Zambombe es un negro de Nigeria al que de pequeño le debieron picar la tranca algunos de esos mosquitos que hay en África… ¡Porque no era normal que le midiese más de 38 cms! A mí se me cortó el aliento cuando se le vi… ¡Qué horror!
Lo más singular es que nunca puede suponer que aquel negro feote me iba a ofrecer semejante monstruosidad, porque desde que le conocía lo único que había podido apreciar era que su paquete resultaba voluminoso, algo más de lo normal, pero nunca hasta llegar a esos extremos. Si a todo lo anterior añado que me decidí a follar con él por «lástima», debéis comprender cómo me sentía yo. Igual que encontrar la más hermosa perla en un sencillo mejillón… ¡Me tropecé con lo increíble!
—Desde que estaba en la tribu fui aprendiendo a dejarla floja para no asustar a las negritas —dijo Zambombe, en jarras y sonriendo— No te la meteré toda, Gema. ¡Ni tú ni nadie la aguantaría! Sé controlarme en todos los sentidos…
Yo lo deseaba ¡de verdad!
—¿Ha habido mujer que lo haya intentado, Zambombe? —pregunté, empezando a quitarme las ropas— Algunas son muy lanzadas y disponen de unos chochazos tremendos…
—Sólo dos; pero cuando les había metido dos terceras partes ¡empezaron a pedir «socorro» y tuve que retirarme! Por otro lado, yo sé hacer otras cosas que no tienen nada que ver con la simple penetración… ¿Me dejas demostrárselo, Gema?
—Claro, mi cielo —musité, teniendo la cabezota de aquella fabulosa tranca en mis manos y por debajo del muslo derecho—. Me has dejado temblando de ansiedad…
El negro recogió su monstruosidad y la desplazó hacia atrás, con bastante dificultad al mantenerla tan erecta. Me recordó la espada de los mosqueteros al llevarla enfundada. Si es imposible doblarla, ¿no estorbará al moverse?
Dejé de pensar al ser besada. Los labios de Zambombe eran unas ventosas, que al posarse en mi piel generaron un campo de calor que me derritió. Y cuando cayeron sobre los míos, tapándome la boca, creí que me asfixiaba. Intenté reaccionar en parte, al menos para mantener un cierto control sobre aquella situación. Empresa harto complicada…
Porque en todo momento me veía golpeada en las piernas, los pies o el vientre por una parte de aquella tranca de elefante… ¡Una rígida monstruosidad marcando su presencia!
Me olvidé de este machacón golpeteo al tener sus labios en mis pezones. Saltando de uno a otro para cubrirlos de una forma plena, como si pretendiera ordeñármelos. Un fuego eléctrico trazó líneas relampagueantes en mis nervios y en cada punto sensible de mi cuerpo y, de pronto, me vi arrastrada gozosamente en busca de mi primer clímax… ¡Algo que me elevó a las cimas del Kilimanjaro! Grité de placer.
África entera se puso a mi alcance. He leído las novelas de Hemingway sobre ambientes africanos y me apasionan las películas del tema. Quizá por eso me han atraído siempre los negros de este continente. Zambombe es un mozo de mi empresa, tras el cual andábamos varias chicas. Pero sólo yo me atreví a invitarle.
Me retiré un poco de él, queriendo recuperarme del impacto orgásmico. Le vi cogerse la verga y mostrármela, como hacen los massai al exhibir sus poderosas lanzas. Ya no tenía miedo. Es posible que se lo debiera al reciente orgasmo…
—Voy a intentar meterme dos terceras partes —le propuse, haciendo uso de una vocecita que a mi misma me sorprendió— ¿Me ayudas?
Con un superdotado de esta clase, un tipo que debería aparecer en el libro de los récords, sólo se puede follar de lado y estando él en un plano más alto o más bajo… ¡Porque en la misma línea acabaría por «atravesarte» el cuerpo!
Me la fui metiendo muy despacio, con la mayor cautela. Dentro de mi latía el temor a que Zambombe me propinara una embestida de muerte; sin embargo, lo que sucedió vino a demostrar que él quería ofrecerme el mayor placer.
Sorprendentemente, quizá porque la verga me entraba algo inclinada, con las dos terceras partes tuve suficiente. Pero me dominó la idea de que así no podría conseguir que Zambombe eyaculase. Intenté cerrar el coño todo lo que me fue posible y, al mismo tiempo, empleé las dos manos para recorrer parte del tallo. Además le «pisé» los cojones.
Bueno, no se los pisé en el exacto sentido de la palabra. Lo que hice fue presionárselos o acariciárselos con la planta del pie. Una forma de contar con tres elementos de excitación, que al negro empezaron a ponerle a tope.
Cuando vi que él estaba respirando con más fuerza, tomé la tranca de elefante y me la llevé a la boca. La mamé desde dentro, con todo el capullo muy cerca de mi garganta. Un buen centrifugado utilizando la lengua y la saliva.
—¡Es más de lo que yo podía esperar de ti, Gema! —exclamó Zambombe, cogiéndome por la cintura— ¡Vamos a pasarlo de maravilla de aquí en adelante! ¡Palabra!
Es posible que ya estuviera acostumbrado a meter nada más que la mitad de su tranca, el caso es que empujó un poco más. Luego fue efectuando los recorridos de arriba a abajo, teniéndome sentada encima de su vientre.
También procuró trabajarme las tetas y toda la espalda, sirviéndose de sus grandes y poderosas manos. Quedé en vilo, aguardando con cierta desesperación el instante prodigioso en que me llegase su esperma a lo más hondo de mis entrañas.
La gran conquista se produjo a los pocos minutos. Me vi materialmente impulsada hacia el techo, como si montara sobre un salvaje garañón o un león en celo y aullé de gozo.
—¡Qué barbaridad… Si te has controlado para no meterme más…! —le felicité, teniéndome que servir de mis últimas energías para conseguir hablar— ¡Magnífico!
Después, nos quedamos tendidos, el uno junto al otro. Mientras, la tranca salía de mi coño y se dejaba caer en la colcha: palpitando, húmeda y ligeramente sudada. Como una trompa de elefante que ha debido alzarse en exceso para alcanzar las altas ramas en las que esperan las más suculentas hojas.
La acaricié con mi mano derecha y comprobé que quemaba. Miré a Zambombe y suspiré.
—Quisiera que probásemos de nuevo, mi cielo… ¿Cuánto tardas en recuperarte?
—¡Ya estoy listo, Gema!
Gema – Madrid




























