesión, pagado por don J. También arreglamos el dormitorio principal de su casa ¿qué lugar podría ser más discreto y seguro que la casa de un profesor? Lo arreglamos de una forma acogedora y sencilla, no como un burdel. A destacar el espejo del techo y otros dos del tamaño de una pared, uno en el dormitorio y otro en el cuarto de baño contiguo al dormitorio. Estos dos últimos permiten ver a don J. mi actuación, tanto en el dormitorio, como en el baño.
Cuando cumplí los 19 años empecé mi trabajo, después de los primeros nervios todo va sobre ruedas. Mis clientes son los que se llaman honrados, hombres de negocios y buenos padres de familia, tienen una edad de 35 a 60 años, y saben que yo les hago y dejo hacer todo aquello que con sus mujeres no se atreven a hacer o proponer ¡seguro que más de una aceptaría la propuesta con los ojos cerrados! como mamadas, cunilingus, darme por culo o yo a ellos con un dildo o lluvias doradas.
Ahora hemos puesto una pantalla grande de vídeo para ver películas, casi siempre pornos, incluso en algunos, soy yo la protagonista, ya sabéis, hago de todo con uno o dos hombres o mujeres o hombre y mujer, blancos-as y negros-as, incluso tengo una película que me rodaron con un bonito pastor alemán.
En mi casa cuando me fui a vivir con «mi» J. hubo algún problema, pero cuando empecé a pasarles algún dinero, no preguntaron de donde venía. A pesar de saberlo, ahora no le hacen ascos. A mi hermano le he montado un Pub céntrico y a mis dos hermanas una boutique que se está poniendo de moda.
Os estaréis preguntando que cuánto cobro, os diré que como toda puta «cara» sólo cobro la voluntad del cliente, que tanto si sólo hemos echado un polvo de 5 minutos como si ha sido una sesión de varias horas. Todo saben que hay un mínimo, ¿qué más da?, lo más importante es saber que no es apto para todos los bolsillos. Claro está, los regalos son a parte.
Don J. no quiso, ni quiere cobrar nada de lo que gano, dice que no es mi chulo y que es él quien debería pagarme por dejarle verme actuar a través de espejos. Le obligué a aceptar todo lo que gastó en mí. En el fondo nos amamos a nuestra manera y ahora me voy a casar con él para acallar los rumores de que somos amantes, no quiero perjudicarlo en su trabajo de profesor, pues, aunque, que le he pedido muchas veces que deje sus clases siempre se a negado a ello.
Por mi parte la gente piensa que soy una activa «señorita de compañía», que acompaña a los hombres de negocios a conocer la ciudad, a congresos o comidas o cenas de trabajo. Quien piensa que me acuesto con ellos no lo dice o lo achaca a la libertad de la juventud de hoy día.
En fin, que a los ojos de la sociedad soy una trabajadora más, lo que soy en realidad. Gano dinero y gozo a tope del sexo ya que mis clientes quieren que yo goce para que ellos se sientan más satisfechos, y de verdad que lo consiguen. Mi truco para hacerles felices es no fingir nunca, mostrarme natural y saber cuales son los gustos de cada uno, lo que tengo anotado en mi agenda, cada uno bajo un seudónimo por supuesto, y que J. me ayuda a anotar con sus observaciones.
Por el momento nada más, si esta carta se publicara, puede que me anime a contarles algunos de los casos raros que he tenido. Hasta pronto.
Inés – Madrid