El ruido se esparció por todo el vagón. Provenía de los transistores de los gitanos y de los gamberros, que estaban delante y me miraban. Ellos reían y se carcajeaban histéricamente, y yo no podía entender sus palabras. No cesaban de bromear y de chillar. Los demás pasajeros no les prestaban la menor atención; pero eran aquellos, los que acababan de entrar, el motivo de toda mi intranquilidad.
Las luces se fueron haciendo cada vez más tenues, el aire estaba cargado y el ambiente muy viciado. Me di cuenta de que me era difícil respirar, y de que la única bombilla iluminaba directamente mi cara.
Entonces, la gente se movió guiada por esta luz, peleándose por encontrar un sitio delante de mí. Se fijaron intencionadamente en mi vestido, formulando comentarios ininteligibles; sin embargo, sus intenciones no se me pudieron escapar. Todas las caras se centraron en la mía, sonriendo y componiendo gestos crueles; después, se retiraron.
De repente, sentí que una mano presionaba en mi rodilla izquierda. Me di la vuelta para mirar al sinvergüenza, llena de rabia y de pánico. Sentí un gran alivio al ver que era Enrique, que estaba sentado a mi lado. Estuve a punto de desmayarme sobre su hombro, sin saber todavía cuál podía ser su reacción. Porque se hallaba totalmente desnudo. Su polla se erguía en la total erección.
Volví a mirar a mi alrededor, y contemplé las sucias caras que descargaban sus silenciosas risas sobre nosotros. Y al instante, unos brazos de color moreno fangoso, duros como el acero y marcados por las agujas hipodérmicas, me atacaron por todos los lados.
Estos brazos me envolvieron, cumpliendo la tarea de unas tenazas, y se pegaron a mi piel desnuda como tentáculos de pulpo. Me estremecí con repulsión. Traté de alejarlos de mí, y noté que estaban extrañamente tibios y suaves; en aquel momento, me di cuenta de que eso no eran brazos, ni mucho menos: ¡Eran pollas horrorosamente hinchadas y alargadas!
Súbitamente, moviéndose con una increíble rapidez, algunas de estas pollas se enroscaron alrededor de mí, igual que unas serpientes; otras prefirieron rodearme la cintura, los tobillos o levantarme el vestido, tanto por delante como por detrás; y unas terceras, se encelaron con mis sobacos y me cosquillearon las palmas de las manos.
El más feo de aquellos canallas husmeó entre mis muslos; luego, se metió húmedamente en mi coño. Y se quedó allí, aleteando. Otro se apretó contra mí, por la espalda, empujando y meneándose hasta que entró. Los dos agresores comenzaron a trabajar juntos, bombeando y ensanchando, introduciéndose y saliendo de mis carnes.
Primero actuaron al mismo ritmo, entrando a la vez, hundiéndose más en mi túnel, maltratándome hasta la agonía. Intenté luchar, porque el suplicio amenazaba con rasgarme los ovarios y la matriz. Mi cabeza permanecía caída hacia un lado, enloquecida por unas sensaciones alucinantes. Me creí que estaba a punto de perder el conocimiento. De repente, advertí que algo golpeaba mi barbilla.
Miré hacia abajo, y allí me encontré con otra horrible polla-serpiente, provista de una ciega cabeza. Se deslizó alrededor de mi cuello y de mi garganta. Parecía como si se diera cuenta de que yo la estaba mirando, porque instantáneamente se lanzó contra mis labios. Para frotarse obscenamente contra ellos.
Traté de quitármela de la boca por todos los medios posibles, pero no lo conseguí. Mis brazos habían sido atados a ambos lados de mi cuerpo. La última polla presionaba y se frotaba insistentemente contra el labio superior y mi nariz. Me eché hacia atrás; no obstante, el rodillo de carne se las arregló para introducirse entre mis dientes. Y se sintió muy feliz y vibrátil al encontrarse sobre mi lengua.
Al mismo tiempo, las pollas que estaban en mi coño y en mi culo se movían en sentidos contrarios: cuando una avanzaba, la otra se retiraba. Este ataque me pareció demasiado… ¡Dios, no podía soportarlo! A pesar del salvajismo, me di cuenta de que estaba a punto de correrme… Al instante, eché la cabeza hacia atrás, necesitando gemir. Y rápidamente, como en un flash, la otra polla se desplazó por encima de mi lengua, contorneándome dentro de mi garganta; se abrió paso hacia mis amígdalas o más adentro, acaso para encontrarse con las otras… ¡Querían destrozarme!»
—Señorita, ¿se encuentra usted bien? —sonó una voz muy cerca de mí.
Y yo seguía cayéndome hacia atrás.
—¡¡Señorita!! —gritó la misma voz, despertándome.
-¡¿Eh?!
Miré hacia arriba, con los ojos totalmente abiertos. Pero sin darme cuenta todavía de la realidad más inmediata.
—¿Está usted bien? —repitió un joven que parecía muy tímido.
El extraño era dueño de una cara agradable, guapa y familiar, muy masculina. Su pelo era rubio, pero lo bastante oscuro como para que no resaltara y le quedase bien. Parecía tener unos veinticuatro años. Mis brazos se hallaban apretados fuertemente alrededor de su cintura, y mi mejilla descansaba sobre su tórax. Nos encontrábamos en un vagón del metro. Yo iba a Vallecas. Nunca nos habíamos visto hasta aquel momento.
—¡Dios mío! —exclamé, y me enderecé apresuradamente, tratando componer la más correcta sonrisa—. ¡Lo siento, yo no quería…!
—Está bien, señorita —dijo él, queriendo evitarme la embarazosa situación—. Usted ha sufrido un mal sueño, eso es todo. Ahora necesita la ayuda de alguien en quien apoyarse fuertemente.
—Debe suponer que soy una idiota, o una ligona… —Me ruboricé hasta la raíz de mis cabellos—. Es la primera vez que me sucede algo parecido.
—Sin querer presumir de psicólogo, me parece que usted ha debido sentirse algo asustada al apagarse la luz cuando salíamos de la estación de Bilbao… ¿Recuerda los minutos que hemos estado parados en el túnel antes de llegar a Tribunal?
—¿Pero es que hemos estado parados?
—¡Claro que sí! Ahora recuerdo que usted lleva dormida desde mucho antes… ¿Suele sufrir pesadillas a menudo?
—insistió, cada vez más seguro.
—Creo que no debo responderle sin antes saber su nombre.
—Marcial. ¿Te importa si nos tuteamos?
—No. Yo me llamo Adela… En lo que se refiere a tu pregunta, te diré que últimamente las padezco. Fue desde que intentaron violarme.
—¿Cómo? —preguntó, anonadado.
—Sí. Fue a la salida de mi trabajo, en el descansillo de la escalera. Es un enorme edificio de oficinas, con unos pasillos largos que normalmente están vacíos. El tío se plantó ante mí, se bajó los pantalones y el slip, me enseñó su «cosa»… ¡Y ya se me echó encima! ¡Creo que si no me hubiese puesto a gritar con toda la fuerza de mis pulmones, habría dejado allí algo más que el virgo! ¡Como mi voz es como una sirena de fábrica cuando estoy aterrorizada, no tardé en contar con protectores! ¿Qué te parece mi historia?
—La has contado como si no te hubiese ocurrido a ti, Adela.
—Claro, porque desde entonces ya no soy la misma. Salgo con chicos, follo con quien me gusta y soy menos estrecha.
—Entonces, ¿cómo tienes esas pesadillas?
—¡No lo sé! ¿Tú crees que estoy chalada?
—Pareces todo lo contrario… ¡Ya hemos llegado al final del trayecto, en Portazgo!
—¡Dios, si yo iba a Vallecas!
—La hemos pasado cuando te has despertado. ¿Quieres que te lleve a tu casa? Tengo el coche en el garaje de un primo mío. Suelo dejarlo allí todos los días, cojo el metro y voy al Banco. Así me evito los líos de aparcar en el centro.
Desde aquella noche procuramos coincidir muy a menudo. Era un muchacho con «posibles» —como dice mi madre—, y disponía de un chalet en la carretera de Valencia. Una tarde me invitó a ir allí.
Me encontré con un edificio más lujoso de lo que yo suponía; además, se veía repleto de invitados. En medio de gente mucho mayor, me sentí a disgusto. Pero, al finalizar la fiesta, pude quedarme a solas con él. Charlamos durante mucho tiempo, bebimos, y yo me sentí extrañamente feliz, especialmente cuando Marcial empezó a besarme con pasión y a susurrarme palabras dulces.
Le seguí hasta la habitación, cogidos de la mano, y le permití que me desnudase, mientras me cubría de besos.
—Soy todavía virgen —le advertí en un tímido susurro.
Los dos tomamos asiento en un rústico sillón de caña, en el que yo me noté tan a gusto que no dudé en llevar la iniciativa: mis brazos rodearon el cuello masculino, y besé la boca sorprendida; luego, le desabroché la negra y transparente camisa, para acariciarle el vello del pecho. Entonces, él se arrodilló en el suelo, frenético de placer, y se lanzó a palparme todo el cuerpo por encima del vestido.
No tardamos en quedarnos parcialmente desnudos, sin dejar de excitarnos. Yo actuaba con la habilidad de una autodidacta, pareciendo imposible que aquella fuese la primera vez que me relacionaba con un hombre: le mordí las tetillas, el cuello, el vientre y, después, le bajé la cremallera del pantalón, con el deseo desesperado de palparle el pubis.
Sin embargo, el contacto de mi mano con la rubia y rizada pelambrera me obligó a acusar una reacción de pudor… «¿No estaba llevando demasiado lejos mis hambres de macho? ¿No se repetiría lo que tanto me hacía sufrir en las pesadillas?»
Habían sido muchos años de pajas en la cama, en el retrete y en cualquier rincón, siempre llevando la imaginación a un momento como en el que, en aquel preciso instante, tenía la suerte de gozar. Y no supe contenerme.
—Déjame a mí, Adela… Lo mejor en estos casos es no precipitarse —me aconsejó Marcial, en el momento que yo le quité los pantalones—. Vamos, ponte de rodillas en ese sillón que está junto a la cama… ¡Seguro que jamás habías pensado que pudiera existir un placer como el que te voy a hacer gozar!
Obedecí juguetona, riéndome el rostro, las tetas y, especialmente, el chumino. Y fue éste, una vez que me situé en la postura más conveniente, la zona que pasó a centrar todo el ataque erótico de mi «príncipe azul». Su lengua me repasó los grandes labios, agitándolos y llenándolos de flujo. Y se introdujo en busca de la cavidad interna, hasta alzarse allí, en mi clítoris, como yo concentraba las acciones de mis dedos en busca del auto placer… Pero su carnoso ariete era muchísimo mayor, ya que me regalaba con una posibilidad de movimientos, de humedades y de hervores que comenzaron a arrancarme escalofríos, suspiros, gemidos, sudores y, en una palabra, la vida… Era como una complaciente rendición, como un deseo de que aquello no acabase nunca o que, al mismo tiempo, concluyera lo antes posible, para que el fuego me devorase por completo.
Por eso la llegada del orgasmo supuso un estallido, una compulsión que me hizo gritar, aullar materialmente, sin importarme ser un poco gata satisfecha que proclamaba a todos los vientos mi satisfacción.
Mientras yo me recuperaba, Marcial se desnudó totalmente; luego, con una frialdad impropia de un amante sincero, me forzó a que cambiase de emplazamiento: él tomó asiento en el sillón de caña, y a mí me dijo que me arrodillase sobre la colcha roja de la cama.
—Quiero que me la chupes… ¿Crees que sabrás hacerlo? —preguntó, malicioso.
Yo le brindé mi mejor respuesta con la acción: le besé en el vientre, y bajé en busca de su pelambrera, en la que enrosqué mi lengua y, casi en un brinco, me metí el desnudo capullo en toda la boca… Lo lamí con arte, lo chupé ávidamente, y recorrí toda su longitud con los dientes, con los labios y con la lengua, para quedarme en el orificio del glande, donde mis mordisquitos se hicieron delicados e intensos.
—¡Mi hermosa soñadora…! Tú tienes que haber aprendido todo esto en alguna parte… Lo mismo que perdiste el virgo a base de pajas… ¡Qué bien lo haces… y cómo me derritessss…!
Sin embargo, queriendo prolongar el momento, Marcial rompió el contacto: saltó a la cama, colocó un almohadón a los pies, y se puso de rodillas. Al mismo tiempo, yo me sujetaba las medias al liguero de cintura…
—¡Sigue ahora tú, Adela!
Me agaché como si fuera a beber de una fuente, y volví a tragarme su polla. Ya no necesité esforzarme demasiado para que él se corriera ampliamente, llenándome la boca de un denso líquido blanquecino, cuyo sabor me resultó muy agradable.
Los diez minutos siguientes nos lo pasamos hablando de trivialidades, a la vez que nos recuperábamos. Seguidamente, él me penetró en diferentes posiciones, llevándome a la conquista de cuatro orgasmos más… ¡Y yo no me quedé satisfecha!
—¡No creí que fueses una ninfómana, cariño! —comentó Marcial, con un tonillo irónico.
Sólo durante unos minutos pareció que iba a romperse el hervor sexual. Fue cuando escuchamos un ruido a nuestras espaldas. Los dos nos volvimos, sorprendidos. Pero él reaccionó casi en el acto:
—¡Ha sido detrás de las cortinas! Tengo muchas cosas apoyadas en la pared… Seguro que algunas de ellas se han caído.
A mí me valió la explicación, pues sólo estaba para un objetivo: satisfacer mis hambres de macho… ¡Y fui plenamente complacida!
Después de aquel día, casi nuevo y lleno de experiencias, decidí dejar a mis otros amigos. Porque sólo quería tratarme con Marcial. Y éste acabó por enseñarme también a recibirle por detrás. Entre sus brazos disfruté de horas inenarrables.
Pasado algún tiempo, él me descubrió que no habíamos estado solos. Algunos amigos suyos, escondidos detrás de unas cortinas, pudieron asistir a todos nuestros juegos sexuales. Yo le miré asombrada, a la vez que le oía decirme que debía sentirme orgullosa por el hecho de que otros hombres pudiesen gozar contemplándome desnuda. Me sentí morir de vergüenza y de rabia. Mi pesadilla se había aproximado terriblemente a la realidad.
Por eso le propiné una fuerte bofetada, y escapé de su lado.
Estuve toda una semana sin verle. Pero, también por justificar su proceder, debido a que, en realidad, estaba loca por su polla. Una noche no pude resistir ni un segundo más nuestra separación, y le telefoneé. Me había prometido no volver a su casa. Por lo que me dije que con verle de vez en cuando me conformaría.
La verdad es que todos mis propósitos se vinieron abajo en cuanto le tuve ante mis ojos.
Me pareció más guapo que nunca: alto, fuerte y con su mentón tan varonil. Aquella misma noche me dejé llevar a un apartamento de soltero, después de hacerle prometer muchas veces que estaríamos completamente solos. Marcial me lo juró, y yo me sentí completamente feliz. Me parecía mentira tenerle allí, a mi disposición: los dos solos durante una eterna e inolvidable noche de sexo.
Cuando me rodeó con sus brazos, Marcial empezó a besarme mecánicamente; fue un largo y frío juego, que yo recibí con apasionamiento: gemí estremecida, y él ahondó cada vez con más profundidad en la fuente de mis jóvenes humores. Su lengua llegó hasta la máxima profundidad que podía alcanzar, y resultó tan adherente que pareció formar parte de mi coño.
Yo respondí a todas sus iniciativas con movimientos ondulantes de mi vientre. Me sentía una mujer experta, más que nunca. Pues, cuanto más movía el cuerpo, mayor era la insistencia de Marcial en hacerme experimentar unas nuevas sensaciones que me hervían la sangre… De pronto, me puse a temblar, como si fuera presa de una inmensa fiebre y grité llena de felicidad, mientras mi flujo llenaba la garganta del macho.
Seguidamente, le tomé la polla, y me la clavé como una loca. La sentí dentro, a la vez que me recorría un largo escalofrío. Porque Marcial me volvía loca con sus movimientos astutos y calculados: se retiraba de la penetración y volvía a introducirse de nuevo. El polvo duró mucho tiempo. Después, todo pareció estallar dentro de mí, y él aceleró su martilleo de una forma más violenta. Al fin, los vaivenes se hicieron confusos y precipitados, y yo me ofrecí retorciéndome ante los golpes desencadenados. Hasta que él se corrió con un grito tremendo. Sin embargo, no me sentí harta. Experimentaba la necesidad de gustar más al hombre, con el fin de que no se apagara el fuego que ardía dentro de mí.
Y al cabo de unos minutos, como personajes de mi pesadilla, aparecieron dos amigos de Marcial completamente desnudos. ¡Y dispuestos a follarme!
—¿Qué hacéis aquí? —pregunté, aterrorizada.
No recibí nada más que unas sonrisas ansiosas y despreciativas. Los ojos de ambos ardían de pasión y deseo. Uno de ellos se echó sobre mí, y empezó a magrearme con manos expertas.
—¡Marcial, que se vayan… Por favor… Tú me lo prometiste…! —grité.
El hombre que yo creía de confianza no respondió, ya que se limitó a contemplar la escena con un gesto divertido.
—¡Deja de chillar, guapa! ¡Un hombre solo no puede aguantar todas tus hambres! ¡Necesitas a tres machos, por lo menos! —exclamó el tío, con un gran recochineo.
Al mismo tiempo, hizo señas al otro amigo para que le ayudase. Y así los dos me inmovilizaron. Me encontré con las piernas abiertas, dispuesta a ser follada de nuevo; uno de los machos comenzó a acariciarme el pubis con un arte refinado. Y me invadió la rabia y la excitación. Porque la mano varonil tocaba mi zona vaginal y profundizaba. Sentí como si me hubiera paralizado, y me quedé sin acciones de protesta.
Repentinamente, noté que el segundo me magreaba las tetas; al mismo tiempo, el otro me penetraba con su lengua en el coño, haciéndome estremecer involuntariamente. Mi cuerpo comenzó a ser recorrido por la boca del segundo violador, el cual buscaba con gran pericia mis puntos erógenos.
En aquel momento, abrí los ojos y vi a Marcial contemplando a los dos que me estaban follando; además, escuché mis propios lamentos ajenos, como si estuviese borracha… Las lenguas de los machos bajaron por mi vientre con tremenda lentitud, y se reunieron en la rosa abierta que era mi chumino.
Me mordí los labios de desilusión y de rabia, a pesar de que las manipulaciones del primer macho me llenaban cada vez más de placer: la boca en el coño me despertaba unas ansias extraordinarias. No pude resistir más, y acusé la ansiedad de eliminar rápidamente el espacio que me separaba de su polla.
Al instante fui servida con el erecto bastón, que se colocó para devorarme con todas sus energías. Pronto experimenté los espasmos del orgasmo, y grité con todas mis fuerzas, sin importarme originar un gran tumulto. Inicié una danza de gozo, que no acababa nunca y que tenía poco de humana.
Entonces, el macho me levantó el rostro, y empezó a besarme; primero, los ojos; y luego, la boca, en un largo y enervante contacto… Le sentí arder dentro de mí, como si se hubiera vuelto de fuego. Cuando se vació, al fin, por completo en mi orificio, y se echó a un lado para dar paso al segundo macho, que reclamaba su parte de sexo. También él me excitó con las manos y con la lengua. Y me vi exclamando con furia:
—¡Te quiero a ti también… y ahora!
—¡No, es pronto… Espera un poco…! —gritó el violador con una sonrisa cruel en sus ojos.
—¡Te deseo ahora! —exigí.
De nuevo susurré frases ininteligibles, buscando la polla. La sentí erguirse sobre mi naturaleza. Al mismo tiempo, gustaba de torturarme retrasando el momento final. Las laboriosas chupadas terminaron por no saciar mi deseo de posesión. Por lo que tomé entre mis manos el asta, y la tuve largo rato apretada, acariciándola y adorándola. Arqueé la espalda, y me la metí en el lugar deseado, ejecutando el movimiento de una manera incontenible. Lentamente, comencé a moverme bajo el cuerpo que me aplastaba.
Y sentí que se agitaba junto a mí, que seguía al mismo ritmo; luego, gocé del primer espasmo de placer, sin preocuparme de nada. La polla entraba y salía, consiguiendo que mi placer fuese interminable.
También él alcanzó el orgasmo. Y cuando yo yacía en la cama, aún deseosa de más sexo, me di cuenta de que Marcial me observaba sonriendo, y le forcé a tomarla de nuevo, solamente para satisfacer mis ansias insaciables. Mi amor por él había terminado por completo.
Desde aquella noche, no volví a tener pesadillas. Preferí buscar a los machos allí donde se encontraban. Quise encontrar un hombre que supiera comprenderme, que apagara mis hambres, y que me permitiese comprobar si realmente soy una ninfómana o si aquello sólo fue una desesperada reacción de «tres machos calientes.»
Adela – Madrid