Rubia por todas partes

Me llamo Alejandro y tengo veintinueve años. Soy bastante guapo, aunque parezca vanidoso decirlo. Me acompaña el éxito con las mujeres; cosa que me ha supuesto bastantes problemas morales, pues me obligan a engañar a mi esposa. Esto siempre me ha resultado muy fastidioso; digo que me ha resultado, pues este verano ya he cambiado mi vida. Fue cuando empecé a salir con Cristina, de veinticinco años de edad, con la que quiero empezar una nueva vida.

Os contaré cómo fue esto nuestro. Un día de vacaciones en la montaña, mi mujer y yo estábamos en una tienda de souvenirs, regalos y porcelanas. Mi esposa, Catalina, de veintisiete años, es una morena bonita pero de humor variable. Empezó a discutir con la propietaria que la llevó hasta la parte interna del local.

Yo me quedé plantado estúpidamente, con las manos en los bolsillos contemplando unos objetos próximos. Al cabo de un momento, sentí la mirada de una de las cajeras posada sobre mí con insistencia.

«¿Se supondrá que voy a robar algo? ¡No creo que yo tenga aire de ladrón!», pensé, algo disgustado.

Me di la vuelta con cierta viveza, y descubrí a una chica muy rubia, de grandes ojos azules, que me contemplaba fijamente. No se trataba de una mirada de sospecha sino todo lo contrario; era una muestra de auténtica fascinación. De verdad, me extrañó ser el objeto de tanta admiración… ¿Tan guapo soy incluso de espaldas?

Pero, cuando nuestras miradas se cruzaron, ella enrojeció. Yo mismo me sentí un poco confuso, y, después de sonreírle, me interesé en las porcelanas para no dejar al descubierto la turbación que sentía.

Al cabo de un rato escuché la dulce voz de la muchacha detrás de mí, preguntándome un poco tímidamente lo que buscaba. Me volví hacia ella y nos encontramos frente a frente. Solos. La dueña y mi mujer perdidas en el fondo de la tienda, en un laberinto de telas y distintos objetos, y sin ningún otro cliente a la vista.

La muchacha me sonreía; evidentemente, yo le gustaba mucho. Le devolví la sonrisa; a mí también ella me atraía bastante, con ese cabello tan rubio mientras Catalina era morena.

Le pregunté si su preciosa melena era natural y ella aseguró que sí. Para corroborar la afirmación, llevó la mano hasta las raíces del pelo, con la intención de abrirlo bien y mostrarme que era tan rubia como las extremidades de los cabellos. Me permití acariciárselos suavemente, y ella me dejó hacer porque nadie podía vernos; luego, me confesó con un tono muy bajo:

—¡También es así mi otro vello!

Empleó un aire coqueto y misterioso. Al momento compuso un gesto de vergüenza, y enrojeció como si acabara de darse cuenta del error que había cometido. Yo dije simplemente:

—¡Ah!

Con la exclamación quise aparentar que reconocía la audacia de la confidencia, que a mí en realidad me resultó bastante interesante.

—¡Venga! —me pidió de pronto con aire decidido.

Y tomándome de la mano me arrastró tras de ella. Llegamos ante una puerta pequeña, que estaba medio oculta a un lado de la tienda. Al entrar allí, nos encontramos en un corredor sombrío y fresco, lleno de cartones apilados contra las paredes.

Apenas se cerró la puerta detrás de nosotros, la muchacha se volvió con los labios ofrecidos hacia los míos como si suplicara un beso. La tomé en mis brazos; y posé dulcemente mi boca en la suya. Nos abrazamos largamente con el entusiasmo de dos colegiales en su primer romance.

Pero la boca de la muchacha se hizo más imperiosa, demasiado impaciente, excesivamente ávida. Me chupó la lengua, me mordió y se excitó terriblemente. Entonces, bajé la mano hasta su falda, la levanté y acaricié sus muslos…

Me sentí decepcionado: llevaba unos pantys. Así que sólo pude resbalar sobre el nylon. Seguidamente, le desabroché la falda y se la bajé. Ella me dejó hacer sin cesar de besarme; y, con total despreocupación, permitió que la falda se deslizara hasta el suelo. Con un gesto rápido, la solté, a la vez, el panty y las bragas, con lo que dejé al aire el culo por completo.

—¡No, no…! —protestó débilmente, pero sin realizar el menor gesto de defensa.

—Sólo es para comprobar si eres realmente rubia por todas partes —le expliqué, intentando simular una tranquilidad que no sentía.

Mi «tranquilidad» pareció darle a ella seguridad. Separó ligeramente las piernas y me dejó posar la mano sobre la vulva de pelos rubios, casi platinos, que empecé a acariciar con entusiasmo. La dependienta tembló ligeramente, porque mis sobeteos en aquel lugar parecieron excitarla especialmente.

—¡No tengas miedo! —le aconsejé con dulzura— ¡Jamás te haría daño; ni voy a tomarte si tú no lo deseas…!

En lugar de apaciguarla, estas palabras tuvieron la virtud de ponerla cachondísima. Empezó de nuevo a besarme en la boca, apretándose contra mí con todas sus fuerzas y dejando que le tocara el chocho, que al momento estuvo mojado. Mientras nos dábamos la lengua, cada vez más ardientes, le desabroché la blusa; luego, hice lo mismo con el sujetador. Muy pronto la tuve completamente desnuda delante de mí.

La manoseé las tetas, que parecieron hincharse; al mismo tiempo, los pezones se erguían duros y rígidos. Me puse a chuparlos; y, cuando alcé la cabeza del primero, ella me ofreció el otro diciendo:

—¡Ahora éste!

Se lo lengüeteé y la chavala gimió:

—¡Más, más…!

Al mismo tiempo, mi mano recorría su chocho, excitándola. Lo penetré con dos dedos; y masajeé el clítoris con el pulgar. Ella temblaba llenita de gozo. Tuvo un orgasmo, y sus caldos se desbordaron como un torrente sobre mis dedos. En medio del orgasmo, me abrazó con todas sus fuerzas y se apoyó sobre mi cuerpo. Yo continué acariciándola; mientras, ella gemía y se retorcía entre mis brazos con su licor íntimo corriéndole por los muslos. Saqué mi cipote del pantalón, y se lo introduje en el chocho lentamente.

—¡No! —musitó la chavala— ¡Aquí no…!

Pero gozamos, de pronto, los dos casi al mismo tiempo. El segundo orgasmo le obligó ella a doblarse en mis brazos, sin apenas fuerzas para incorporarse de nuevo. Los muslos se le quedaron mojados de sus humores y mi esperma. Una combinación de líquidos que le goteó hasta los pies, mojando las bragas y los pantys tirados en el suelo…

Más tarde, me comentó que con ningún amigo de los que conoce, y con los que se acuesta regularmente, había sentido un placer semejante al obtenido conmigo; ni siquiera pudo creer que pudiera ocurrirle algo tan extraordinario.

Cuando recobró su estado normal y se serenó, me llevó al servicio. Allí me preguntó con ansiedad si podríamos volver a vernos y, después regresó a la tienda donde se colocó, como si no hubiera ocurrido nada, detrás de su caja.

Mi mujer apareció con la dueña desde el fondo del almacén, enseñándome, con el aire orgulloso del que ha encontrado un auténtico tesoro, una espantosa porcelana, sin duda lo más horroroso que había en todo el almacén. Me pidió perdón, en un tono ligero, por haberme hecho esperar tanto rato.

Al pagar en la caja, mi hermosa rubia me deslizó en la mano un papel con el número de su teléfono y su dirección. Yo lo oculté en mi cartera sonriendo y le dije muy bajo:

 —¡Hasta pronto!

No sé si os he dicho que se llama Cristina, y que desde entonces es mi amante.

Alejandro – Málaga