Mi trabajo consiste en tener todo preparado para la llegada de los campistas. El camping es como todos. En el centro hay un comedor general, que se llena cuando llueve muy fuerte. A ambos laterales se ha instalado una línea de media docena de baños con duchas. Por cierto, allí se cuenta con el trazado para el paso de peatones, así como los sitios marcados para estacionar los vehículos. Un poco más al fondo, está el lugar reservado para quienes viajan con tiendas de campaña, pues disfrutan de los mismos servicios de los que llegan en vehículos, sólo que pagan un precio menor.
Bueno, el caso es que llegaron estas dos chicas, Marta y Delia, y me pidieron un sitio para estacionar el coche y la caravana, que es otra de las combinaciones que hay en el camping. Les indiqué el lugar más conveniente, y ellas se pusieron a trabajar para instalarse.
Mientras tanto, yo recorría las otras zonas, porque me gano algunas propinas cuando las personas que no quieren caminar me piden que les traiga alguna bebida de la cantidad o del almacén adjunto. Casi estaba atardeciendo cuando pasé junto al coche de aquéllas, y me di cuenta de que todavía no habían podido montar las conexiones para la luz y el agua.
Me puse a ayudarlas y en menos de quince minutos todo estaba listo. Un poco acaloradas por el trabajo, ellas se hallaban vestidas sólo con sus bikinis. Y puedo decir que eso me distrajo bastante mientras las ayudaba, debido a que tenían buenos cuerpos y tetas muy jóvenes, duras y alzadas, que se movían constantemente.
Mi bulto, por cierto, no había estado tranquilo con todo aquel movimiento. Se había ido el sol, y todavía había que montar dentro de la «caravana» todas mis cosas para la cena. Fue Marta la que me pidió que se lo llevara. Pero, al coger las bolsas, se rompieron las asas, y casi todo lo que había dentro se desparramó por el suelo. Fui recogiéndolo y, para mi sorpresa, también encontré un vibrador con forma de polla, de color carne rosada. Al verme con el aparatito en la mano, ambas amigas se pusieron a reír ante mi cara de sorpresa.
—Oye, ¿es que nunca has visto un adminículo de éstos?
—Sí, pero no sé cómo se usan; ni sé si valen la pena.
—¿Quieres que te lo demostremos? —me preguntó Delia, muy picarona.
Las dos tiraron de mí hasta el interior de la caravana, donde se metieron el vibrador en el coño, sin dejar de reír. Pero, muy pronto, sólo las preocupó el goce que estaban consiguiendo.
De pronto, me vi al lado de Marta; mientras, Delia se colocaba de pie sobre su amiga, con los talones casi rozando los costados de mi cuerpo. Yo me hallaba obsesionado con el cunnilingus. Sin embargo, tardé muy poco en deshacerlo, me deslicé fuera del lecho, y me quedé mirándolas. Las dos chavalas se estaban dando un beso mojado, con las lenguas danzando lujuriosamente. Supongo que sus coños también se encontraban bien encharcados, y me cuidé enseguida de ventilarlos.
Poco más tarde, Marta y yo hicimos que Delia se pusiera de rodillas, con el trasero exageradamente en alto. Y repetimos la exploración anterior. Ya no le cupo la menor duda a la atacada de mis intenciones… ¡Iba a ofrecer mi tremenda polla a la cavidad más prieta y vulnerable de su cuerpo!
La chavala suspiró profundamente; y dejé que mis manos se posaran por todo su cuerpo. Aún llevaba el sujetador y las bragas. No debió extrañarle que se los arrancásemos de lo calientes que nos encontrábamos. Sin embargo…
—¡Vas a ser la reina de la casa de esta «fiesta»! —le anunció Marta, buscando el pezón derecho de su amiga, para mordisquearlo y lamerlo con una boca de tigresa lujuriosa.
—Se diría que habéis estado «conspirando» en contra de mi resistencia física —continuó Delia bromeando, a pesar de no tenerlas todas consigo.
Las dos se miraron con una maliciosa expresión de complicidad; y, acto seguido, yo la abrí de piernas, para que la otra bisexual se sumergiera en las ingles de Delia. Encontró una enorme cantidad de caldos y un clítoris agitadísimo; pero ella se cuidó de multiplicar los efectos con una lengua que habría derretido millones de helados… ¡Si hubo momentos en los que creí que se iba a llevar los grandes labios de su amiga con las pasadas más poderosas! ¡¡Y el orgasmo llegó irresistible!!
¿Nos hallábamos dispuestos a convertir a Delia en un objeto sexual? Que la estábamos utilizando era muy fácil de comprender; pero, ¿por qué? La boca de Marta seguía entregada a un inmersión de más diez o quince minutos, lo que consideré un prodigio de resistencia. Al mismo tiempo, la otra se derretía con los orgasmos, manteniendo los ojos cerrados, la boca abierta a la manera de una espita que libera el exceso de vapor —todo el interior de su cuerpo, en especial el coño, era una caldera funcionando más allá de los límites de peligro— y los temblores se acumulaban en cada uno de los poros de su piel…
—¿Qué pretendéis ahora, cacho golfos? —protestó con hilo de voz— Esta ha cambiado la lengua por los dedos… ¿Va a arrancarme algo en el chichi?
Su amiga no dejó de titilarme todo… ¡Hasta el agujero del culo!
Pero es que encima, en las pocas veces que Delia encontraba las fuerzas suficientes para abrir los ojos, se tropezaba con que nuestras expresiones de complicidad eran más evidentes. Tragó saliva e hizo intención de preguntarnos. ¡No se lo permitimos! Los dos nos cuidamos de su cuerpo, imponiéndole la postura de cuclillas sobre la colcha… ¡Y cuando la situamos donde nos convenía, fue para que yo le clavase la polla!
Con mi rodillo de amasar en el interior de sus carnes, ascendiendo y descendiendo progresivamente, a ritmo de «déjate hipnotizar por mis folladas, nena», las preguntas se fueron alejando de su cerebro… Le importaba muchísimo más mantenerse a merced del oleaje de los clímax, arrastrada por un placer desbordante… ¡En cuya consecución tenía mucho que ver Marta, debido a que la estaba besando en la boca y acariciando las tetas y el vientre!
En otras ocasiones ella se había encontrado bajo tan sublime tratamiento; pero le daba la impresión de que ambos nos esforzábamos mucho más, igual que si pretendiéramos obtener un trofeo misterioso…
¡No, allí todo era realidad! De despertarle a la alegría, al estallido de felicidad, se cuidaba mi cipote, que no cesaba de arrearle unas emboladas que le estaban desencajando los ovarios… ¡Profirió un alarido y se tuvo que sujetar a Marta!
¡Allí estaba! Mi capullo buscó por los alrededores de su ano, encontró el lugar exacto y, de un solo golpe, entró sin llamar… ¡Delia creyó que sus carnes eran rasgadas, heridas por un ariete provisto de cientos de asperezas, y gimió! ¡Pero, casi al instante, la punta de mi invasor llegó a sus esfínteres o a una zona donde se guarda el relajante adecuado…!
Lentamente, el dolor se fue aliviando, como si se perdiera en un torbellino de carnaval; y el placer terminó por llenar su galería… ¡Además, allí estaba la lengua de Marta, buscando de la amiga su papel de la mejor aliada!
El beso que las dos entregaron les sirvió de elixir, de reconfortante ante la docena de orgasmos que habían eclosionado en las carnes internas de Delia, en parajes donde su voluntad quedaba anulada por el goce…
Muy lejos, le pareció que mi polla estaba saltando del coño al ano; ¿O lo hacía en sentido contrario…? ¡Me cuesta a mí tanto recordarlo! Bebí la saliva de ambas chavalas… ¿Por qué Marta no permitía que su amiga absorbiera el esperma por el recto o por el canal vaginal?
De vez en cuando surgían las preguntas, aunque sólo se mantenían en nuestros cerebros durante unos breves segundos. Arrasadas por las penetraciones. Latigazos de goce, casi impactos sádicos… Hasta que llevamos a Delia al comedor de la caravana, donde los tres nos tendimos en una alfombra de pelo. Sólo con la intención de que yo «aplastase» a Marta: sentado en sus glúteos, con las piernas dobladas hasta casi llegarle a la cabeza, le aticé unos cipotazos despiadados… ¡Qué le forzaron a gritar «¡más, más…!», inmersa en una locura sexual!
En aquella ocasión yo diría que Delia no estuvo cerca de nosotros, para servir a la amiga la boca como un pozo lleno de esa agua-saliva que cumple el papel de oasis en pleno desierto. Todo en la chavala era ansiedad desesperada: un cabalgar en el centro de la estampida de sus pasiones, sabiendo que no iba a desplomarse en el suelo, sin que le abandonara el vértigo… ¡Y mi polla no dejaba de cumplir el papel de espuela y caricia, dominando y, a la vez, materializando una entrega amorosa!
—¡Es tuyo, Delia… Acabamos de vivir la hora más intensa de nuestras vidas…! —exclamó Marta, queriendo que sus frases quedasen grabadas en mi mente.
Lo que sí se mantuvo firme en su realidad fue el estallido del esperma: una invasión que compartieron los agujeros anal y vaginal, aunque una gran parte quedó entre los dos, a la que se unió la presión de sus dedos y los golpetazos de su pelvis… ¡¡El cierre extraordinario para un polvo único!
Jaime – Gerona





























