Dulce beso negro

relato beso negro

Se gustaba a sí misma Lucinda. Se sabía hermosa y, cuando se quedaba sola en casa frente al gran espejo de su dormitorio, comenzaba a desnudarse y a gozar contemplando su propia belleza.

Volaba su imaginación por los ámbitos celestiales y se veía como la mujer más hermosa del mundo, más apetecible, más sexual. Era Lucinda un ser nacido para amar y ser amado.

Sólo pensaba en el placer. Todo esto lo sabía bien su amiga Cándice que de vez en cuando disfrutaba del cuerpo maravilloso de la joven hedonista. Lucinda lo había probado casi todo con su amiga, sólo le quedaba por descubrir el placer que le produciría ser sodomizada por Cándice después de disfrutar de un dulce beso negro porno.

Tuvo que ser una simple casualidad la que proporcionó a nuestra joven protagonista alcanzar, lograr y conseguir hacer realidad su morboso deseo.

Cierta calurosa ma√Īana de agosto, cuando un sol de justicia lo encend√≠a todo, se encontraba la bella lujuriosa subida en una banqueta colocando unos libros en la estanter√≠a de su biblioteca, libros que le iba proporcionando la astuta y ladina C√°ndice quien sab√≠a, de antemano, que aquella situaci√≥n terminar√≠a como a ella, y a la propia Lucinda, le gustaba:

Con sus cuerpos entrelazados, rodando por la moqueta cuajados de sudor, jugos y vicio en un amasijo de tetas, vulvas y culos.

C√°ndice meti√≥ la lengua en el √≥rgano de su amiga que lo recibi√≥ entusiasmada y con movimientos nerviosos, para pasar despu√©s a la gloriosa agon√≠a de ser mordida en el cl√≠toris con dentelladas peque√Īitas que le hicieron ver las estrellas.

Luego se dedicó por entero a realizarle el más dulce, agradable y prodigioso beso negro porno. Toda la biblioteca olía a mujer, a mieles y a zumos de mujer, y en aquel ambiente sumamente cargado de vicio, las dos mujeres se afanaban por darse el mayor festín de sexo lésbico desmesurado.

Al fin, lleg√≥ el orgasmo, un orgasmo m√ļltiple y aparatoso. Genial. Lucinda grit√≥ y patale√≥, mientras, de su vulva brotaban chorros de sabrosas mieles que recubrieron todo el rostro de la ansiosa, briosa y desbordante C√°ndice que no dio por terminado el combate y continu√≥ trabajando a su compa√Īera despu√©s del beso negro porno.

Lucinda casi inerte, pero nunca absolutamente satisfecha, entró, como pudo, en batalla, y en busca de la sodomización ansiada.

Se erotizó, de nuevo, todo su cuerpo y ansiosa de lujuria una vez más, puso todo su trasero a disposición del vicio de Cándice que, de su mochila de viaje, extrajo una especie de braguero con un enorme cipote adosado a él para sujetárselo a la cadera, a fin de que el enorme rabo le brotara como de la entrepierna.

Hab√≠a llegado el momento. El milagro hab√≠ase hecho: C√°ndice era como due√Īa de una preciosa polla que no tard√≥ en perderse por el agujero marr√≥n de la vociferante Lucinda. Y digo vociferante, porque la lasciva, liviana y concupiscente mujer no cesaba de gritar:

¡Fóllame por el culo! ¡Méteme esa polla por detrás y hazme feliz!

Y feliz fue, no sólo Lucinda sino también Cándice que gozó a la vez que su amiga del alma, y tanto o más que ella, con aquella singularísima y original sodomización.

Y después de gozar juntas, de amarse plenamente, las dos mujeres se abrazaron, uniendo sus bocas, enroscando sus lenguas y mezclando sus salivas.

¬ŅTodav√≠a no est√°s satisfecha mi amor, -pregunt√≥ C√°ndice- todav√≠a necesitas continuar gozando?

-Necesito que sigas demostr√°ndome tu amor. Ese amor que tan feliz me hace.

Y se acurruc√≥ como una gata mimosa en los brazos de su amiga que la estrech√≥ contra su pecho cari√Īosamente. Para enseguida comenzar a acariciar las hermosas tetas de la peque√Īa Lucinda.

¬ŅTe gustan mis tetas, C√°ndice?

-Sí. Me gustan. Me gustan muchísimo. Son como manzanas que hubiesen madurado al sol.

Cómetelas. Quiero que te las comas como si, efectivamente, fueran manzanas maduradas al sol.

Mordisque√≥ C√°ndice los oscuros pezones de aquellos pechos luminosos y ensaliv√°ndolos bien los retorci√≥ con dulzura entre sus peque√Īos dedos.

Y as√≠, poco a poco, mientras manten√≠a entre esos dedos los endurecidos pezones de su bella amiga, fue desliz√°ndose por el reluciente vientre hasta desembocar en el abundante y sedoso vello p√ļbico para, al punto, saborear el rosado bot√≥n del cl√≠toris que palpitaba ardiente, que chorreaba dulzura y que, como hab√≠a ocurrido con los pezones momentos antes, se endureci√≥ ante la h√ļmeda caricia de la experimentada C√°ndice que sab√≠a de amor l√©sbico m√°s que nadie.

¬†¬ŅTambi√©n quieres que te lo coma, mi vida?

– Haz lo que desees. Todo cuanto t√ļ me hagas ser√° motivo de satisfacci√≥n para m√≠.

Abri√≥ sus piernas la joven Lucinda. Abri√≥ sus piernas cuanto pudo para que toda su vulva surgiera como una flor que se abre al roc√≠o ma√Īanero y para que la lengua inquieta de su compa√Īera jugueteara con aquella rosa encarnada dispuesta a deshacerse en abundantes chorros de zumos y mieles.

-¬°Te quiero, C√°ndice, te quiero, ahora, m√°s que nunca! No me abandones jam√°s.

-¬ŅY por qu√© ahora m√°s que nunca?

-Porque ahora, me considero la mujer m√°s feliz del mundo.

Aquellas hermosas palabras fueron como un aliciente más que animó a Cándice para adentrarse por el jugoso conducto vaginal.

¡Qué gran satisfacción para ambas mujeres saberse tan unidas, darse tanto amor y, sobre todo, gozarse tanto. El amor lésbico es algo muy especial. Dos mujeres que se aman y que se gozan pueden hasta parecer seres celestiales.

No cesaron las caricias. No cesaron las palabras bellas y cuando amanec√≠a, despu√©s de haber disfrutado de sus cuerpos una y otra vez, cerraron los ojos y, permaneciendo unidas, muy unidas, se entregaron al sue√Īo, al mejor de los sue√Īos, a un sue√Īo tranquilo y reparador, que, muy pronto, traer√≠a a sus cuerpos la vitalidad necesaria para continuar am√°ndose y goz√°ndose.

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