Tengo 38 años, soy una persona muy sensible y refinada y sólo me atrae del arte y la cultura los libros que describen escenarios exóticos, sobre la India y la China milenaria, y los cuadros y esculturas de animales elásticos, rápidos en sus movimientos como sugieren las formas del mármol, el bronce o la madera. Sin embargo, en materia de mujeres quiero que tengan las tetas como sandías: lo más grande posibles, de pezones oscuros y provocadores y con unas areolas del diámetro de un culo de vaso.
Es posible que esta inclinación mía se deba a que en casa de todos los varones fuimos criados por una ama gallega, a la cual tenían que hacerle unos sostenes especiales porque los de su talla no se vendían en las mercerías de la época. Con deciros que si se la ocurría darnos el pecho en un parque público, más de cuatro mirones acaban en la cárcel de la multitud que se arremolinaba ante ella.
He de reconocer que cuando descubrí a Verónica pensé que una mujer como ella jamás sería mía. Trabajaba en una compañía de variedades, de actriz semi cómica —el simple hecho de aparecer en el escenario ya desataba una expectación entre el público masculino de tamaño mayor—, y me comporté como el cortejador clásico: le envíe ramos de flores con mi tarjeta, bombones y alguna joya no demasiado cara.
El mismo día de la despedida recibí una notita para que fuera al hotel donde se alojaba. Me recibió llevando unas ropas deliciosas y con las tetas casi al aire. Antes de empezar a hablar ya comencé a segregar «baba», del gusto que me estaba dando el espectáculo y la proximidad.
En el momento que ella me pasó un pezón por la boca, salté a por la presa. Perdí mi mesura, nervioso y más caliente que un horno. Comencé a besarla y magrearla. La empujé hasta un sofá, donde perdí la noción del tiempo. Sólo era consciente de que allí estaban las sandías que yo tanto había buscado. Por eso lamí, mamé, besé y succioné aquellos frutos que mis dos manos jamás podrían abarcar en su totalidad.
Si yo antes había sido un hombre educado y exquisito, dejé de serlo ante semejante prodigio de la naturaleza. Actué como un drogado; sin embargo, me cuidé de no causarle daño. Creo que lo conseguí, porque ella no dio muestras de rechazo. Al contrario, se desnudó totalmente y me dio vía libre para que hiciese con su cuerpo todo lo que se me antojara.
Mis manos trabajaron con fuerza sobre sus san-días, casi hasta causarle una sensación de ahogo. Entonces la penetré con entera facilidad, dando comienzo a un intenso bombeo en sus bajos. Sus piernas se estrecharon alrededor de mi cintura siguiendo el ritmo de la follada.
Luego de un beso intenso, que prolongó nuestro silencio, mis labios y mi lengua volvieron a sus pezones, que succioné con avidez. Todo el cuerpo se le estremecía de placer, y me di cuenta de que le llegaba el clímax. Busqué su boca, afanosamente, donde la lengua, al succionarla a fondo, me reveló su estado de ánimo. Y ya me decidí a eyacular.
Considero que le hice ese trabajo que una mujer como ella se merecía. Lo rematamos en la cama, buscando posiciones más cómodas. Por último, ella me confesó lo siguiente:
—Estaba dispuesta a cobrarte, porque yo vivo de esto. Pero, querido mío, tú eres algo excepcional: un adorador de los pechos grandes. Eso supone que he gozado tanto como tú. No sería justo que me pagaras.
Yo llamo sandías a las tetas de tu tamaño. Ese dinero hubieran sido los pipos de la sandía: una molestia lógica para quien ha disfrutado de tanta rica carne.
Nos vimos muy a menudo, porque procuro irla a buscar aunque esté a más de doscientos kilómetros. Los regalos que le hago y mi forma de amar la tienen chifladita por mí. Lo que lamento es que se niegue a casarse conmigo, porque insiste en que se «debe a su profesión de artista».
Mariano – Madrid




























