Me llamo Utiquiano, pero desde siempre todos me conocen por Uti; mido 1,55 de estatura, peso 48 kilos y soy patizambo. En lo que se refiere a mi apodo de «el Bienhecho», supone todo lo contrario de lo que es mi físico, pues desde muy crío ya me decían eso de «¡joder, chavea, eres más feo que pegar a un padre con un calcetín sudado!».
Las bromas que me han gastado al «respective» no cabrían en una enciclopedia de cincuenta tomos muy gordos. Claro que las gentes se cansan y, al final, terminan por arrinconarte, por acostumbrarse a que formes parte de su paisaje cotidiano.
¡Y si vosotros pudierais saber lo que se puede ver desde los rincones de cualquier lugar!
Un poquita cosa y feo como yo termina por ser algo así como un gato o un perro, con la ventaja de que a mí nadie me ha tenido que amaestrar. He oído decir por ahí «que nada forma mejor que las hostias y el desprecio ajeno».
Siendo un crío ya cubría los encargos más complicados sin un solo fallo. Os pondré un ejemplo. A mi hermana Chelo, que es tan guapa como puta, le llevaba los mensajes para sus «novios»:
—Mira, Uti, vas a entregar este sobre a un señor que está en el «Principal». Cuidado con equivocarte que soy capaz de sacarte los ojos. Es posible que le encuentres sentado en una de las mesas del fondo. Lleva una chaqueta a cuadros, aunque no sé si hoy se pondrá otra, y usa gafas de concha. En el caso de que no hubiese llegado, le esperas. ¿Entendido?
Con esos datos en el café había más de cinco o seis hombres; sin embargo, yo conocía los gustos de mi hermana y acertaba a la primera.
Unos cincuenta encargos parecidos más tarde, me permitieron entrar y salir del cuarto de Chelo como «Pedro por su casa». La vi sin peinar, con legañas, a medio vestir y desnuda… ¡De todas las maneras estaba como para comérsela!
—¿Me alcanzas esas medias, Uti? —me pidió una tarde que los dos estábamos solos en casa.
Las cogí del respaldo de la silla y ella se las puso en el borde de la cama. Estaba frente a mí, con lo que pude contemplar cómo se abrían y se cerraban los labios de su chochazo, retorciéndose o estirándose con sus pieles colgantes y rosáceas al estilo de un moco de pavo.
Tuve que apretar las piernas muy fuerte, para contener las reacciones de mi polla. Se me venía poniendo dura desde adolescente, sobre todo cuando me daba el sol en la bragueta o veía a una mujer que me gustase, como la mujer del lechero.
—¿Qué te pasa, Uti? ¿Es que te estás meando?
—No, ¡qué va! —repliqué con la facilidad de recursos de la que me hallaba provisto. Es que me pica un poco. El otro día me caí por una cuesta, donde había muchos «arrancamoños» y por más que me he lavado y frotado me deben quedar bastantes.
—¡Pobrecito mío! Anda, déjame que le eche un vistazo a «eso».
La decisión había salido de sus labios, nunca de los míos. Y yo me estaba sirviendo de un arma que ya me sería esencial: la pena y una cierta curiosidad morbosa.
—¡Atiza, Uti! ¡Pero que roja tienes la chorra… Y que grande…! Con mi polla en sus dos manos, casi tapado el capullo porque yo aún no había llegado a la paja 47 y desconocía la follada, se quedó pensativa hasta que susurró:
—¿Sabes, Uti, que es más preciosa que muchas de las que me he llevado yo al cuerpo?
Lentamente, arrastrada por un impulso superior en fuerzas a su propia idea de nuestro parentesco y de la diferencia existente entre su belleza y mi fealdad, me la besó y me la lamió con ganas: de arriba a abajo y sin dejar de golpear mis güitos con la puntita de la lengua.
Muy pronto, seguro que mucho antes de lo que mi hermana hubiera supuesto, se vio necesitando una de sus manos para rascarse el chochazo.
—¡Pero, Uti, chiquillo mío…
Si no se te afloja, ni echas la «mascaa»… Es como si tuvieras aquí un consolador… ¡¡MI CONSOLADOR…!!
El último gritito coincidió con su corrida, nunca con la mía; después, se quedó mirándome, sin creer lo que acababa de sucederle:
—¡Ay, cabroncete, que tú lo haces con más de una de nuestras vecinas o con la zorra de tu maestra, que tiene más conchas que mil tortugas!
Era ella la que se estaba inventando la historia necesitada de encontrar una explicación lógica a mi resistencia. Algo que me había venido dado por la Naturaleza, lo mismo que la fealdad.
Desde aquel día me convertí en su «CONSOLADOR», aunque jamás permitió que me corriese dentro de ella. Y qué lágrimas le caían por las mejillas la tarde que nos despedimos porque yo me iba a la «mili».
En el cuartel, pues tres cuartos de lo mismo en lo que se refiere a las bromas sobre mi fealdad. Como uno de los reclutas me conocía, seguí cargando con el apodo de «el Bienhecho». La verdad es que antes de la jura de bandera ya se habían remansado las aguas y nadie se preocupaba de mí.
Meses más tarde, me destinaron al bar del pabellón de oficiales. Como respeto mundo al Ejército, sólo os diré que allí no me faltaron mujeres con las que joder.
De nuevo funcionó lo de «este feo es imposible que te ponga los cuernos». La confianza llevaba a que, al cabo del tiempo, algunas de ellas se fijaran en uno, el Uti, porque me encontraba siempre dispuesto a servirles desde mi rincón.
Ligeritas de ropas descubrían mi paquete y, al abrirlo, se llevaban una gran sorpresa: podían disponer de una polla resistente a las corridas, que era capaz de meterse donde me pedían y que no iba a exigirles nada a cambio…
Hoy día trabajo en el supermercado de una viuda, ¡qué dónde me pondrá!, a la que le soy fiel y le doy sexo en cantidades industriales. Es posible que se canse de mí, como les ha venido sucediendo a la mayoría de las otras.
Dado que las dejo bien satisfechas, terminan por sentirse tan confiadas en sus posibilidades que buscan al tío guaperas, del que puedan ir cogidas del brazo y presumiendo con eso de «¡envidiadme, vecinas, que llevo una joya a mi lado!», ya que mis triunfos jamás pueden exhibirse fuera de un dormitorio o de algún otro lugar muy íntimo.
Uti – Salamanca




























