El tío tenía una planta fenomenal. Vino a la mesa donde yo estaba. Pidió permiso para sentarse y lo hizo. Era un tío educado. Porque hay hombres que suponen que, por el hecho de estar con una puta, la educación sobra. La educación y esas cosas, los detalles pequeños que hacen que una mujer joda a gusto o pensando en las musarañas.
Pedimos dos whiskys a Luis y nos pusimos a hablar. Hay hombres que lo primero que hacen es preguntarte cuanto les vas a cobrar. No les culpo del todo, porque en esto del puterío hay demasiada cabrona e hija de puta hortera y sin la mínima clase que van con el precio por delante y que lo primero que hacen, cuando se acercan a un hombre es decirles «Por 100, lo vas a pasar inolvidable”.
Para hablar de la pasta, cuando se trata de joder, hay que tener mucho cuidado. Es necesario elegir el momento crítico, el oportuno, porque yo he conocido a hombres que se les ha arrugado durante un mes por el sólo hecho de decirles el precio en el momento no adecuado.
Claro, a veces, te jodes, porque te tiras la intemerata hablando con un tío, creyendo que todo está hecho, y en el momento cumbre, se echan atrás, por aquello del precio. Pero son riesgos que yo prefiero correr, porque la clase es la clase.
Bueno, el tío era hermoso. Me dijo que se llamaba Alejandro, que era médico y que vivía en Barcelona. Estaba en Madrid por algunos asuntos de su trabajo. Al tío le gusta hablar. Y mientras lo hacía, no dejaba de mirarme a los pies. Precisamente, esa tarde llevaba yo unos zapatos negros, nuevecitos por los que había pagado una pasta enorme. Los zapatos me dejaban los dedos al descubierto. El tío se entusiasmaba mirando.
—Me gustan… -dijo.
—¿Los zapatos?
—No, los pies… Los zapatos son bonitos, pero tus pies son maravillosos. Y tus uñas. Para mí, las uñas son la parte más erótica de la mujer. Las uñas de los pies, sobre todo. Y especialmente, cuando están pintadas de rojo… El rojo es mi color preferido…
Los pies, los zapatos, las uñas, el rojo, ya tenía otro tío con la neura. No tenéis idea de los tíos que joden a base de neura. De pronto, el tío me dijo:
—Vamos a pasear un rato juntos, ¿te parece?
— Encantada, amor.
—Iremos a mi hotel, que es mejor… ¿Te importa decirme de que color es la ropa íntima que llevas puesta?
—Blanca. Es preciosa, ya verás…
El tío sonrió. Luego, dijo:
—Mi color es el rojo. Así que vamos a hacer una cosa, si no te importa. Antes de irnos al hotel, pasamos por algún sitio y te compras ropa interior roja y unos zapatos rojos. Será un regalo mío, por supuesto…
¿Ven? Este uno de los casos que tienes que correr el riesgo. No puedes hablar de pasta, ni pedirla por anticipado, ni esas leches tan necesarias. Bueno, sí puedes, pero corriendo el riesgo de que al tío se le vayan los deseos a los picos de Europa.
Cuando llegamos al Corte Inglés, el tío se cortó un poco. Se lo noté en seguida.
—¿Prefieres esperarme en la cafetería? -le pregunté.
—Sí ¡mejor! acabas de tener una buena idea.
Se sacó del bolsillo del pantalón un fajo y me dio tres billetes de 100.
— Hasta ahora mismo, amor.
Me compré dos juegos, uno rojo vivo y otro rosa, y unos zapatos rojos. Subí a la cafetería.
—¿Quieres ver mis compras?
—No, luego -dijo sonriendo.
Media hora más tarde, estábamos ya en la habitación de su hotel. Uno de cinco estrellas que hay en la Castellana.
— Dime tu verdadero nombre. No te puedes llamar África.
—No… Tengo un nombre feísimo, amor. Y ya me he acostumbrado a África. Me parece precioso. ¿Me pongo la ropa que me has regalado?
—Sí… claro. Pero no lo hagas aquí. Quiero que sea como una sorpresa. Te pones la ropa y los zapatos, y vuelves aquí totalmente vestida.
Cuando regresé del cuarto de baño, encontré al tío tumbado en la cama y en mangas de camisa, pero con los pantalones puestos. Le había cambiado la cara. Estaba como congestionado. Intenté acercarme hasta donde estaba, pero me detuvo diciéndome:
— Quédate ahí… Paséate delante de mí, lentamente. Luego, te sientas en el sillón, pero sin dejar de mostrarme los pies. Te quitas lentamente el vestido…
Me pasee durante unos minutos, con los ojos del tío fijos en mis pies. Unos minutos después, me quité el vestido y me senté en el sillón mejor situado para que él me viera. Las braguitas y el sostén rojos eran una maravilla. El tío se quitó los pantalones sin bajarse de la cama. Yo alargaba mis piernas hacia él como si quisiera alcanzarle, hasta casi llegar con la puntera de los zapatos hasta el borde de la cama.
El tío jadeaba. Vi que se sacaba la cosa del slip. Tenía una polla guapa, que se había puesto derecha, terriblemente tiesa. El tío se la miraba y se la acariciaba. Sus ojos iban de la polla a mis pies, de mis pies a la braguita y al sostén.
Me dijo, con voz caliente:
— Ahora paséate otra vez…
Me paseé. Estuve así durante unos minutos hasta que le dije al tío.
— ¿Quieres que te haga algo, amor?
— No, yo a ti… Ven… Acércate…
Me mantuvo de pie al borde de la cama. Entonces, se puso a lamerme. Me lamía como si se estuviese ahogando. Lo hacía por encima de la tela de la braguita. Efectivamente, le gustaba el rojo, si detrás había un coño.
A veces me bajaba la braguita, pero no del todo, sino a medias, sólo lo suficiente para que los pelos del coño quedasen parcialmente al descubierto.
— Cómemelo, amor… Es rojo por dentro…
El tío no dijo nada. Lamía, levantaba los brazos hasta alcanzar con sus manos mis tetas, todavía con el sostén rojo, y a lo más que llegó fue a meter su lengua entre los bordes de la braguita.
Después, el tío me dijo que me subiera a la cama, pero sin quitarme nada. Ni los zapatos. El siguió tumbado Me colocó frente a la cabecera de la cama, apoyada en la pared. Y entonces fue cuando empezó a chuparme los pies. Bueno, los zapatos. Lo que primero chupó fueron los zapatos. Chupaba y lamía como un loco. Estuvo así un buen tiempo, hasta que me quitó el del pie derecho y lamió la suela, los bordes, y se metió el tacón en la boca, como si fuese una verga.
—Quiero chupártela, amor -le dije.
—No. no… Tú sigue así…
Y, enseguida, se puso a lamerme el pie descalzo. Miraba detenidamente los dedos, las uñas pintadas de rojo y se ponía a chupar y a lamer como un poseso.
Tras un rato así, me pidió que nuevamente me calzase el zapato que me había quitado. Me hizo tumbarme a través, en la cama, y el se levantó. Cogió mis pies con mis zapatos rojos y se atrapó con ellos la polla. La presionaba, se la meneaba, moviéndose, como si estuviese echando un polvo con los zapatos, como si los zapatos fueran un coño.
— Toda roja, África, toda roja… -murmuraba el hijo de puta.
Yo presentía que se iba a correr, así que intenté acelerar la cosa. Le dije, con voz muy caliente:
— Sí, toda roja para ti, amor… Las tetas rojas, el coño rojo, toda de rojo para que me jodas bien…
Cuando empezó a correrse, pegó un grito, el muy cabrón. Os aseguro que tenía leche almacenada. Me llegó un buen chorro, que cayó sobre mis braguitas. La leche que seguía saliendo resbalaba por mis zapatos rojos nuevos, mientras el tío, jadeando, miraba al techo y se estremecía.
Cuando acabó de manar leche, el tío se tumbó de bruces en la cama, diciendo cosas que yo no entendía. Le dejé descansar durante unos minutos. Después, me levanté de la cama y me fui al cuarto de baño.
Cuando regresé, ya estaba vestido. Me dio otras tres billetes de 100.
—¿Lo has pasado bien, amor? -le pregunté.
El cabrón sonrió ladinamente. Luego, dijo:
— Puedes marcharte ya.
Hijoputa
África – Barcelona