¡Espero que los polvos hayan sido propicios en esta semana! Yo no acierto a entender que me pasa para que no pase una semana sin que me vea metida en algún percance sexo – emotivo – material. Aunque, bien mirado, siempre salgo ganando en conocimientos, amén de dejar k.o. a mi libido.
Antes de ponerme ante la máquina de juntar letras pensé en editar un video para explicar con pelos y señales la experiencia que he vivido. Pero considero que sería un tanto engorroso para nuestro editor el introducir en medio del artículo un video, así que paso a explicar una hazaña «video-sexual».
El Pepón, siempre que va caliente, es decir a todas horas, me sorprende con algún regalo que aumenta nuestro deleite sexual. El otro día se presentó en casa con una enorme caja. «Vamos a follar como los ángeles», dijo. Yo me quedé un tanto asustada porque pensé que, o había cambiado toda la mitología o al Pepón le habían cortado las pelotas.
Pero el susto duró lo que mi gran follador tardó en arrancar de cuajo los cartones del envoltorio. «¡Mira, Manuela!». Me enseñó todo ufano una video-cámara. «Pero, chalao, si no sabes ni utilizar una máquina de hacer fotos de juguete, cómo te las vas a entender con este trasto». Me aseguró que había practicado durante diez días y que sabía manejarla a la perfección.
Dispuso todo el material en la habitación. Colocó un trípode a los pies de la cama, puso el aparato encima y la televisión en un ángulo del catre, de manera que se pudiera ver desde gran parte del mueble de joder. La enchufó, la tele y el video, claro, y me di cuenta de que tenía las sábanas más limpias, suaves y bonitas del vecindario. Pasé de decírselo a mi vecina e indiqué al Pepón que me explicara qué debíamos hacer.
—Tú te despelotas como la Rita Haywort, pero a tope, me dijo.
— Sí, pero la hostia se la das a tu madre…
Pusimos en el «tocata» «J’ai t’aime», porque Pepón decía que se hacía pajas con esta música cuando era pequeño, y me desnudé poco a poco y poniendo todo mi interés en parecer una profesional. — ¡Chan-ta-ta-chan! Ante sus maravillados ojos, Supercipote.
Pepón apareció ante la cámara de un salto y con la polla tiesa.
—¿Dígame, cándida jovencita, hay algún pillo que quiera pillarla? No se preocupe, aquí está Supercipote para salvaguardar su honor y poner a buen recaudo a todos los impotentes. ¡Pero… cielos… se encuentra herida!
Pepón palpó mi chumino y lo sobó con delicadeza.
—Es irreversible, el super pillo ha utilizado sus malas artes para castigarme. La herida va a más y hay que taponarla antes de que sea demasiado tarde.
Me cogió en volandas y aterrizamos en la cama. Me introdujo su tranca y taponó hasta el último milímetro de la «herida».
La televisión mostraba la imagen con toda la fidelidad. A mí me parecía que estaba jodiendo con un escarabajo gigante. Levanté la capa y el culo de Pepón ocupó gran parte de la pantalla. Ahora parecía el escarabajo de la patata, una y con pelo por delante y otra por atrás. Me IIegó el primer orgasmo en medio de una cascada de carcajadas. Nunca me había reído tanto.
Luego Pepón trató de emular a Tarzán y se atizó un «guarrazo» contra la cabecera de la cama que poco más y queda para el arrastre — la cama —. Se puso un paño de cocina de taparrabos que ni tapaba el rabo ni lo que cuelga. Yo iba a su lado en planchita. El coño abierto y excitado tras el primer polvo, se me puso al máximo y le pedí a mi hombre mono que me hiciera un par de monerías con su liana gigante.
En total estuvimos casi un par de horas ante la cámara. Me folló «Supercipote», «Tarzán de los güevos» «Indiana pollas», «el Gremlin vicioso», el llanero follador, en fin, medio Hollywoo. Después vimos toda la cinta y nos partimos de risa.
Me dejó todo el equipo en casa. Yo solamente utilizaba el portatil para ver películas y guardaba la cinta que grabamos con Pepón para enseñársela a mi vecina en uno de esos días de lluvia que se dejaba caer por mi casa y por mi cama.
Pocos días después apareció por casa mi padre en una sus infrecuentes visitas. Yo había quedado con unos amigos para organizar la estrategia a seguir contra los «numerus clausus» en las universidades. Así que dejé a mi padre en casa y le indiqué la estantería en donde guardaba varias películas en vídeo. Al volver a casa me encontré una nota en el lugar que ocupaba mi papá. «Marylin Monroe también empezó desde abajo, pero ¿no crees que te pasas, hija?», decía la nota. Me acerqué hasta el aparato y vi que había pasado la cinta que protagonizamos Pepón y yo.
Manuela – Madrid