sexo casual

Enviado por Olalla, Lugo

Tenía por aquella época de sexo casual 20 primaveras y un Renault spider descapotable (regalo de mi querido papi). Con el buen tiempo me gustaba llevar la capota abierta para conducir con los rayos de sol pegados a mi escote.

Una tarde me encontraba tomando el sol en una zona de acampada llamada la tercera fase, en Lugo. Esta zona montañosa de fácil acceso, estaba rodeada de muchas huertas.

Con mi súper descapotable a un lado del camino y en el asiento trasero, tomaba coquetamente el sol ligerita de ropa, con la falda subida casi a la altura de las bragas y la blusa apartada para que se me tostaran bien los hombres, brazos y piernas.

Sin darme cuenta, apareció delante de mí un señor con pinta de andar despistado, me dijo que se había perdido y me preguntaba por dónde se iba para coger el camino de vuelta al pueblo más cercano. Le indiqué por dónde tenía que ir pero lo que menos hacía este señor era atender a mis explicaciones, sus ojos estaban clavados en mis piernas y en el generoso escote que lucía.

Tengo que reconocer que el sexo casual ha sido siempre una de mis fantasías sexuales, me encontraba excitada y yo que de tímida no tengo un pelo, decidí aprovechar para preguntarle, al tiempo que subía más arriba la falda,

¿Te gustan mis piernas, te gustan mis muslos? Pues ala, mira que es gratis.

No tardó en responder que efectivamente, estaba encantado con mis muslos y los estupendos pechos que veía, admitió que eso de que se había perdido sólo era un cuento para entablar conversación.

Me invitó a tomar algo, pues su casa estaba cerca. No soy una mujer de pensar dos veces y menos cuando estoy caliente, así que acepté y recorrimos los 500 metros que nos separaban de la entrada.

La casa estaba rodeada de grandes árboles y una huerta bien cuidada. Entramos en la casita, pues era solamente una habitación donde tenía un modesto sofá y un cuartito que hacía de cocina. Nos sentamos en el sofá y él comenzó tímidamente (cosa que yo estaba deseando) besando y acariciando mi cara y los hombros. Al poco tiempo el hortelano comenzó despacito a quitarme la poca ropa que llevaba encima mientras yo se la quitaba a él.

Ahora que me podía fijar mejor, tendría sobre 50 años, era robusto, fuerte, moreno y tenía buen cuerpo. Al momento, parece que se le encendió la mecha, comenzó a mordisquear mi cuello, a magrear mis tetas como si llevara mucho tiempo sin probar una, siguió lamiendo y mordisqueando mis pezones que ya estaban duros como piedras.

Continuó bajando las manos y la boca hasta que alcanzó mi sexo su cálido aliento. Después sus labios besando y rozando mi coño con su boca durante un buen rato, me puso tan cachonda que no pude aguantar mis múltiples orgasmo y me corrí salvajemente. Su cara había quedado irreconocible, estaba completamente cubierta por una baba blanca que relamía con entusiasmo y lujuria.

Acto seguido, encontrándome en estado de máxima excitación, comencé a mamarle la polla que ya la tenía bien tiesa y grande. Su flauta entraba y salía de mi boca y mientras yo disfrutaba de ese manjar tan exquisito él me agarraba la cabeza con dulzura ayudando a que su nabo penetrara hasta el fondo de mi garganta.

Después me tendió sobre la mesa y me abrió de piernas con sonrisa pecaminosa, le invité a que siguiera saboreando mis ricos jugos vaginales. Con su lengua hizo maravillas, tengo que admitir que mientras lamía el clítoris con delectación no pude aguantarme y me volví a correr.

Como todavía quedaba faena, le pedí, le supliqué mas bien, pues estaba cochinísima, que me la metiera, que regara con su leche las profundidades de mi huerto. Fundidos en abrazo libidinoso y temblando de placer nos corrimos los dos como no recordaba en bastante tiempo, pues ya había tenido varios encuentros de sexo casual con anterioridad.

Para acabar, terminamos dentro de la alberca que usaba para regar las hortalizas, nos bañamos y nos aseamos. Ya se me había hecho bastante tarde, tras obsequiarme con tomates, pepinos, judías y lechugas de su huerto, me despedí prometiéndole volver.

Como os podéis imaginar, con semejante autoservicio que despacho con una buena mamada, tengo a mi madre siempre contenta con la cesta llena de ricas verduras.