Viajando con mi cuñada

Como en los años anteriores, llevé a mi mujer a casa de su madre, donde suele pasar un par de meses. Encontramos a mi cuñada Maruja, que hacía unos seis meses se había casado con un marino. Según nos dijo llevaba ya ochenta días sin verle, ya que aquél estaba realizando un largo crucero.

Su marido le había comunicado que fuese a Bilbao, donde vería cómo obtener unos días libres mientras el buque iba a Holanda. Y al tocar puerto de nuevo en aquella ciudad volvería a embarcar. Aún faltaba una semana, pero ella prefirió adelantar el viaje haciéndolo conmigo.

Por costumbre suelo realizarlo en dos etapas y por el interior. Así que cuando llegamos a Madrid, el recorrido con ella se me hizo corto por su charla y sus ocurrencias.

Una vez llegamos a la recepción del hotel, nos dijeron que no disponían de habitaciones de matrimonio. Maruja se adelantó y pidió que nos diesen una de dos camas. Una vez en la habitación me dijo:

—Espero que no te haya sabido mal; pero es que no me gusta estar sola en los hoteles.

No comenté nada y bajamos a cenar. En el momento que fuimos a dormir prudentemente me metí en el cuarto de aseo a fin de dejarla libre para que pudiera prepararse.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al poco tiempo, la vi aparecer en el aseo con las bragas y el sostén. Un poco azorado salí dejándola dentro. Me pude acostar con rapidez antes de que ella entrara de nuevo en la habitación.

Se puso entre las dos camas de espaldas a mi para sacar del bolso de viaje algunas cosas. Pude admirar sus perfectas piernas, así como su redondo y hermoso trasero. Avergonzado me di la vuelta para no seguir contemplando aquella preciosidad de cuerpo que había dado lugar a notar cómo mi cipote entraba en erección.

Luego ella se sentó en mi cama y me preguntó si estaba muy cansado. Me di la vuelta negando. Entonces vi que aún no se había puesto nada encima. Me pidió entonces que le desabrochara el sujetador por serle imposible hacerlo sola.

Me incorporé y procedí a desenganchar las presillas del mismo, lo que me costó realizar, al observar que le había quedado marcado en la carne la tela del mismo. Ella comentó que se sentía dolorida y, que por favor, le pasara la mano. Así lo hice. Esto dio lugar a que mis manos rozaran algo sus tetas desnudas ante mi vista. Lo que llevó consigo que mi erección se hiciera más fuerte e instintivamente mis manos las abarcaron acariciándolas.

Ella se abrazó y besó la cara. Se recostó en la almohada; al mismo tiempo, su boca besaba la mía con apasionamiento y tal ardor que respondía sin reparo alguno a sus contactos. Mientras, mis manos se deslizaban sobre su vientre, tetas y todo su estupendo cuerpo. La acaricié ardientemente.

Ella seguía con sus apasionados besos, mordiéndome los labios hasta que llevó sus manos a mi polla. La abarcó por encima del pijama y exclamó:

—¡Cielos, que estaca tienes, Juan!

Llevé mi boca a sus tetas que besé, succionando sus diminutos pezones con ansia; al mismo tiempo, mi mano se abría paso por entre la pernera de su braga hasta llegar a su coño, que acaricié metiendo un dedo entre sus labios hasta introducirle casi entero. El interior lo encontré completamente húmedo, percibiendo cómo ella contraía su cuerpo en espasmos de placer.

Los dos nos encontrábamos súper excitados. Algo que no convenía a mis intereses. Cuando la vi más calmada me despojé del pijama así como a ella de sus bragas. Volví a acariciar su cuerpo, haciéndola nuevamente arder de deseos hasta el extremo de que exclamó con voz desgarrada:

—¡No puedo más, Juan: méteme tu estaca!

En lugar de ello, lamí su coño, succioné con fuerza su clítoris, hasta que retorciendo su cuerpo, sus manos apartaron mi cabeza de su coño, por lo que besé su vientre. Permanecimos abrazados durante algún tiempo; mientras, se iban apaciguando los temblores de su cuerpo y me besaba mimosamente.

Le fui devolviendo los besos más impetuosamente cada vez. De nuevo mis caricias la hicieron ir alterándose e inquietando, hasta tal extremo que me rogó que no tardara en penetrarla. Ya que estaba ansiosa de sentir cómo le llenaría toda mi estaca sus profundidades. No aguanté mucho más en satisfacer sus deseos.

Lo llevé a efecto, consiguiendo que rebotara y se contorsionara como enloquecida. Se restregó contra mi, mordiendo mi boca. Imprimió tan loco movimiento a su cuerpo, que más parecía sufrir un ataque epiléptico. Esto originó que me llegase un orgasmo acentuado. Eyaculé con abundancia en su interior. Quedamos los dos exhaustos del inmenso placer sentido.

Ella se dejó caer completamente desmadejada y semidormida recostada en mi. Respiraba entrecortadamente, hasta que paulatinamente se le fue normalizando el cuerpo y la vi completamente dormida. Aproveché para trasladarme a la otra cama.

Había conseguido disfrutar de unos momentos inolvidables. Sobre las diez de la mañana tuve que despertar a Maruja, dándole prisas para arreglarse y poder emprender el viaje. No hizo el menor comentario sobre lo sucedido la noche anterior. Solamente dijo lo bien que había dormido, ya que no se había despertado en toda la noche, cosa que hacía tiempo no le sucedía.

Ella debió notar en mi cierta preocupación, al no hablar nada cuando llevábamos recorridos algunos kilómetros. Me abordó diciendo que si estaba muy enfadado con ella la perdonase; pero que tuviera en cuenta su situación.

Me explicó a continuación la enorme desilusión que había su sufrido con Pascual, su marido, en la primera noche de boda, a la que había ido con grandísima ilusión, encontrándose con un miembro diminuto, que más parecía el de un chavalín.

Ella había había creído que le ocurriría lo que a Consuelo cuando se casó conmigo, por ser su hermana quien le asesoró sobre la primera noche, explicándose el daño que había soportado, así como lo feliz que yo la había hecho después de unos días, llevándola a sentir placeres enormes.

En su desilusión ella pensó el primer momento en mi, por lo que le alegró sobremanera la noticia y petición de Pascual de que se trasladara a Bilbao. Ya tenía decidido conseguir ser penetrada por mi, pues se hallaba obsesionada por comprobar lo que Consuelo le explicó del tamaño de mis atributos que ella calificaba como de una estaca.

Me dijo que no se arrepentía de lo sucedido, ya que había comprobado lo delicioso que había sido y el goce tan intenso experimentado conmigo; así como al extremo de loco placer a que llegó cuando la penetré.

La primera noche que pasamos en casa, procuré mantenerme distanciado para evitar que se produjera algún roce que me hiciera saltar. Pero en mi interior no dejaba de pensar en lo estupenda que era mi cuñada.

Maruja resultaba ardiente e insaciable en extremo, pues aunque mi mujer también lo era, ella la superaba. Debe ser cosa de familia, por lo que pensé que a Pascual, su marido, no le quedaba la más mínima probabilidad de que yo fuera el único que compartiera el cuerpo de su esposa, ya que aún antes de ir a recibirle quiso follar conmigo, a lo que me negué.

Durante unos días no sucedió nada digno de contar. Pero cuando Pascual embarcó, nada más llegar a casa, Maruja se me echó encima, besándome con locura, diciendo que no la hiciese esperar y que la penetrase, que estaba ansiosa de ser poseída por mi.

Me confesó que en el muelle sólo de pensarlo estuvo a punto de «correrse» ante nosotros, ya que le había hecho sufrir mucho el tener que conformarse durante aquellos días con el pirulí de Pascual, sabiendo lo cerca que tenía mi polla, que le ensanchaba su coño y tanto placer le hacía sentir.

Mientras tanto se sacaba las tetas, que le besé y chupé. Luego fue despojándose de la ropa. Desabrochó mis pantalones, dejándolos caer a mis pies para tomar entre sus manos mi polla. Inclinándose la besó y lamió, exclamando cuan hermosa era, lo mucho que la quería y deseaba tener dentro. Nos acostamos y gritó de placer, pues yo estaba ansioso de ella. Me esmeré y recreé en las caricias, hasta que la penetré con brusquedad varias veces. Le hice delirar de gusto. Terminó quedando como desvanecida y completamente inmóvil.

No logré a convencer a Maruja para que se fuera nuevamente con su madre mientras mi esposa permanecía conmigo. Estuve más de dos meses compartiendo las dos camas. La mayoría de las noches las tenía que hacer disfrutar a ambas, ya que me obsesionaba la idea de que después de correrme con Maruja no fuese capaz de satisfacer a Consuelo, pudiendo verme, como Pascual, obligado a compartir su cuerpo con otro hombre por no poder responder al carácter ardiente de la persona con quien me había casado.

En realidad las dos hermanas estuvieron jugando conmigo, ya que se habían puesto de acuerdo para comprobar mi resistencia. Por poco las «mato» al saberlo. Pero al verlas reír con ganas, me consideré un tío muy afortunado.

Juan – Valladolid