De quitar la respiración

Paco me miraba con ojos golositos; ésos que te hacen sentir desnuda aunque lleves puesto el abrigo. Estábamos en el bar y yo hacía que no me daba cuenta de nada; pero la situación, de verdad, cada vez me resultaba de lo más excitante.

Su mujer, todo un cerebro, con gafas y aire de solterona formaba pareja con mi marido. Sabía jugar muy bien a las cartas, mucho mejor que yo, lo admito; sin embargo, tener siempre delante una cara así, debía de ser un tormento. No podía comprender qué encontraba Paco en ella, desde luego algo que no resultaba visible. La partida terminó, quedamos en concedernos la revancha al día siguiente en nuestra casa y, luego, decidimos irnos a dormir.

Aquella noche puse un cuidado especial en arreglarme y perfumarme. Vinieron a casa; no obstante, nadie tenía ganas de jugar a las cartas y nos fuimos juntos a dar un paseo. Hacía calor y no sé por qué me había puesto aquellas botas que me molestaban. Las podía haber dejado en casa.

Al fin nos sentamos en un parque a oír un poco de música; y lo primero que hice fue quitarme las botas, teniendo cuidado de no ponérselas a nadie debajo de la nariz.

Con la excusa de que no veía nada, Paco vino a sentarse a mi lado. Aparté las botas; pero no demasiado, teniendo miedo de que me las fueran a robar; además, él aseguró que no le molestaban.

Me sentía excitada. Allí estaba muy oscuro; y yo deseaba que una mano se posara en mi pierna y empezara a subir más arriba.

Pero Paco, inmóvil, se inclinó hasta mis botas. No conseguí darme cuenta del todo de lo que estaba sucediendo; sin embargo, a él se le veía tan tranquilo y seráfico.

Pasó un rato y la mano que empezó a subir hacia mis tetas fue la de mi marido. Me volví a mirar a Paco con ojos de rabia; y por poco me muero de la sorpresa. Con la nariz metida en mis botas se estaba haciendo una paja extasiado, como si se hallara aspirando la más exquisita fragancia del mundo de la perfumería.

Continué mirándole de reojo procurando que no se diera cuenta nadie de lo que allí estaba sucediendo. Hasta que un poco de esperma cayó a la hierba, y él se recompuso. Pero continuó aspirando el olor a las botas un poco más de tiempo. Luego, besó la suela, como para despedirse; y fue a sentarse junto a su mujer, a la que empezó a sobetear con apremio.

Me hallaba aún tan trastornada tratando de explicarme lo que había visto cuando Paco se equivocó en el juego estúpido al que nos habíamos entregado, nada más regresar a casa, y tuvo que pagar prenda. Besó mis pies desnudos y sudados bajo los ojos iracundo de la gafuda de su esposa, que se levantó y se fue totalmente indignada.

Momento que los dos hombres aprovecharon para echarse sobre mí… Sentada sobre el cipote de Diego, mi marido, que me mantenía perfectamente sujeta por la cintura en un balanceo acoplador al ritmo de las emboladas, acogí con las palmas de las manos la polla de Paco.

La masajeé un poco y, cuando la boca se me había hecho agua, me la metí entre los labios. Las aletas de mi nariz se ensancharon, di unas cuantas sacudidas con el vientre y sonreí muy satisfecha… ¡Tenía a mi disposición durante unas horas a unos hombres de excepción!

Unos amantes que nunca se conformaron con la follada tradicional, ni siquiera con dos o tres polvos… En el momento que yo conquisté el primer orgasmo, me encontré rodando sobre la alfombra del comedor, casi debajo de la mesa en la que habíamos estado jugando.

No paramos hasta que mi marido quedó en un plano inferior, dándome candela con su picha; mientras, Paco se mantenía arriba…

En un punto delgadísimo de mi chocho las vergas parecieron encontrarse, ya que ocupaban respectivamente mi coño y mi ano…

Para mí aquella fue la mejor conquista, mucho más que cualquier juego o el descubrimiento de que Paco amaba el olor y la forma de mis botas… ¡Yo disponía de las maravillas que me ofrecían Diego y nuestro amigo!

Si mi coño resultaba formidable, no lo andaba a la zaga mi boca: bebiendo, lamiendo, absorbiendo y lengüeteando la picha de Paco, que me acariciaba la cara, el cabello y susurraba:

—Es la primera vez que follo con vosotros… ¡Silvana, lo que me estás haciendo rebasa con mucho tu justa fama! ¡Pones toda tu voluntad en esto… Lo magnificas y limpias de cualquier idea negativa… Tu marido y tú ponéis amor y pasión… Dios… Si ahora te llevas hasta mis ideas… Oooohhh…!

Antes de permitir que brotara su esperma, el amante de mis botas prefirió que los tres repitiéramos la follada de «ajuste presionante» sobre la alfombra y muy cerca de la mesa.

Sin embargo, él no pudo aguantar durante mucho tiempo aquella posición de privilegio —dentro de mi ano, y acusando los golpeteos de la polla de mi esposo—, y soltó su carga en mis glúteos y en mi espalda… ¡Yo di un respingo hacia delante, me alcé sobre las piernas y las manos, en una flexión de gimnasia, y jadeé ruidosamente!

No existía ninguna duda de que los lleretazos de nuestro amigo me habían «quemado», jamás como lo harían unas banderillas de fuego, aunque se lo parecieran. Después, él mismo se cuidó de limpiar el semen con un pañuelo y, cuando consideró que había recuperado parte de la forma, me montó de nuevo pero con menos agresividad… ¡Animado por el aguante de mi esposo!

—¿Qué comes tú, tío? —preguntó riendo— ¡Me parece que voy a llegar a la segunda y tú seguirás ahí debajo! ¿Acaso te has dormido?

—¡No digas eso, amigo nuestro! —me quejé yo— ¡Menuda polla más despierta me está metiendo!

Acompañé mis palabras con unos saltos de arriba a abajo y de costado; pero sin demasiada indolencia; primero, me lo impedían los dos hombres, que no dejaban de trajinarme el ano y el chumino; y el segundo, me resultaba suficiente para beneficiarme de todo lo que estaba recibiendo.

Lentamente, me dediqué a cerrar las paredes vaginales, igual que si me estuviera meando. A Diego ya le fue imposible desplazarse; además, su glande adquirió unas dimensiones considerables, me propinó unos empujones y, sin poder evitarlo, soltó la manguera a toda presión.

Un acontecimiento que mereció, en aquella ocasión sí, que los tres nos separáramos. El amante de mis botas se estiró todo a lo largo que es, y dejó que le besara por el tórax velludo, en el vientre y en las proximidades de las ingles!

Mientras, mi esposo me abrazaba por la cintura y llevaba sus dedos a mis pezones endurecidos… ¡Gozamos hasta la extenuación, y sin pensar en la ofendida que, involuntariamente, nos había brindado la posibilidad de gozar de aquella follada en triángulo!

Silvana – Málaga