Unos encuentros de follada

Amparito vive en una colonia de extranjeros que alguien edificó en Sierra Morena. Es un lugar paradisíaco al que yo llegué hace cuatro años en una de mis frecuentes caminatas. Soy un escritor de guías de turismo y vivo de los ojos, los pies y mis dotes de observación.

Ella era dueña de un restaurante especializado en comida alemana. La sometí a un exhaustivo interrogatorio; mientras, daba cuenta del menú que acababa de servirme y, al final, nos fuimos a la cama. Lo que sucedió nunca lo había escrito hasta hoy…

Porque esta golfilla, una sevillana regada con aguas del Guadalquivir, estuvo casada con un rubio alemán de Hamburgo, lo que no le privó de sus tiernas carnecitas y de un saborcillo andaluz que a mí subyugó. No obstante, teníamos una costumbre…

—Ven, alma mía, que tú eres como las hojas del calendario…

Este fue su saludo nada más verme, porque tenemos pactados los encuentros en la primera semana del verano y en la cuarta del otoño. Sin fallarnos. ¡Lo bueno por breve siempre resulta mucho mejor!

Allí se encontraba el sofá que había sido mudo testigo de nuestras anteriores folladas. La desnudé las tetas, y ella sopesó el bulto de mi bragueta. Avivándolo.

En los cinco siguientes minutos mi única tarea fue ir desnudando a Amparito, como si me la tuviera olvidada… ¡Un imposible! Más bien para embriagarme con el aroma de su chumino, admirar la suavidad de sus muslos y recrearme con las curvas de sus nalgas. Recuerdos que se hacían realidad a cada instante.

—La inspección de cada encuentro, alma mía. ¡Qué no me han «robao ná los que me entrenan» hasta que tú vuelves a mi lado! ¡Pues eres mi único rey! ¿Quieres que te lo jure por «toos mis muertos»?

Me quedé con sus bragas. Repentinamente, Amparito me propinó un empujón para hacerme caer en el centro del sofá y, acto seguido, me abrió la cinturilla del pantalón y me sacó la polla. Estaba impaciente.

—¡Oh, mi «vigoroso caminante», tú no me fallas nunca… Aquí está tu torito bravo enseñándome sus pitones en uno solo… Uy, uy… La boquita se me hace agua…! ¡A tragar saliva!

Empezó a mamarme con esa pasión tan suya, igual que si estuviera probando un embutido para conocer su origen, el tiempo de curación y su calidad. En seguida se estiró sobre el sofá con las bragas rodeando sus muslos. Yo la dejé hacer… ¿Tenía otra elección?

Procuré eliminar la zona de obstáculos, por insignificantes que fueran, y ya me lancé a penetrarla. Antes de nuestro encuentro había procurado descansar de mis doce kilómetros de caminata; y hasta iba bien comido y mejor bebido. Es lo que acostumbro a hacer.

—¡Ya me estás embistiendo en el portón trasero, mi alma… Lo haces con más arte que escribir… Pero te quiero más dentro de mí! ¡Me lo vas a dar todo… Todo! ¡No te reserves nada!

Hizo que cambiásemos de posición, ya que se acomodó en mi polla pegando su espalda a mi cuerpo. Se las sabía todas.

Amparito se hallaba viva y era muy ágil. No se conformó con una postura fija, lo que nos sometió a los dos a una continua variación. Pero en ningún momento dejé de empitonarla en el centro de ese coño que se cerraba alrededor de mi polla como si interiormente se hallara provisto de ventosas. La necesidad de gozar, ¡de nuevo!, de lo conocido.

Y teniéndola con el cuerpo delante del mío, cabalgándome, le mordisqueé los pezones. Un exquisito bocado que no superarían ni los restaurantes de cinco tenedores. Para sibaritas de la lujuria.

—Date un atracón, mi alma… ¡Oh, qué acierto es tener que esperarte tanto! ¡Así nos vienen a los dos con más fuerza las «ganitas» de joder con «salero»…!

Nos movimos con sabiduría, porque éramos conscientes de que los orgasmos llegarían demasiado pronto de tanto esperarlos. Amparito conquistó cuatro antes de que se bajara del sofá. Tomó mi polla con una mano y se la llevó a la boca. Se mostraba más hermosa que nunca.

—Ya me viene, cariño —le avisé, procurando controlarme cuando en mi cabeza había una bola de fuego y mis testículos estaban a punto de reventar. No pude contenerlo.

Le serví mi leche en la garganta, como primer plato. Ella la degustó con el primor de una sibarita, aunque al principio tuviese que tragar de prisa para no perder ni una sola gota. Después me senté en el sofá y me quedé mirándola. Llenito de agradecimiento.

—En esta ocasión no permanecerás a mi lado una sola semana, alma mía, sino todo el mes —me reveló ella su sorpresa—. ¡Por qué vas a tener que follar con otras dos jóvenes viudas que viven aquí!

Al principio pensé que se me había tendido una trampa. Allí tenía la sorpresa que Amparito me reservaba. Desde el primer momento habíamos decidido mantener en secreto nuestros encuentros; pero al repetirse durante algunos años, una de sus amigas quiso curiosear. Ya sabéis cómo son las mujeres. Mi Amante no supo callarse…

Las dos viudas resultaron tremendas. Eran mayores que Amparito y estaban bien provistas de carnes y tenían más conchas que una tortuga de las Galápagos.

Aquella misma noche, cenamos los cuatro juntos. En la mesa me sentí observado como ese pedazo de carne que se expone en los mostradores-frigoríficos de las tiendas. Quise aparentar que la cosa no me inquietaba y me mostré ocurrente. Sin embargo, mientras tomábamos unas copas de coñac en el salón de estar, después de recoger la mesa y llevar los cacharros al fregadero, la mayor de las viudas, Covadonga, se acercó a mí, puso una rodilla en el suelo y cogió un palito.

Yo pensé que pretendía recoger la ceniza del puro cuya punta acababa de mojar en la copa de coñac; pero sin disimulo, ella me extrajo la polla y la colocó en el palito. Acto seguido se volvió para mirar a las otras y dijo:

—Amparito, cielo, ¡por esto sí merece esperar seis meses! Mi difunto no tenía ni la mitad, ¡y menudo «avío» me hacía en la cama!

A golfas…

¡Golfo y medio! Ya se acabó mi corte. La cogí por el cabello, que lo llevaba teñido de caoba, tiré de ella, mandé muy lejos el palito y le enchufé la polla en la boca. Se había abierto la veda.

La otra viuda se quedó desnuda y se echó sobre nosotros. Me arrancó las ropas y empezó a morderme las tetillas desde arriba. Las dos tías tomaron de mí todo lo que quisieron y más. Mientras, sorprendente, Amparito se limitaba a observar. Ni siquiera participó cuando nos fuimos a la cama, donde me follé a las viudas con verdadero frenesí, porque eran de esas hembras que se animan entre ellas soltando palabrotas, grititos muy sensuales y gemidos cuando les llega el orgasmo. Fue algo tremendo…

Reacciones lógicas en unas mujeres que llevaban demasiado tiempo sin probar una buena polla. Y entre que me tenían «idealizado», a lo que añadiré el aliento que se daban, me vi en apuros para cumplir con ellas según mi prestigio. Pero salí bien parado.

Además, se me ocurrió echarlas en el sofá, boca arriba, y me las estuve follando alternativamente: mientras se la clavaba a una a la otra le metía el puño. En medio de tanto cachondeo, llegué a utilizar el pie derecho, metiendo hasta el talón en el enorme chochazo de la más «hambrienta»…

Por último se montaron una «tortillita» ante las miradas de aprobación de Amparito. Eran bisexuales y allí no había límites para satisfacer los apetitos…

Más tarde, estando en la piscina bañándonos, mi amante se acercó a mí, nadando, y me dijo:

—Mi alma, podrás irte dentro de una semana. Mis amigas quisieran seguir jodiendo contigo; pero comprenden que estos días son sólo míos, ¡mejor diré tuyos y míos! Te han conocido de la mejor forma, porque te habías convertido en su «mito», y ya tienen bastante…

Di un respiro de alivio y me abracé a Amparito, ¡la mejor! Puedo aseguraros que estaba dispuesto a quedarme allí todo un mes, aunque perdiera el trabajo y muchas otras cosas más…

Mario – Sevilla