Os voy a contar un extraño sueño que debe estar ligado a las fantasías que mi último amante ha conseguido transmitirme. Ante todo quiero advertiros que estamos perdidamente enamorados el uno del otro.
Mientras estoy en un jardín, sentada en una silla de hierro y mordisqueando una pajita, me siento muy hermosa. De pronto aparece mi último hombre y me pregunta:
–¿Estás hoy dispuesta a ligar?
–Si tú estás de acuerdo — contesté, siguiéndole el juego.
–Claro, pero luego me tienes que contar lo que suceda. ¿Te has puesto bragas limpias?
–Siempre lo hago cuando me dispongo a follar con un hombre al que no conozco.
Llevo unas bragas de encaje blanco, unas medias de seda, y unos zapatos de tacón. Cuando él se marcha, me desnudó el chocho. Tendría que mantenerlo tapado, pero no puedo resistir el deseo de ser lo más provocativa posible.
En aquel momento descubro a un hombre que me da un poco de miedo. Se encuentra al otro lado de las verjas del jardín. No me quita ojo. Recuerdo las órdenes de mi amante, y me muestro muy sugestiva.
—¡Tía, si quieres guerra, aquí tienes a un belicista completo! ¡Sobre todo cuando el «ejército enemigo» está tan hermoso como tú! —me suelta, demostrando que es un ser vulgar.
Le invito a que entre. Me quita la pajita de los labios y empieza a acariciarme lentamente, como si le complaciera cambiar de actitud. A mitad del muslo entra en contacto con mi piel. Asciende a mi coño. Me siento tremendamente excitada. Me desnuda con dulzura y me encuentro con los zapatos y las medias, únicamente.
Se quita él la ropa y me asalta un placer devastador al contemplarle. Pronto sus besos comienzan a cubrir mi cuerpo y me noto electrizada. Resulta una pasión maravillosa. Luego se coloca sobre mí e inicia un movimiento ondulante…
Por fortuna mi coño está tan rojo que debe parecerle un semáforo. Y como a mí me gusta burlarme de todas las prohibiciones, le pido:
—¡Adelante, macho… Ponme tu espingarda en la boca! ¡Seguro que te lo desgasto de dos chupetones!
—¡Ojalá que sea así, zorra!
Me la metí en los labios, chupándola furiosamente. A la vez, él me está trajinando el chichi con los dedos de la mano izquierda… ¡Vaya martirio que me hace tan feliz: hubiese preferido estar siendo follada, pero me conformo con esto esperando que, luego, lleguemos a lo que verdaderamente estoy necesitando!
Follar se ha convertido en una obsesión para mí. Sin embargo, el tío se hace rogar. Prefiere darme nabo en cantidad por la boca. Por eso me amorro al mismo, de la misma forma que una drogadicta. ¡Vaya caladas tan intensas que le doy! Si hasta me quedo con la piel del glande entre los labios.
—Putona, vas a tener que poner en tu jardín un letrero que diga: «Peligro: ninfómana suelta!» ¡Voy a echarte mi leche hasta que te salga por los ojos!
De rodillas sobre mi cabeza, con las columnas de sus muslos bien extendidas, me entrego a aquel banquete muy en el papel de una artista de la mamada. Bien sujeto para que no se me escape, paso la lengua por toda la suave cabeza del capullo, rebordeo esa zona donde los que no la usan forman una repugnante masa blanquecina… ¡El tío la tiene bien brillante y saludable! Bajo a por la vena que se dilata más allá de la piel y beso sus cojones… ¡El vástago ya es mío!
He encontrado su «talón de Aquiles». Pronto siento el nacimiento de la lava de su esperma. Y tengo muy en cuenta su promesa de que «te salga por los ojos». Por este motivo me meto entre las tetas su polla, para dedicarle una paja especial; Supone un verdadero brazo lo que se encaja entre mis carnes hirvientes.
—¡Abre tu boca, putona de mil diablos… Tu boca es donde voy a echarte el líquido que está a punto de reventar mis huevos…! ¡Vamos, mamamela otra vez…!
Sin dejar que yo remate la mamada, tal vez apiadado al ver mis temblores, me lleva a una tumbona que se encuentra en el jardín. Con tanto jaleo a mí me ha deshecho el peinado. Me noto salvaje y ansiosa de verme rellena de picha. No me quedo con las ganas.
La tranca que me clava por detrás el desconocido es de las que usaban los hombres de las cavernas: repleta de nudos, poderosa y capaz de acabar con todos mis deseos de rebeldía. Aquel macho me trabaja de tal manera, que me dejó flojísima. Sólo anhelo más trajín del bueno: una barrena que me deje desfondada.
Y él, igual que si temiera que yo me fuera a escapar, me sujeta por los pies, y ahonda… Ahonda dentro de mi tesoro, arrasador y obligándome a temblar. Muertecita de un frío-calor que está robando el aliento, la vida y cada partícula de mi ser.
—¡Suéltame tu leche, bandido! —le ordeno, exigente.
He perdido la cuenta dé los orgasmos que han reblandecido mis ingles.
—¡Calla, zorrona, que esto te gusta más que a un niño un caramelo de palito! ¡Aquí se hará lo que yo diga!
Continué frotando la cabeza de su polla con las tetas. De repente, me alza en vilo, se apodera de mis cachas y me la clava hasta los ovarios. Y de dos emboladas me suelta su leche…
No sé cuantas horas dura aquello, pero yo tengo muchos orgasmos seguidos. Todo resulta maravilloso, y me domina la sensación de relajamiento y felicidad cuando me separo del extraño.
Al volver a casa le cuento a mi marido todo con detalle. Lo excitó muchísimo. Luego, repite paso a paso las diferentes posiciones en las que el hombre y yo hemos follado. Al final, me folla como nunca lo había hecho hasta ahora. Gozamos el uno del otro durante toda la noche, hasta que nos quedamos dormidos.
Yo sé que este sueño, que realmente me hizo gozar mucho, es la consecuencia de la cantidad de veces que mi marido y yo tocamos el tema. No sé si alguna vez nos decidiremos a dar este paso. Quizá os sorprenda que dos personas enamoradas como nosotros quieran mezclar a alguien más en su relación sexual. Pero no cabe duda que una de las bases que consigue que nuestro matrimonio sea tan maravilloso es precisamente la riqueza de nuestra vida íntima y la ilusión con que siempre tratamos de animarla con nuevos ingredientes. ¿Lo comprendéis?
Carma – Barcelona